Slavoj Žižek publicó recientemente el texto “Cuando matar humanos se convierte en un safari”, inspirado en Sarajevo Safari, el documental de Miran Zupanič que investiga uno de los rumores más oscuros del asedio a la capital Bosnia (1992-1996): occidentales adinerados de Estados Unidos, Canadá, Rusia e Italia aparentemente pagaban para sumarse a las tropas serbobosnias en las colinas y “cazar” civiles como en un safari.

El filme funcionó como detonante judicial y motivó una denuncia de la alcaldesa de Sarajevo que derivó en una investigación de la Fiscalía de Milán sobre ciudadanos italianos que habrían participado.

Para Jacques Lacan, la vergüenza es un principio regulador de la convivencia humana, un límite a la barbarie, una de las bases fundamentales de la conciencia moral y la ética, sobre las que se constituye el sujeto del inconsciente. Cuando este principio se fractura, como es el caso del paradigma del neocapitalismo salvaje, el horror sale a la luz.

Es el caso de los francotiradores serbios que, además de matar civiles al azar, hacían un singular negocio: cobraban una tarifa altísima para que millonarios ávidos de sangre probaran puntería. Y si el cliente deseaba matar niños, la tarifa se duplicaba. Algunos invitados VIP tenían el honor de hacerlo gratis, en especial rusos que eran recibidos con tres besos, según la costumbre local. La empresa de safaris de cacería humana prosperó, pero los “turistas” francotiradores y los militares se esfumaron cuando la OTAN bombardeó Belgrado, poniendo fin a años de barbarie.

Serbia es hoy un país ahogado por la crueldad desatada en un pasado que aún deja huellas. Croacia logró manejar de otra manera su participación en la guerra y las masacres: los turistas acuden en tropel y admiran los bellos edificios en los que se torturaba y violaba a miles de hombres y mujeres. Sacaron provecho de sus bellezas naturales y pintaron con tinta de hadas sus hermosos pueblos y ciudades. Una buena mano de pintura y el silencio colectivo ayudan mucho a limpiar la sangre.

Mirá También:  Sismo en Chile: se registró un temblor de 6.6

La historia es volátil y la verdad es un artículo en desuso. Todo ello nos conduce a la declinación de la vergüenza en todos los estratos: políticos, judiciales, empresariales e incluso entre los ciudadanos de a pie.

Descubrimos que, por fin, se ha alcanzado la impunidad a escala planetaria. En algunas regiones, ni siquiera es necesario esconderse: el pueblo aprueba las atrocidades. Y sobran ejemplos en la historia. Se ha vuelto corriente que quienes fueron exterminados, hoy se dediquen a repetirlo con otros: la cacería humana se perpetúa y aun peor, se naturaliza.

Madrid exhibe una colección vendida por el barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza al Estado español en 1983 por 350 millones de dólares. El Gobierno no investigó las turbias procedencias de algunas de esas obras, resultado de despojos a judíos. Hay que admitir que el barón era un niño cuando los nazis devastaron a Europa. Pero ya casi no se habla de su hermana mayor, la condesa Margit Batthyáni-Thyssen.

En la noche del 24 de marzo de 1945, Margit organizó una fiesta en su castillo en Austria a la que acudieron miembros selectos de las SS y la Gestapo. Ebrios de champán y a instancias de la condesa –conocida por su insaciable ninfomanía– mataron a tiros a entre 180 y 200 judíos húngaros que acababan de ser llevados a la estación de Rechnitz en Austria.

Su nieto Sacha Batthyany escribió un libro sobre su abuelita quien, tras la guerra, fue rebautizada por la prensa alemana como “La anfitriona del infierno”. Se titula “La matanza de Rechnitz. Historia de mi familia” (Seix Barral ediciones). Los judíos húngaros fueron asesinados en la misma estación Rechnitz: eran trabajadores forzados que cavaban trincheras antitanque para frenar el avance del Ejército Rojo, que estaba a 15 kilómetros. Los consideraron ya “no aptos” para seguir trabajando y los ametrallaron como parte de la macabra celebración de funcionarios nazis en la propiedad de Batthyány.

Mirá También:  Caso Loan: ordenaron la detención de un psicólogo de la Fundación Dupuy

El jefe local de la Gestapo, Franz Podezin, habría repartido armas entre los invitados para que fueran a la estación, según el periodista británico David Litchfield. Los historiadores debaten si los nazis cometieron el asesinato masivo como “entretenimiento adicional” ofrecido por los anfitriones, pero es una posibilidad. Margit se refugió en Suiza tras la guerra y vivió el resto de su larga vida en la más completa impunidad, sabiendo todo sobre la masacre.

El tiro al blanco humano por el goce de matar es una vieja práctica que no ha desaparecido de la historia. Nuestra condición de especie hablante hace de nosotros criaturas monstruosas. En el estadio primario de la constitución subjetiva, no existe una dialéctica entre el bien y el mal. El mal es el elemento originario. El proceso civilizatorio activa un mecanismo de represión de ese mal. Y de allí surge el Eros, esa pulsión de vida que prospera en la medida en que se ponen en funcionamiento los frenos de la vergüenza, la culpa, la compasión (todo eso que Freud denominó las “formaciones reactivas).

La sublimación de la barbarie permite grandes invenciones. Hubo médicos que llevaron a cabo ensayos abominables, incluso con niños. Otros héroes dieron su vida para salvar muchas otras. Una sinfonía de Beethoven es un ejemplo de la destilación que lleva a cabo Eros en nombre de la pulsión de vida.

Pero los poderes de Eros son frágiles, como ha quedado demostrado en casi todas las latitudes del mundo. Y en ciertas circunstancias históricas, se derrumban ante la fuerza superior de Thanatos –la pulsión de muerte– que tarde o temprano termina venciendo. Siempre lo ha sido y lo será.

Mirá También:  Provincia corrigió el método de registro y son más de 3.500 las muertes que no habían sido contadas

“Nunca más”, reclaman las multitudes ante los horrores de la historia, mientras la silenciosa carcajada de Thanatos prepara el próximo episodio.

Gustavo Dessal es psicoanalista y escritor.
Deja un comentario

You May Also Like

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *