Tarde o temprano iba a pasar. Si algo caracteriza a la ultraderecha en el mundo es su carácter xenófobo, su odio hacia los inmigrantes, su discurso chauvinista. No es que los libertarios argentinos sean distintos, pero su mensaje estereotipado apunta a los “zurdos y kukas” sin distinción de nacionalidad. Era cuestión de tiempo para que Milei -un imitador de gestos y decisiones rancias- saliera a fagocitar el odio hacia los extranjeros. Ahora sí: aprobó la última materia para convertirse en un adalid de los nuevos fascismos. Y si la expresión “nuevos fascismos” resulta poco apropiada para catadores de gobiernos autoritarios, podemos entonces cambiarlo por gobierno de miserables.

No es necesaria la IA para recrear la situación. Basta con usar la imaginación. Un presidente sentado en un trono enorme, con sus piecitos que no tocan el suelo, con una corona de hojalata mal cromada, gritando a voz en cuello línea por línea el Decreto de Necesidad y Urgencia número 681/2026 en el que amenaza con expulsar del país a los extranjeros que osen insultar al país o a sus habitantes. Un dibujito animado el presidente, más parecido a la Reina de Corazones de Lewis Carroll que a su admirada Margaret Thatcher. Inconstitucional, por no decir payasesco. Vergüenza ajena para todos los hombres del mundo que habitan en el suelo argentino.

El decreto afirma, con ese lenguaje de leguleyos pasados de ginebra, que las sanciones son contra quien haya “dirigido mensajes de odio en forma oral o escrita o incitado a la violencia contra el pueblo argentino en su conjunto o contra algún ciudadano argentino, motivado en la nacionalidad de este último; haber realizado o participado en actos de ultraje de símbolos patrios nacionales”. Más allá de lo disparatado del asunto, el gobierno de Milei no hace más que subirse a la xenofobia de sus socios internacionales. Claro que no podía dejar de ponerle su toque personal. Porque mientras es imposible imaginar a los ultraderechistas norteamericanos, alemanes, italianos o franceses regalando su país a emprendimientos extranjeros, Milei y sus legisladores (los propios y los adquiridos en alguna feria de mascotas) están dispuestos a vender a precio vil nuestro suelo, nuestra agua y nuestra integridad territorial a empresas, a superricos y a países con intereses geopolíticos en la región.

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Hay que reconocer que Milei no es muy original en su patriotismo ambivalente. En 1902, bajo la presidencia de Julio Argentino Roca, se aprobó la ley 4144, la tristemente célebre Ley de Residencia, que permitía expulsar del país a cualquier extranjero cuya conducta fuera considerada una amenaza para el orden público o la seguridad nacional. Ni siquiera se necesitaban pruebas o tener que llevarlo a la justicia. El Poder Ejecutivo podía expulsar a cualquier extranjero que se le ocurriera. ¿Esos inmigrantes hablaban mal de la Selección argentina que había jugado su primer partido oficial ese mismo año (y que ganamos 6 a 0 a los uruguayos, ya que está lo recordamos)? No. Hacían algo peor: a quienes se quería expulsar era a los anarquistas, socialistas, militantes sindicales, a todos los que querían organizar al pueblo trabajador ante la injusticia social. Antiperonismo de vanguardia el de Roca.

Mientras se aprobaba la represión a los inmigrantes que traían ideas locas, se ofrecía a precio baratísimo nuestro territorio a los ingleses: tierras adyacentes a los ferrocarriles que construían, el manejo de los mataderos y el negocio de la carne de un país predominantemente ganadero (regalábamos vacas muertas como ahora Vaca Muerta) al punto que unos años más tarde, en plena Década Infame, Julio Argentino Roca (hijo) firmaría el tratado con Gran Bretaña conocido como Roca-Runciman. Del papá genocida de pueblos originarios y perseguidor de inmigrantes al hijo entreguista de nuestros recursos había una continuidad ideológica, que Milei no hace más que repetir. A nuestro presidente le encantaría decir lo que declaró Roca Junior: “La República Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”.

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En la previa, la llegada del Mundial de Fútbol podía jugar a favor de Milei. Por un lado, podía servir para quitarles fuerza a las acusaciones de corrupción de Adorni y su entorno y por otro, para aprovechar la imagen de la Selección y así equiparar el equipo de fútbol con el rejuntado de pataduras que es el gobierno. Con Adorni fallaron los cálculos. Pero ni en su peor pesadilla se imaginó que los jugadores saldrían a reivindicar la soberanía de las Islas Malvinas ni que Messi, post partido con Inglaterra, llegaría a declarar: “Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente. Sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo malo que nos toca pasar, que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando”. Un Messi zurdokuka (porque para Milei cualquiera que ose criticar la situación actual es kirchnerista o de izquierda) era mucho más de lo que podía soportar. Incluso peor que no querer aparecer en ninguna foto con él.

El presidente quedó en offside. Algo tenía que hacer para no perder por goleada. Habrá ido a leer el Manual del facho para dummies y ahí se encontró con una cuerda que no había tocado lo suficiente, aunque sus socios provinciales y municipales lo vienen haciendo hace rato: darle cuerda a la xenofobia impostando un patriotismo que no sienten. El presidente Milei, un insultador serial a su propia población, dándose por ofendido por los insultos o burlas de los extranjeros. Claro, quiere tener la exclusiva. Qué plato.

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Como en 1902, como ahora, como siempre, el que molesta al poder no es el extranjero sino el extranjero pobre, el que llama la atención de la existencia de un país injusto. Ojo, no es difícil hacerlo en una sociedad que discrimina y actúa por prejuicios muy arraigados. Los morochos, los marrones, los bolitas, los del Conurbano, los “negros de alma”, todo aquel que vive en la pobreza debe soportar a diario una discriminación real, no inventada por intelectuales narcisistas del Primer Mundo. Había agua en la pileta a la que se tiró el presidente.

Mientras hace la plancha, Milei y el poder real que representa Federico Sturzenegger van a intentar meternos (el verbo, les juro, es el más adecuado) la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que desregula la venta de tierras. Este gobierno ya nos quitó mucho. No dejemos que nos quite todo. Por eso va a ser importante manifestarse el jueves frente al Congreso o adonde podamos llegar ante el mezcladito de policías, gendarmes e infiltrados. Ya sabemos que, además de vendepatrias, son cobardes que se asustan cuando la gente se moviliza.

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