Las entradas oficiales para la primera fase partían desde los USD 60. Pero la FIFA dejó correr esos valores hasta USD 575 en promedio. Si observamos los valores para las etapas decisivas del certamen, encontramos que, para partidos como cuartos de final, los boletos en reventa oficial promedian los USD 3.000, pudiendo todavía aumentar más en estas horas en base a la demanda.
La FIFA se metió de llenó en el negocio de la reventa de entradas a través de la plataforma “FIFA Resale Marketplace”, convirtiendo un mercado que siempre fue ilegal en un ingreso más para sus arcas millonarias. De esta manera, la organización permite revender boletos particulares a cambio de una comisión del 15%. Este fenómeno de especulación alcanzó proporciones exorbitantes. En el sitio se ofreció una entrada para el partido final a 2,3 millones de dólares. La FIFA elaboró un sistema dinámico en el cual los precios varían en función de la demanda. Por ende, las selecciones con más seguidores o que generan mayor atracción registran precios más elevados. Argentina con la presencia de Lionel Messi y el resto de los campeones mundiales despierta gran expectativa en aficionados de diferentes partes del mundo, por lo cual ver un partido de nuestra selección puede costar muchísimo dinero. En este momento ese sistema está totalmente fuera de control.
Estos números abren un debate acerca de la accesibilidad de los sectores populares a eventos de esta magnitud. Un deporte que nació con un fuerte arraigo popular, y que en nuestro país estuvo muy vinculado al desarrollo de la clase obrera, y con una presencia muy fuerte de las diferentes corrientes migratorias de principios del siglo XX, se ha vuelto una mercancía de lujo casi inalcanzable para cualquier trabajador.
La fiesta “global” de la FIFA es una fotografía más que registra la creciente desigualdad del capitalismo mundial en este siglo XXI. Presenciar la copa del mundo se volvió una celebración para las élites, y más todavía en el corazón del capitalismo. Año a año los costos para presenciar un mundial se hacen más inalcanzables. En esta edición, las entradas cuestan el doble que en el certamen de Qatar. El capitalismo barre con los últimos vestigios de popularidad en el deporte y avanza en su lógica de mercantilización, convirtiendo un evento de masas en otro espectáculo corporativo de acceso exclusivo.
Estadios repletos de carteles publicitarios, de pausas impensadas con invasión visual de marcas globales, con comida chatarra en infinitas bocas de expendios, con zonas vip para personalidades del mundo del espectáculo y los negocios, con campañas publicitarias millonarias, y con el fútbol como excusa para el lucro capitalista obsceno.
El negocio, sin embargo, no empieza y termina cruzando las puertas de ingreso de los estadios. Las empresas de aerolíneas y las plataformas de hospedajes han acrecentado enormemente sus ingresos debido a las grandes distancias que deben transitar los aficionados para recorrer las tres sedes del certámen. Los vuelos de cabotaje dentro de EE. UU. tuvieron aumentos de entre el 50% y el 100% en comparación con el año pasado, mientras que los valores de los hoteles y alquileres temporarios trepó un 300% promedio. Seguir a una selección es un tour exclusivo para ricos.
Mientras adentro se festeja el récord de ganancias corporativas, afuera se precarizan trabajadores y se militarizan las calles, se persiguen y se expulsan inmigrantes. De esta manera, ante nuestros ojos, se nos presentan dos imágenes enfrentadas. Una, de las tribunas en las que el 1% más rico se mueve sin fronteras por los mismos espacios exclusivos; y otra, la de la clase obrera mundial miradno el espectáculo detrás de una pantalla, pagando plataformas de streaming también caras.
Esta desigualdad se vuelve todavía más evidente si uno realiza una radiografía sobre cómo se organizan las tareas en las mismas sedes del mundial. Lo sostienen las espaldas de trabajadores migrantes y sectores populares que limpian los baños, cocinan y garantizan la logística por salarios de miseria. Trabajan bajo la amenaza constante de la persecución migratoria y el hostigamiento policial. La paradoja es obscena: mientras ellos ponen el cuerpo con el miedo a ser deportados, o perseguidos por las fuerzas del ICE, los miles de millones de dólares que genera el torneo viajan sin escalas a las cuentas bancarias de las multinacionales y a las oficinas de la FIFA en Suiza.
El sistema capitalista pretende reducir a los futbolistas a meras mercancías de entretenimiento y consumo, y convierte los eventos ecuménicos en negocios lucrativos para las grandes marcas globales, los gobiernos de los países centrales y los organismos internacionales vinculados al deporte. Así La FIFA de Infantino le saca todo el jugo posible al Mundial para exprimir más y más, y reventar sus bóvedas con una proyección de ganancias para este certamen que puede superar los 13.000 millones de dólares estimados previamente.
Los anticapitalistas decimos que hay que recuperar el fútbol como una disciplina en la que los futbolistas no sean mercancías que se venden al mejor postor, se los considere ciudadanos y sean los actores principales en el momento en que empiece a rodar la pelota; y no una excusa para que marcas reconocidas internacionalmente llenen sus bolsillos de manera obscena y descarada, al mismo tiempo que explotan trabajadores y trabajadoras en diferentes partes del planeta. Una disciplina que, al mismo tiempo, recupere las identidades colectivas de los sectores populares, que sea nuevamente un espacio de integración social y de diálogo entre las diferentes expresiones culturales. Que vuelva a ser un ámbito de disfrute colectivo para las grandes masas de la sociedad, que todas las personas tengan acceso al goce que genera el deporte más popular del mundo.






