Los Valles Calchaquíes la cobijan. Su trabajo como médica está afincado temporalmente en Cachi, localidad donde trabaja como gerenta Sanitaria y médica asistencial. Sin embargo su historia está fuertemente ligada a un territorio totalmente diferente: el Chaco Salteño.

Tujuay es hija de la pionera lidereza wichi Octorina Zamora, y del docente y militante social Néstor Gea, ambos fallecidos en el transcurso de los últimos dos años. Con la fuerza ancestral y las convicciones heredadas, su trayectoria de vida es muestra nuevas síntesis político-ideológicas, afirmándose en una retorica de confrontación directa, quizás la única posible ante lo visto y vivido en carne propia junto a sus hermanos y hermanas indígenas.

Tujuay se sienta, mira firme el grabador, toma un mate y comienza a hilvanar una respuesta tras otra:

-¿Qué significa tu nombre?

-Quedamos de acuerdo en casa que Tujuyliya significa “la que vence”. Cuando era más chica se hablaba de varias acepciones del nombre, porque la otra era “la que sabe protegerse” o “la que sabe esconderse bien” o “la que está fuera de peligro”; a mi mamá le encantaba decir que estaba fuera de peligro. Pero con los años fue mutando y quedó “la que vence”, porque en el wichi los nombres son más bien interpretaciones.

-¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?

-Tengo muchos recuerdos, fue como una infancia como muy larga. Me crié en Santa Victoria Este, donde está la triple frontera, Paraguay, Bolivia y Argentina. Una infancia muy movida, llena de cosas fuertes que me marcaron para toda la vida. Desde que tenía tres años había toda una gran movilización que se iba gestando en las comunidades, cuando se estaban armando las organizaciones indígenas que ahora que son más conocidas. Mi vieja y mi viejo estaban ahí metidos.

Mi casa era de adobe pintada con cal para evitar los bichos, y estaba llena de cueros de animales, porque en las reuniones que se armaban en casa, la gente traía de regalo cueros de lampalagua, de oso hormiguero, y mi hermana, que era más chiquita, como el suelo era de tierra, le tiraban los cueros de los animales y la changuita jugaba ahí.

– Dos personalidades fuertes la de tu madre y tu padre…

-Mi madre era profundamente anticolonial, y la presencia de la Iglesia Anglicana en las organizaciones indígenas la incomodaba mucho, además era la única mujer que estaba ahí a la hora de alzar la voz por eso. Tengo el recuerdo de momentos con mucha frustración en casa, escuchando a mi vieja hablar y pensar cómo armar otras cosas. Después acompañábamos a mi viejo de noche a diferentes lugares, y también había mil reuniones en la casa con gente de las comunidades, intelectuales y personas que venían de Buenos Aires a conocer ese territorio que era desconocido en ese momento. Me acuerdo que decían todo el tiempo que Argentina no nos conocía, que no conocía nuestra existencia y que era momento de hacernos conocer y que se iban a aprovechar los 500 años, que se cumplieron en 1992, para hacer un proceso previo hasta llegar a esa fecha. Fue intenso, la casa siempre llena, el fuego siempre prendido, la gente deliberando a la noche. Los recuerdos son de mucho cariño, fue como crecer admirando.

Después estaban las cuestiones más afectivas de la crianza. Mi viejo era docente, se dedicaba muchísimo y hacía cosas todo el tiempo: puso una radio, teníamos un periódico que lo imprimíamos en casa a mano, estaba siempre leyendo pendiente de un montón de cosas y nosotros éramos niños que jugábamos alrededor. Y mi vieja era una mujer que se movía todo el tiempo, viajaba, a veces se iba uno, dos, tres meses, entonces fue una crianza con la presencia de muchas otras personas.

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-¿Cómo aparece la medicina en tu vida?

-Es una de las cosas que también tienen que ver con mi crianza y la cuestión de los mandatos. Casi siempre escucho discursos anti-mandato, “que sos prisionero de los mandatos”, “que hay renunciar a los mandatos”. Y una de las cuestiones a las que yo me aferro y en la que creo profundamente, es que a la gente como nosotros, los indios, los mandatos son los que nos han permitido sobrevivir.

-¿Cómo sería eso?

Sostener las tradiciones, la cultura, poder hablar de quiénes somos, reivindicar a nuestro pueblo nos sostiene, nos hace sobrevivir hablar de quiénes somos, de dónde vivimos, dónde estamos y nos formarnos mucho de nosotros en función de nuestro pueblo, de acompañar a nuestro pueblo. Esa identidad es algo que llevamos y es un mandato también. Decir, “bueno vos sos esto y esto es lo que vas a presentar al mundo”, a mí me parece adecuado, yo nunca renegué de ese mandato, por eso sostengo mi identidad. La gente sabe que yo soy mestiza, mi papá era criollo, pero el vientre que a mí me gestó y me parió, era wichi, y eso es lo que yo reivindico. Tanto mi madre como mi padre y mis abuelos sintieron orgullo por ser lo que éramos, a pesar de todas las cosas que han pasado en nuestros pueblos: la pobreza y un sinnúmero de injusticias que se han vivido. Entonces nuestra identidad también es un mandato.

