El consumo de carne vacuna sufrió un fuerte retroceso en el primer semestre del año y confirmó el deterioro del poder de compra de los hogares. Entre enero y junio el mercado interno absorbió 11,5 por ciento menos de carne que en igual período de 2025, en un contexto en el que los cortes vacunos aumentaron muy por encima de la inflación general.
La combinación de precios en alza, salarios que no logran recomponerse y una producción cada vez más orientada a la exportación explica un escenario en el que los argentinos comen menos carne mientras crecen los envíos al exterior.
De acuerdo con el informe de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), el consumo aparente de carne vacuna alcanzó 1,02 millones de toneladas durante los primeros seis meses del año. Esto implicó una reducción de 131.830 toneladas respecto del mismo período del año pasado. La baja también quedó reflejada en el consumo por habitante: el promedio móvil de los últimos doce meses descendió a 47 kilos anuales por persona, lo que representa una caída de 8,2 por ciento frente al nivel registrado un año atrás. En términos prácticos, cada argentino consume hoy 4,2 kilos menos de carne vacuna por año.
Por qué cae tanto el consumo
El principal factor detrás de esta retracción es el encarecimiento de los cortes. Mientras la inflación general se desaceleró hasta 1,9 por ciento mensual en junio y acumuló un incremento interanual de 33,4 por ciento, el rubro carnes y derivados avanzó 45 por ciento en el mismo período. Si se observan únicamente los cortes vacunos, el aumento alcanzó 53,6 por ciento anual, muy por encima del resto de los alimentos y también del pollo, cuyo precio subió 29,9 por ciento.
Sólo en un año, el kilo de carne vacuna se encareció 18,3 por ciento respecto del kilo de pollo, profundizando el reemplazo de proteínas en la mesa de los hogares.
La pérdida de poder adquisitivo también modificó el destino de la producción nacional. Durante el primer semestre el mercado interno absorbió el 71,4 por ciento de la carne producida, cuando un año antes esa participación alcanzaba el 75,6. La diferencia fue cubierta por las exportaciones, que crecieron 10,2 por ciento interanual impulsadas por una mayor demanda internacional y por la ampliación de la cuota de exportación hacia Estados Unidos.
Menos cantidad de carne para el mercado local
Ese cambio de orientación ocurre en paralelo con una caída de la actividad frigorífica. La menor disponibilidad de hacienda redujo los niveles de faena y limitó la producción destinada al mercado local. Según datos de la Bolsa de Comercio de Rosario, durante el primer semestre se faenaron alrededor de 6,02 millones de cabezas, un 9 por ciento menos que en igual período de 2025 y el nivel más bajo para una primera mitad de año en la última década.
La reducción de la faena no obedece únicamente a la necesidad de preservar el stock bovino. También refleja un cambio en la estrategia de los productores, que encuentran mayores incentivos económicos para retener los animales durante más tiempo, aumentar su peso y destinarlos posteriormente a la exportación. La mejora de los precios internacionales y la flexibilización del comercio exterior hicieron más atractivo ese negocio que abastecer al mercado doméstico.
Como consecuencia, la oferta de hacienda disponible para consumo interno se redujo. En un escenario de mayor poder adquisitivo, esa menor disponibilidad probablemente habría generado incrementos de precios todavía más pronunciados. Sin embargo, el deterioro del ingreso de las familias actúa como un límite.
Los consumidores ya no convalidan nuevas subas de magnitud y esa restricción termina afectando también a frigoríficos y carnicerías, que enfrentan mayores costos sin poder trasladarlos plenamente al precio final.







