Actualmente, para desentrañar las estructuras de dominación del capitalismo, es pertinente considerar el modo en que el inconsciente interviene en la construcción de las representaciones propias de la ideología. Se trata de introducir las determinaciones materiales del inconsciente en el análisis de la ideología.
Para Freud, en su texto Duelo y Melancolía de 1917, la melancolía no es simplemente una tristeza intensa. Es una forma particular de duelo en la que el sujeto ha perdido un objeto amado —una persona, un ideal, un lugar en la vida, un proyecto político—, pero no logra reconocer qué ha perdido con él.
En este texto Freud establece una diferencia fundamental: en el duelo, el mundo se vuelve pobre y vacío; en la melancolía, es el propio yo el que se vuelve pobre, indigno y despreciable.
El melancólico se acusa, se humilla, se considera incapaz de ser amado. Freud descubre que esos reproches dirigidos contra el yo estaban destinados originalmente al objeto perdido. Su célebre fórmula es: “La sombra del objeto cayó sobre el yo”.
Esto significa que el sujeto incorpora o se identifica inconscientemente con aquello que perdió. Al mismo tiempo, la hostilidad y la decepción que también existían hacia ese objeto se vuelven contra el propio yo. De ahí la crueldad del superyó, la culpa, el autorreproche y, en los casos graves, el riesgo suicida: al castigarse, se ataca al objeto perdido que ahora habita dentro de su propio ser.
En el duelo se acepta poco a poco que el objeto ya no está. En la melancolía, en cambio, el objeto continúa viviendo como una sombra en su existencia, la cual se percibe como indignidad y ruina.
Podemos hablar de un plan de melancolización de los sectores populares para nombrar una estrategia política mediante la cual los gobiernos crueles no solo empobrecen materialmente a la población, sino que buscan quebrar su confianza, su memoria colectiva y su imaginación política. Se puede aventurar, entonces, que esa melancolía extendida a lo social es la consecuencia de un duelo fallido. Al haberse destruido todos los amarres y puntos de anclaje que sostenían la memoria histórica, la melancolía ha empobrecido las experiencias colectivas.
La melancolización comienza cuando las pérdidas —trabajo, salario, vivienda, derechos, instituciones públicas— dejan de vivirse como consecuencias de decisiones políticas y son experimentadas como fracasos personales. El sujeto termina reprochándose aquello que le ha sido arrebatado. En términos freudianos, la violencia ejercida desde el exterior se incorpora y se vuelve contra el propio sujeto.
Esta melancolía social responde a la siguiente secuencia: se produce una pérdida real de derechos y condiciones de vida, se niega que exista una causa política, se responsabiliza individualmente a quienes padecen esa pérdida, se destruyen los vínculos solidarios y, finalmente, la impotencia se transforma en culpa, vergüenza y nihilismo resentido. La melancolía es el “temple de ánimo” que se impone desde el orden implantado por la ultraderecha contemporánea.
La crueldad alcanza su mayor eficacia cuando ya no necesita imponerse únicamente desde fuera: consigue que el sujeto se desprecie a sí mismo, ataque a quienes están en su misma situación y considere imposible cualquier transformación.
La inercia que acompaña a la política actual, bloqueando las experiencias transformadoras, procede, según esta hipótesis, de que la melancolía es un duelo fallido. Mientras que el duelo nunca es solo despedida, sino relectura e invención de un futuro posible, la melancolía es un estancamiento permanente en la pérdida que no permite investir un nuevo proyecto.
La salida exigiría un movimiento que subvierta esa lógica: devolverle un nombre político a la pérdida, separar la responsabilidad personal de la violencia estructural y reconstruir los lazos colectivos.
Cuando el dolor deja de vivirse como defecto íntimo y puede convertirse en experiencia compartida, la melancolía puede abrirse hacia el duelo, y el duelo hacia una nueva capacidad de acción.