-Y la medicina…

-En 1992 conozco algunos profesionales indígenas, más que nada por los diarios y revistas, sumado a que ese año va a Rigoberta Menchú a mi casa. Mi mamá la invita y ella se queda, en un catre, en una piecita, no había luz, no había agua, había mosquitos, había que estar pendiente de las víboras… ¡Pobre! (se ríe). Entonces se hablaba de la necesidad de profesionales indígenas, y a partir de ahí mi sueño era ser universitaria. Y cuando ya estaba cursando la secundaria, y tenía que saber qué iba a estudiar, primero pensaba en Ciencias Políticas, Sociología, Antropología, me inclinaba por eso porque eran los profesionales criollos que más iban a las comunidades. Pero un tío me habla la posibilidad de ir a Cuba porque había unas becas. Mi mamá me dice “¿vos tenés ganas de ir a estudiar a Cuba?” yo le dije que si, entonces decidimos hacer una carta a Fidel Castro solicitando la beca. Al tiempo me llamaron.

-¿Cómo fue la llegada?

-Desde lo personal fue un shock, pero como estaba muy entusiasmada y tan ilusionada, lo recibí bien. Lo que sí me dolía mucho era el desarraigo, no saber de mi familia. En esa época no teníamos celulares, cada tanto mandaba un telegrama, una carta, y con eso la familia sabía que estaba bien, pero tenía apenas 17 años.

Después era una locura, en el momento que llegamos había como 3.500 personas de 60 países diferentes. Te reunías con todo Latinoamérica, todo el Caribe, había gente de todos lados. De alguna manera conocí la historia latinoaméricana a través de mis compañeros que eran pares, muchos tenían mi edad, la versión latinoaméricana de los jóvenes.

-¿Qué es lo que más recordás de aquella formación?

-En nuestra formación el internacionalismo es un valor profesional transversal. Aparece en muchas de las cosas que vas viendo en medicina. De repente la profesora te cuenta cuando fue al Congo, cuando estuvo en una misión; hablabas con el pediatra y te contaba cuando estuvo en África; hablas con la enfermera que también había hecho una misión internacionalista y te contaba la realidad de otros países a través de lo que vivieron. Uno se va con esa experiencia, entonces mi deseo era ser internacionalista. Hay dos cosas que te inculcan, volver al territorio y el internacionalismo, que es algo temporal, pero que acompaña procesos de otros compañeros que están volviendo al territorio también.

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-Una vez recibida te vas a Venezuela.

-Aplico para ir al Batallón 51 en Venezuela, me llamaron, me aceptaron y fui al mes de haberme graduado. Venezuela tenía sus particularidades, ya se estaba empezando a sentir el peso del saboteo económico con el desabastecimiento. Me mandaron a la zona de Apure, a trabajar con comunidades indígenas. Era una locura, tenías que entrar y salir en lancha, en algunas épocas cuando el río bajaba podías entrar en camiones… y resultó que los indígenas de Apure tienen características muy parecidas a las de mi propio pueblo. En varios momentos comencé a sentir como si estuviese con los wichi por la situación en la que estaban viviendo; lejos, detrás de todo, a donde casi no se llega, las comunidades con problemáticas de salud histórica, con violencias racistas de su entorno. Era como estar en el Chaco Salteño.

-¿Cómo fue volver a la Argentina?

-Fue dura la vuelta. Además llego y macrismo; mi familia rasguñando las piedras, no había plata y encima estuve ocho meses para convalidar mi título. Recién en 2017 pude hacerlo y empecé a trabajar en varios lugares: Municipio de San Martín en Villa Carcova, trabajé en el Ministerio de Salud, en el Ministerio de Desarrollo Social, y pandemia ya estaba enloquecida por venirme…

-Ahí se da el regreso a Salta…

-Ya venía con la cuestión de volver, pero ¿cómo volver? Porque uno tiene que tener algo para dar. Antes de la pandemia ya veníamos con las noticias que se habían muerto un par de niños y niñas en el Chaco Salteño, las muertes de todos los años, y empecé a armar un grupito con mis compañeros y compañeras que eran indígenas y que habían estudiado en Cuba. Ahí nos metimos en una estructura donde estaban pidiendo médicos para trabajar al norte.

Nos organizamos como brigadas; el primer día que llegamos empezamos a visitar comunidades y no paramos de recorrer. A las dos semanas teníamos un mapa de a qué comunidades ir, cuáles eran las que estaban con más necesidad de visitas, dónde habían más chicos con bajo peso.

