En las últimas semanas, el debate sobre el llamado household voting -o «voto por hogar»- volvió a instalarse en Estados Unidos. Durante la Women’s Leadership Summit organizada por Turning Point USA (TPUSA), evento encabezado por Erika Kirk, la viuda del difunto referente de la derecha estadounidense Charlie Kirk, distintas figuras conservadoras reivindicaron la idea de que el voto debería representar al “hogar” como una única unidad política, siendo éste representado mayoritariamente por el marido o al varón “cabeza” de familia. Incluso algunas participantes afirmaron que estarían dispuestas a renunciar a su derecho individual al voto si eso contribuyera a construir un “mejor país”.

Aunque estas posiciones no forman parte hoy de un proyecto legislativo concreto, su creciente difusión expresa la voluntad de determinados sectores de la derecha de volver a poner en discusión conquistas democráticas que parecían definitivamente consolidadas.

No es casual que este debate encuentre eco en un fenómeno que, desde hace algunos años, acumula millones de visualizaciones en TikTok, Instagram y YouTube: el de las trad wives (abreviatura de traditional wives, «esposas tradicionales»). A través de una estética cuidadosamente construida, estas creadoras de contenido reivindican un modelo de feminidad centrado en el hogar, la maternidad y la subordinación al marido, presentado no como una imposición, sino como una elección libre e incluso como una forma de empoderamiento. Lejos de ser una simple tendencia de las redes sociales, el auge de las trad wives coincide con el fortalecimiento de proyectos políticos de derecha que buscan reinstalar la familia patriarcal como pilar del orden social y cuestionar conquistas históricas del movimiento de mujeres y LGBTQ+ que se conquistaron con la lucha en las calles.

La pregunta, entonces, no es por qué algunas mujeres adhieren a este modelo, sino por qué vuelve a promoverse con tanta fuerza en una época marcada por la crisis capitalista, el ajuste y la ofensiva reaccionaria. Detrás de la reivindicación de un supuesto estilo de vida se abre una discusión mucho más profunda sobre quién sostiene el trabajo doméstico, cómo se organiza la reproducción de la vida y qué lugar ocupan las mujeres dentro de la sociedad.

Desde esa perspectiva, este artículo propone ir más allá de las explicaciones centradas en las elecciones individuales o las disputas culturales para analizar las condiciones materiales que hacen posible el resurgimiento de estos discursos y comprender que la opresión de las mujeres no puede separarse del sistema social que la reproduce.

Las trad wives como síntoma de un mundo en combustión

El resurgimiento de debates como el household vote y su relación con la creciente popularidad del fenómeno tradwife no puede comprenderse como una simple polémica cultural ni como una moda pasajera de las redes sociales. Vivimos en un mundo en combustión, atravesado por profundas contradicciones, donde la incertidumbre se ha convertido en una de las características de la época. La crisis del capitalismo no produce un único desenlace: mientras se fortalecen proyectos conservadores que intentan restaurar viejas formas de dominación, también emergen resistencias, procesos de organización y luchas desde abajo que disputan el rumbo de la sociedad. Comprender esta coyuntura exige abandonar las explicaciones lineales y mirar la realidad con todos sus matices, reconociendo su riqueza y complejidad, poniendo énfasis en las múltiples tendencias que conviven y se enfrentan en ella.

Que estos debates resurjan precisamente en una época de crisis tiene su raíz en un mundo atravesado por profundas transformaciones sociales, donde las mujeres participan masivamente del mercado laboral, pero continúan cargando de manera desigual con las tareas del hogar y la reproducción de la vida. Es sobre ese terreno que los sectores conservadores intentan construir respuestas reaccionarias, apelando a un pasado idealizado que promete restaurar un orden que, en realidad, nunca dejó de sostenerse sobre profundas desigualdades.

