Algunos dirán que son “intervenciones” sobre los carteles, pero lo que está ocurriendo es una vandalización de la campaña política. Claro que también hay publicidades que parecen vandalizarse a sí mismas.

Durante esta campaña política la vandalización se puso de moda. Alfredo Casero dibujó una pija junto al afiche con la cara de Leandro Santoro. Sobre unos carteles del Frente de Izquierda con Miriam Bregman alguien escribió “JUDEN SORETE”. Algunos candidatos del Frente de Todos (llama la atención que no aparezcan pintadas sobre afiches de la oposición) fueron pintarrajeados con pinceladas marrones que remedan bosta, escatológicos a full. Por otro lado los mismos candidatos del Frente de Todos fueron vandalizados de otra forma: se les pintaron ojos y narices de payaso, y bocas rojas. En Córdoba tapan las caras de los candidatos del PJ con carteles de otra agrupación. Alguien garrapatea -apresuradamente y con fibrón- junto a la cara de Alberto, la palabra CHORROS.

¿Pintar caras es hacer política? Sí, y el comunicólogo catalán Manuel Castells lo explica de esta manera: “Una de las principales características de la política teatral es su personalización. Una audiencia masiva requiere un mensaje simple. El mensaje más simple es una imagen, y la imagen más simple con la que la gente más se identifica es un rostro humano.” Por eso, atacar un rostro es atacar una idea. El pintarrajeo de carteles es la política (y quizás la guerra) por otros medios.

Si en este esquema simplificador la cara representa la idea, estas vandalizaciones nos muestran algo de lo violento que se ha vuelto el ecosistema político. La costumbre de la predación discursiva y el insulto como herramienta de intervención. La comunicación se tuiteriza: el intercambio verbal es breve, insultante, maligno y basado en adjetivaciones, al modo de la comunicación en la red del pajarito. (Alguna vez hay que hablar de la tuiterización de los medios y de como la famosa conversación social se convirtió en un qué opinas de lo que dijo Fulano. Pero volvamos a los carteles).

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Alfredo Casero se hace filmar mientras dibuja un pene en el cartel de Santoro. Es “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”, diría Guillermito Shakespeare. Un gesto dadaísta con el que nos hubiéramos reído en los noventa. Quizás el problema de Casero sea ese: el anacronismo. Sigue haciendo el humor de Cha Cha Cha, que en aquellos años era glorioso y hoy es el recuerdo de una época que todos queremos olvidar. Cuando éramos adolescentes de espíritu junto con Lanata y Pergolini. Los dos maduraron y se hicieron garcas. Casero no, pero ya no da risa salvo para esas personas muy identificadas con el antikirchnerismo, que en la década de Menem odiaban ese humor.

Si hablamos de adolescencia, los afiches de Milei son dignos de la habitación de uno. Oscuridad, agitación y la expresión de Javier poniendo cara de malo, digna de una banda berreta de heavy metal yanqui. Milei convirtió su fealdad en marca de fábrica. Sarmiento -que describió a Facundo a través de su pelo enmarañado- se hubiera hecho una fiesta con la peluca del “libertario”.

En la otra punta del espectro de sentimientos tenemos a Horacio Larreta, que mira a María Eugenia Vidal como Harry miraba a Sally en el afiche de aquella película. Son la bella y la bestia, el hada neoliberal junto al monstruo domesticado, el feo pero bondadoso. Mariu se transforma en televisión: Heidi se convirió en la Leona, pero en una leona crispada. Abandonó los mohines de maestra jardinera. Se la ve encorvada, los ojos desorbitados, balanceando la cabeza hacia su interlocutor en un gesto de “¿no que es así? ¿no?” Asusta un poco ese paso del buenismo a la crispación, que es probablemente lo que le piden. Con ella se nota cómo oposición cambió en este par de años: de sujetos macanudos, aniñados y asertivos a lo Marcos Peña a adolescentes enojados. Adolescentes irascibles, que gustan de insultar y pintarrajear carteles.

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