Nuestra idea no era que llegamos y vinimos a solucionarle la vida a los indígenas, la idea era poder complementar el trabajo incorporando otras miradas, otras formas de hacer la gestión de la salud en el territorio. El proyecto estaba basado en la participación comunitaria, en el derecho indígena, en los derechos humanos. Entonces armamos un equipo territorial intercultural. Éramos once personas, presentamos programas y ya el mes, dos meses, empezamos a tener líos por la forma de trabajo…

-Desde tu experiencia, ¿cómo podrías explicar la realidad del Chaco?

-Yo no siento positividad en el Chaco, capaz lo veo desde lo negativo, pero mi experiencia de vida fue de sufrimiento, y no estoy hablando de la experiencia individual del amor o la vida en familia, sino desde muy chica respirar sufrimiento en el territorio, sufrimiento histórico. La única belleza son las personas. El Chaco es un lugar al que uno va y lo primero que respiras es desolación, un lugar seco, desmontado, donde hace mucho calor, donde en sol te parte, y donde así y todo, mucha gente sostiene la alegría y trata de vivir, pero está constantemente en resistencia, y qué difícil es eso, porque no hay una vida relajada.

Es muy difícil saber que en ese territorio todavía se sostienen prácticamente destacamentos coloniales. Tenemos instalada la Iglesia Anglicana que es la representación del Imperio Británico en el territorio… nos estamos angustiando todo el tiempo por las islas Malvinas, pero hace 150 años hay destacamentos coloniales del Imperio Británico en el Chaco Salteño que se dedican a generar ciervos, corderos de Dios de la Iglesia Anglicana. Ellos llegan, forman, se van y ya queda la gente cooptada formando en el anglicanismo al resto de los hermanos y hermanas, y además convirtiéndose en representantes absolutos de la indigenidad del Chaco y discutiendo con personas que tenemos otras miradas, incluso otras lecturas políticas históricas del lugar, cuestionándonos a nosotros y a nuestra Indigenidad. Y nosotros diciéndoles “mirá, muy indio no sos porque estás adorando el Dios inglés». Toda esa presencia de tantos años no le ha cambiado la vida a los indígenas que siguen viviendo en la misma miseria y en la misma pobreza.

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Y tenemos un Estado presente, yo eso lo rebato un montón, la gente dice «el Estado está ausente», no, el Estado está presente, el Estado es quien le da lugar a las iglesias, el Estado es el que ha permitido la penetración de las ONGs en el territorio, que más allá de las buenas intenciones, la presencia excesiva de organizaciones no gubernamentales sigue sin cambiarle la realidad a los pueblos indígenas. Creo que el Estado ha hecho omisiones intencionales en el territorio.

Hoy hay más entrada de las Fuerzas Armadas. Me decían varias personas de allá que a las 10 de la noche sale la policía y los gendarmes a “guardar borrachos”, pero en este “guardar borrachos”, le meten miedo a todo el mundo. Entonces la gente tiene miedo a salir porque asocian ese uniforme a la violación de sus propios derechos. Esa es la lógica de lo que propone el gobierno actual. Ahora tenemos policía a las 10 de la noche “guardando borrachos” y además espantando a cualquier persona que se junte, se reúna, hay un miedo a la rebeldía y al cansancio de la gente que está allá en el Chaco.

-¿Cuáles crees que son las deudas centrales para con el Chaco?

-La centralidad del problema indígena es la tierra, quién posee la tierra, quién la habita, quién la explota. Este el problema, esa es la deuda principal; las discusiones de sentido, las discusiones simbólicas, la discusiones teóricas son importantes, pero el problema sigue estando. No hay interés en el desarrollo del indio; el indio o se muere, o se amansa y se va del territorio a vivir en la peor villa miseria alrededor de un centro urbanizado. Ese es el proyecto estatal. El indio va a poder desarrolarse, va a poder hablar de educación, cuando la cuestión territorial esté resuelta.

-¿Qué significa para vos ser la hija de Octorina Zamora?

-Es una carga bastante fuerte porque creo que de alguna manera muchas personas esperan una especie de continuidad, y si una cosa yo he aprendido es que no soy la continuidad de nada. Acepto todos los mandatos en relación a mi identidad, pero no el mandato en ser la continuidad. Sí creo que toda la vida me voy a dedicar a hablar de ella, a destacar lo que hizo, porque fue grandioso y fue único. Y claro que siento mucho orgullo por haber salido de ese vientre y haber tenido la posibilidad única de haberla acompañado en procesos que fueron vitales para la historia de nuestros pueblos.

En este momento yo siento que no se dimensiona lo que Octorina fue e hizo, y espero que en algún momento eso se pueda reconocer, no solamente para que ella en lo individual tenga un reconocimiento, sino para que se pueda entender la vida indígena del Chaco, el devenir histórico y porqué se asumieron ciertas luchas, porqué Octorina asumió ciertas luchas. Yo creo que la historia indígena Argentina o del norte, se va a entender a través de estudiarla a ella.

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