Es precisamente en ese escenario que cobran fuerza debates que durante décadas parecían haber quedado relegados. Como toda construcción ideológica, el discurso de las trad wives no surge en el vacío ni puede explicarse únicamente por decisiones individuales. Su expansión encuentra un terreno fértil en las contradicciones de la sociedad contemporánea y en la necesidad de los sectores reaccionarios de ofrecer respuestas conservadoras frente a una crisis del sistema capitalista que no pueden resolver.

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¿Qué vende realmente el trad wife?

Bajo el nombre de tradwife (traditional wife, «esposa tradicional») se agrupa un fenómeno que durante los últimos años ganó millones de visualizaciones en TikTok, Instagram y YouTube. A través de videos cuidadosamente producidos, estas creadoras de contenido muestran una vida dedicada al hogar, la maternidad y el cuidado de la familia. Cocinas impecables, desayunos caseros, jardines florecidos, niños siempre sonrientes y una rutina doméstica presentada como sinónimo de plenitud, construyen un imaginario dentro del cual el hogar aparece como un espacio de armonía, estabilidad y realización personal.

A diferencia de los discursos conservadores tradicionales, las trad wives rara vez presentan ese modelo como una obligación. Por el contrario, lo muestran como una elección consciente frente a un mundo cada vez más acelerado e incierto, la promesa no consiste únicamente en abandonar el mercado laboral, sino en recuperar una forma de vida en la que cada integrante de la familia ocupa un lugar definido y el trabajo del hogar deja de percibirse como una carga para convertirse en una fuente de identidad y bienestar.

En un contexto marcado por la precarización laboral, el encarecimiento del costo de vida y la dificultad de proyectar un futuro, es comprensible que esa imagen de orden y estabilidad resulte profundamente atractiva. La feminidad tradicional, armoniosa y aparentemente libre de conflictos aparece como una respuesta sencilla frente a problemas complejos: si el presente está atravesado por la incertidumbre, el refugio parecería encontrarse en el regreso a la familia tradicional.

Sin embargo, la romantización del trabajo doméstico oculta las relaciones sociales sobre las que se sostiene ese modelo. Las tareas del hogar se muestran como una expresión espontánea del amor o de la feminidad, casi como el destino más natural de las mujeres, pero para comprender este fenómeno es necesario observarlo en toda su complejidad.

En primer lugar, la reivindicación de la dedicación exclusiva al hogar invisibiliza una problemática histórica: el trabajo doméstico no remunerado, asignado socialmente a las mujeres como parte de su rol de género. En segundo lugar, la estética que promueve este fenómeno resulta, para la enorme mayoría de las mujeres trabajadoras, materialmente inalcanzable. Basta pensar en las familias de clase trabajadora en las que, si no salen a trabajar tanto la mujer como el varón, el sostenimiento económico del hogar se vuelve imposible para concluir que la imagen idílica de las redes sociales -donde se muestran jornadas de jardinería, cocina o decoración del hogar-  se encuentra muy distante de la realidad cotidiana.

En definitiva, lo que vende este fenómeno es una ilusión: la promesa de una vida estable en un mundo cada vez más inestable. Presenta como universal un modo de vida que poco tiene que ver con las condiciones materiales de existencia de la mayoría de las familias trabajadoras, por eso, el fenómeno tradwife no puede analizarse como una simple moda de las redes sociales. No es extraño que muchas de sus principales referentes compartan discursos o espacios con sectores conservadores y de extrema derecha, si profundizamos en el fenómeno, veremos que esta estética se encuentra estrechamente ligada a los valores que dichos sectores buscan reinstalar.

Patriarcado y capitalismo: una alianza al servicio de la explotación

Detrás del fenómeno tradwife y de propuestas como el household vote hay una misma concepción de la familia. Ambos recuperan la idea de que el hogar constituye una unidad organizada alrededor de una autoridad -históricamente masculina- y que los roles de varones y mujeres responden a un orden natural. Sin embargo, esa imagen, que suele presentarse como eterna e inmutable, es en realidad el producto de un determinado desarrollo histórico.

