Montevideo tuvo este viernes una tarde distinta. De esas que alteran la rutina de una ciudad acostumbrada a cierta discreción, que obligan a levantar la mirada y que, por unas horas, consiguen que miles de personas compartan una misma expectativa. No importaba demasiado si eran creyentes, agnósticos o simplemente curiosos. Había algo extraordinario en el aire: después de 38 años, un papa volvía a pisar suelo uruguayo.
La Plaza Independencia, escenario habitual de manifestaciones políticas, celebraciones deportivas y ceremonias republicanas, se transformó en el epicentro de una bienvenida que mezcló devoción, curiosidad y emoción. Allí, frente al monumento a José Artigas, León XIV protagonizó el primer gran encuentro público de su visita al país.
La historia había comenzado unas horas antes, cuando el avión procedente de Roma aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Carrasco, a las 16:19. Las campanas de las iglesias anunciaron su llegada. Al pie de la aeronave lo esperaba el presidente Yamandú Orsi. El pontífice descendió y, con una sonrisa, pronunció sus primeras palabras en territorio uruguayo: «Encantado de estar aquí». Era una frase sencilla, casi doméstica, para un acontecimiento cargado de simbolismo.






