Las simplificaciones discursivas de Facundo Manes al trasladar mecánicamente supuestas verdades científicas al territorio de la política y una reflexión ética a partir de una película de Nick Cassavetes. (Foto de portada: Horacio Paone)

Escuchándolo y también viéndolo a Facundo Manes, el reconocido neurocientífico que fue entrevistado el jueves 23 de mayo por el Gato Silvestre en su programa Minuto Uno que sale al aire por C5N, surge la pregunta sobre cómo se pueden poner los conocimientos científicos al servicio de la sociedad para que ésta mejore y sobre todo progrese.

Escuchándolo y viéndolo al neurólogo, el espectador (por lo menos este cronista) tiene la impresión de que la tarea no es demasiado compleja. Cómo no estar de acuerdo con frases como: “El principal plan económico de la Argentina debería ser mejorar la educación”.

Manes mira a la cámara como si fuera el conductor del programa y no un invitado, el periodista que lo entrevista y sus colaboradores lo escuchan atentamente, tanto que no le repreguntan, lo cual sugiere que el neurólogo estuviera pasando un anuncio donde todo resulta sencillo. Justamente, cuando se está refiriendo a cómo se ponen en práctica (en el campo social) los conocimientos teóricos (adquiridos en la Universidad) aparece un excesivo optimismo.

En su escrito Progreso, determinismo y pesimismo tecnológico Ricardo J. Gómez sostiene que uno de los mitos de nuestro siglo es el carácter ineludiblemente progresivo de la tecnología. Como todo mito tiene sus entusiastas creyentes y sus detractores.

Para discutir nuestro punto de vista relacionándolo con las ciencias de la salud y su extrapolación social vamos a recurrir a un filme de 2009 del director Nick Cassavetes La decisión más difícil. La película nos muestra la vida de Sara y Brian Fitzgerald, su pequeño hijo y Kate, su hija de 2 años.

La decisión más difícil, de Nick Cassavetes.

Todos quedan conmocionados al enterarse que Kate tiene leucemia. En determinado momento Sara está hablando con su médico y éste le pregunta sugerentemente si han pensado en seguir teniendo hijos porque una alternativa de tratamiento sería que ella quedara embarazada y que el óvulo fecundado fuera manipulado genéticamente para que el futuro hijo fuera 100% compatible con la hija, de forma tal que en principio se podría extraer del cordón umbilical sangre con células madres para combatir la leucemia de la pacientita.

De esa forma la vida de Anna es concebida para salvar la de su hermana. Para la madre no parecen existir trabas éticas, ni morales, no existe ninguna opción; sino, hacer todo lo que se pueda para asegurar la continuidad de la vida de Kate. Anna tampoco parece tener muchas opciones y vemos que durante sus primeros años le van realizando intervenciones de todo tipo: ha tenido que donar médula ósea, plaquetas, granulocitos.

Cuando Kate cumple quince años su cuadro patológico se complica y hace una insuficiencia renal. La madre planifica junto a sus médicos un trasplante de riñón, la donante por supuesto va a ser la hija menor que ya había cumplido once años.

La incipiente rebeldía adolescente lleva a Anna a buscar a un abogado para que la defienda. La niña pretende iniciar un juicio por la emancipación del uso de su cuerpo, situación que produce la indignación y el enojo de la madre. El argumento de Anna es conmovedor: ¿Qué pasa cuando ella quiera hacer deporte, cuando quiera tener hijos, cuando quiera simplemente envejecer?

En un momento muy crítico, Kate se está muriendo, el hermano varón se descontrola emocionalmente y comienza a gritar que en realidad todo había sido urdido por su hermana enferma porque no quería que su madre la siguiera despedazando lentamente, que era necesario que todo terminara.

Después de la muerte de Kate, Anna gana el juicio.

En los posicionamientos del médico y de la madre de Kate vemos variantes del determinismo tecnológico al que Manes parece tan afecto. En la madre evaluamos un determinismo de consecuencias involuntarias porque su omnipotencia, su narcisismo en términos freudiano, le hace inconcebible la idea de que un hijo suyo pudiera estar enfermo y, por ende, morir. Por supuesto que a cualquier madre / padre le resulta intolerable la idea de un hijo enfermo y/o muerto; pero no cualquier madre / padre deciden sacrificar un hijo –Anna en este caso- para no mancillar su ego.

Con respecto al médico presenta una variante normativa de determinismo tecnológico, que es aquella según la cual la tecnología ha devenido autónoma porque las normas según las cuales opera y avanza están distanciadas del discurso ético.

La posibilidad de reflexionar acerca de cuáles podrían ser las consecuencias de traer una hija al mundo con el objeto exclusivo de servir a la salud de su hermana; con lo cual el filme abre otra más que interesante línea argumental que sostiene que la razón iluminista sirve a los intereses de dominación.

Se sostiene que la ciencia y la tecnología que operan con la razón iluminista han tenido como objetivos últimos la dominación de la naturaleza. En el caso que analizamos la dominación de padres sobre hijos producto entre otras muchas cuestiones de la indefensión en la cual nace y se desarrolla los primeros años el sujeto llamado humano.

De allí que resulta absolutamente entendible que Anna busque un abogado para emancipar su cuerpo cuando está por entrar en la adolescencia, momento clave en la evolución humana, cuando el sujeto comienza a construir su independencia. Se podría argumentar que en realidad Anna procede movida por el pedido de su hermana. Pero en la película resulta evidente que Anna puede sostener la ruptura con la demanda materna apoyada en su rebeldía adolescente.

El argumento de la película resulta absolutamente esclarecedor por sí mismo para poner en evidencia que las innovaciones en ciencia y tecnología –en el filme la manipulación genética-  no son condiciones suficientes (aunque hoy son condiciones necesarias) para alcanzar un progreso general con respecto a la salud de las personas.

Se torna imprescindible adoptar una actitud pesimista moderada que nos movilice y nos corra de la pasividad y la impotencia frente al avance demoledor de  la ciencia y la tecnología. Como sostiene Gómez ni la celebración como pretenden los optimistas neurocientíficos, devenidos comunicadores, ni resignación a la usanza de los pesimistas filósofos extremos.

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