La familia no existió siempre bajo la forma que conocemos hoy, sus características cambiaron junto con las transformaciones de los modos de producción, las relaciones de propiedad y la organización del trabajo. La familia burguesa se consolidó con el desarrollo del capitalismo porque permitió concentrar en el ámbito privado buena parte del trabajo indispensable para reproducir cotidianamente la fuerza de trabajo: cocinar, limpiar, criar, cuidar y sostener la vida. Son tareas imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad que permanecen mayoritariamente invisibilizadas porque se realizan sin remuneración y recaen, de manera desigual, sobre las mujeres.

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Lejos de tratarse de una simple herencia cultural, esta organización resulta funcional al capitalismo. Al separar la producción de la reproducción de la vida, el sistema descarga sobre los hogares —y particularmente sobre las mujeres— una enorme cantidad de trabajo indispensable sin asumir sus costos. Aquello que suele presentarse como una responsabilidad individual o familiar responde, en realidad, a una necesidad estructural del sistema.

Es por eso que el patriarcado no puede entenderse como un fenómeno completamente independiente del capitalismo, si bien sus raíces históricas son anteriores, el capitalismo lo reorganiza y se apoya en él para garantizar la reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo. No crea desde cero la opresión de las mujeres, pero la incorpora y la fortalece porque le resulta funcional.

Esta es la dimensión que el discurso trad wife busca invisibilizar y que a nosotros nos interesa resaltar. La dedicación exclusiva al trabajo en el hogar o la maternidad aparecen como una expresión espontánea del amor, de la vocación o de la feminidad, cuando en realidad forman parte de una organización social que asigna históricamente esas tareas a las mujeres y las despoja de su carácter de trabajo. La estética del hogar perfecto convierte en una elección individual lo que responde a una división sexual del trabajo profundamente desigual.

El problema no radica en que una mujer decida dedicarse al hogar, a la maternidad o al cuidado de su familia, la verdadera discusión es por qué esas tareas continúan siendo consideradas una responsabilidad casi exclusivamente femenina y por qué una sociedad capaz de producir enormes niveles de riqueza sigue organizando la reproducción de la vida sobre la base del trabajo gratuito de millones de mujeres. La emancipación de las mujeres exige cuestionar esas condiciones materiales y no reforzar un modelo que las presenta como naturales.

Por eso, el debate que planteamos va mucho más allá de una propuesta aislada impulsada por sectores de la derecha estadounidense o un trend en redes sociales. Expresa hasta qué punto puede llegar una ofensiva reaccionaria cuando intenta reinstalar la familia patriarcal como fundamento del orden social. Si el hogar vuelve a ser concebido como una única unidad política representada por el padre o el marido, las mujeres dejan de ser reconocidas como ciudadanas con derechos propios, como sujetos políticos, para volver a ser definidas por el lugar que ocupan dentro de la familia.

Del hogar a las urnas: una conquista arrancada con la lucha

Las propuestas que hoy reivindican el household vote no sólo cuestionan un derecho democrático conseguido al calor de la lucha de miles de mujeres, también intentan reinstalar una concepción de la sociedad que el movimiento feminista tardó décadas en combatir. La idea de que el hogar debe ser representado políticamente por una única autoridad supone que las mujeres no son sujetos políticos autónomos, sino integrantes de una familia cuya voz puede ser expresada por el padre o el marido. Lejos de ser una discusión nueva, se trata de un debate que atraviesa buena parte de la historia moderna.

La película Las sufragistas (Suffragette, 2015) permite reconstruir ese proceso desde la experiencia de miles de mujeres trabajadoras británicas que, a comienzos del siglo XX, enfrentaron la exclusión política, la explotación laboral y la violencia estatal para conquistar el derecho al voto. Negándose a presentar esa conquista como el resultado de una evolución pacífica de la democracia, la película muestra que ningún derecho fue concedido voluntariamente. El sufragio femenino fue arrancado mediante años de organización, movilizaciones, huelgas, persecuciones, encarcelamientos y una enorme resistencia frente a un Estado que consideraba que las mujeres debían permanecer confinadas al ámbito doméstico.

