El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, presionó al presidente estadounidense, Donald Trump, para lanzar un ataque conjunto contra Irán el pasado 28 de febrero. Esa escalada reavivó el conflicto en Líbano, donde las fuerzas israelíes han alcanzado su mayor nivel de avance en más de un cuarto de siglo. Ninguno de estos frentes se ha estabilizado por completo.
A medida que se prolongan los distintos frentes abiertos por Israel, también aumenta su coste político y social. Las crecientes bajas entre los soldados israelíes, los continuos ataques en la frontera con Líbano y las acusaciones internacionales de genocidio en Gaza han intensificado el descontento interno, en un momento en que Benjamin Netanyahu aspira a renovar su mandato en las elecciones de este otoño.
Según una encuesta publicada el mes pasado por el Instituto para la Democracia de Israel, más del 60% de los israelíes considera que Netanyahu no debería volver a presentarse. El descontento también se ha visto alimentado por los fallos de seguridad previos al 7 de octubre, la ausencia de una comisión estatal de investigación para esclarecer lo ocurrido y las impopulares exenciones del servicio militar concedidas a los socios ultraortodoxos del Gobierno de Netanyahu.
Gaza sigue en ruinas mientras la ayuda humanitaria enfrenta obstáculos
Mil días después del inicio de la ofensiva israelí, los palestinos en Gaza aseguran que han llegado al límite. Refugiados en extensos campamentos de tiendas de campaña con servicios básicos, cuando los hay, o entre las estructuras de edificios destruidos por los bombardeos, continúan viviendo bajo el zumbido constante de los drones israelíes y la amenaza diaria de nuevos ataques.
Aunque el alto el fuego debía propiciar un aumento de la ayuda humanitaria, incluidos medicamentos y combustible, las organizaciones humanitarias sostienen que ese incremento nunca llegó a materializarse. Todos los pasos fronterizos de Gaza continúan sometidos a estrictas restricciones impuestas por Israel y, en algunos momentos, han permanecido completamente cerrados. Como consecuencia, el acceso a suministros básicos sigue siendo insuficiente. De hecho, Naciones Unidas informó el mes pasado de que 17 hospitales seguían sin estar operativos.
La crisis golpea con especial dureza a la infancia. Con motivo de los 1.000 días de la ofensiva, Save the Children advirtió de que al menos 21.000 niños han muerto en Gaza, aunque señaló que la cifra real podría ser mayor, ya que muchos continúan sepultados bajo los escombros. La organización también estima que más de 800.000 menores, cerca del 80 % de la población infantil del territorio, han sido desplazados y que los 625.000 niños en edad escolar acumulan ya tres años sin acceso a la educación formal.
«Cada día de los últimos 1.000 días, el mundo ha fallado a un millón de niños en Gaza al no intervenir para detener la muerte y las mutilaciones de menores», afirmó Ahmad Alhendawi, director regional de Save the Children para Oriente Medio, Norte de África y Europa del Este. La organización añadió que alrededor de 245.000 niños corren el riesgo de sufrir desnutrición o ya la padecen debido a las restricciones que siguen afectando a la entrada de ayuda humanitaria.
A estas dificultades se suman los obstáculos burocráticos. El responsable de Asuntos Humanitarios de la ONU, Tom Fletcher, denunció el mes pasado que los «engorrosos» procedimientos israelíes de autorización y control aduanero están limitando la entrada de suministros esenciales. Según explicó, incluso las prótesis se han visto afectadas por la preocupación de las autoridades israelíes de que puedan tener un posible uso «dual» como armas.
En paralelo, la inseguridad alimentaria continúa siendo una de las principales preocupaciones. La hambruna fue declarada en la ciudad de Gaza el pasado agosto. Sin embargo, expertos en seguridad alimentaria señalaron posteriormente que se habían registrado «mejoras notables» tras la entrada en vigor del alto el fuego. Por su parte, el organismo militar israelí encargado de coordinar los asuntos civiles en Gaza (COGAT) afirmó el miércoles que «las cantidades de alimentos que están entrando superan con creces las necesidades nutricionales de la población civil de Gaza».
Pese a esas afirmaciones, la realidad que describen muchos gazatíes sigue siendo muy distinta. «Antes de la ofensiva lo teníamos todo», relató Mahmoud Ashour, un comerciante de 33 años de Jan Yunis. «Y ahora solo anhelamos un bocado de comida».
Mientras tanto, Gaza continúa sepultada bajo los escombros y la desesperación. Los palestinos siguen esperando no solo alimentos y medicinas, sino también una vía creíble hacia la reconstrucción, un refugio seguro y la posibilidad de recuperar una vida digna, sistemáticamente destruida por 1.000 días de incesantes bombardeos israelíes.