No es casual que la principal justificación para negarles el voto fuera, precisamente, la familia. Si el marido era considerado el representante natural del hogar, no existía necesidad de reconocer a las mujeres como ciudadanas con derechos propios, su identidad política quedaba subsumida bajo la autoridad masculina, del mismo modo que ocurría con otros derechos civiles y patrimoniales. La lucha sufragista puso en cuestión esa idea al afirmar que las mujeres no eran una extensión de la familia, sino sujetos políticos con capacidad para intervenir en la vida pública.

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Sin embargo, desde nuestra perspectiva, aquella conquista debe comprenderse en toda su dimensión, pues obtener el derecho al voto significó un enorme avance democrático y una derrota para el orden patriarcal de la época, pero no implicó la desaparición de la opresión de las mujeres. La igualdad ante la ley convivió con una organización social que continuó descargando sobre ellas el peso del trabajo doméstico, manteniendo intactas muchas de las bases materiales de su subordinación.

Es precisamente por eso que el debate actual resulta tan significativo, cuando sectores de la derecha vuelven a plantear que el hogar debe votar como una única unidad política o promueven modelos de feminidad que subordinan a las mujeres a la autoridad familiar, no están proponiendo un simple regreso a las tradiciones. Están cuestionando conquistas democráticas obtenidas tras décadas de lucha y recuperando una concepción de la familia en la que las mujeres dejan de ser reconocidas como sujetos políticos independientes.

La historia de las sufragistas recuerda que ningún derecho fue un regalo y que cada conquista democrática fue el resultado de la organización colectiva y de la movilización contra un orden que pretendía mantener a las mujeres fuera de la vida política. Defender esos derechos hoy no significa conformarse con la igualdad formal alcanzada, sino impedir que las ofensivas reaccionarias avancen sobre conquistas históricas y continuar luchando por una transformación mucho más profunda de las condiciones materiales que sostienen la opresión.

La emancipación de las mujeres exige transformar la sociedad

La ofensiva reaccionaria que hoy reivindica la familia tradicional, el household vote o el ideal de la trad wife no expresa una simple disputa cultural. Busca reinstalar un orden social en que el trabajo doméstico continúe siendo una responsabilidad privada de las familias y recaiga, como históricamente ocurrió, sobre las mujeres. No se trata de una nostalgia por el pasado, sino de una respuesta política a la crisis del capitalismo que pretende reforzar las condiciones que hagan posible una mayor explotación.

Por eso, la emancipación de las mujeres no puede reducirse a conquistar más espacios dentro del orden existente, ya que mientras la reproducción de la vida siga organizada sobre el trabajo doméstico no remunerado, mientras los cuidados continúen privatizados y la familia funcione como el ámbito donde se descargan responsabilidades que deberían ser sociales, la igualdad tendrá límites. La lucha contra el patriarcado exige cuestionar las bases materiales que lo sostienen.

La historia del movimiento de mujeres demuestra que cada uno de sus grandes avances estuvo ligado a procesos más amplios de organización y lucha colectiva. El derecho al voto, el acceso al trabajo, el aborto legal, la educación sexual, las licencias laborales y las políticas públicas de cuidado no fueron concesiones espontáneas del poder, sino conquistas arrancadas mediante la movilización.

Porque la opresión patriarcal y la explotación capitalista no constituyen dos problemas independientes que puedan resolverse por separado. Se alimentan mutuamente y encuentran en la organización actual de la familia uno de sus principales puntos de apoyo. Por eso, una lucha consecuente contra el patriarcado necesita asumir una perspectiva anticapitalista, del mismo modo que un proyecto socialista solo puede realizarse plenamente si incorpora la emancipación de las mujeres como una dimensión constitutiva de la transformación social. No habrá liberación definitiva mientras la reproducción de la vida continúe organizada sobre la explotación y la desigualdad. La emancipación de las mujeres exige, en última instancia, luchar por una sociedad donde el trabajo, los cuidados y la riqueza producida colectivamente dejen de estar subordinados a la lógica del capital y pasen a organizarse en función de las necesidades humanas.

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