Del amo-capitalista al amo-sádico no hay solo un cambio en la forma del poder, hay una mutación en su modo de gozar.
No toda época produce el mismo tipo de amo. Lo específico de la nuestra no es solo la concentración de poder, sino la transformación de su ejercicio. Para situarlo con precisión conviene partir de una distinción rigurosa.
En la enseñanza de Jacques Lacan, los discursos son estructuras que ordenan el lazo social, modos estables en que se articulan saber, poder, goce y verdad. En ese marco, el discurso capitalista constituye una mutación del discurso del amo. Su novedad no radica en la desaparición del dominio, sino en su reformulación estructural. El amo ya no se presenta como figura encarnada que ordena, prohíbe y empuja al goce.
Podemos intentar sintetizar con claridad, el amo-capitalista es una estructura. Su lógica no necesita crueldad explícita, funciona porque produce sujetos capturados en un circuito donde el goce se vuelve mandato. Sin embargo, la escena contemporánea introduce un desplazamiento decisivo. Allí donde el capitalismo había despersonalizado al amo, emerge una figura que lo reencarna bajo una forma más cruda, más directa, más obscena, el amo-sádico.
La diferencia es precisa. Si el discurso capitalista empujaba a gozar al sujeto, el amo-sádico goza del sujeto.
Ya no se trata solamente de un sistema que impulsa el consumo, sino de figuras de poder que encuentran satisfacción en el ejercicio mismo de la dominación. No ocultan la violencia, la exhiben. No la administran, la intensifican y no se sostienen en la ley.
El caso de Jeffrey Epstein funciona como paradigma de Occidente. Durante años, las redes de poder sostuvieron prácticas de explotación en condiciones de impunidad. No se trató de un exceso individual, sino de un sistema sostenido por la concentración obscena de riqueza, la opacidad de circuitos privados, el entre privados y la complicidad de instancias judiciales.
Que estos hechos hayan tenido lugar en una isla privada no es un detalle, es una estructura. Un espacio sustraído a la ley donde el poder opera sin mediación. Allí el otro deja de ser sujeto para convertirse en objeto disponible de todo tipo de abusos. El entre privados no está fuera de la ley, aunque se insista en presentarlo como tal.
Lo más inquietante no es solo la magnitud de los hechos, sino la persistente ausencia de sanción proporcional. Cuando la riqueza se vuelve ilimitada, la ley deja de alcanzarla. Y cuando no alcanza a los más poderosos no estamos ante una falla del sistema, sino ante su funcionamiento “real”.
Nombrar un crimen es establecer un límite, rechazar su nominación es comenzar a borrarlo. En esa misma línea, los dichos de Donald Trump donde la omnipotencia aparece como programa no pueden leerse como meros excesos retóricos. Son síntomas de un desplazamiento en la relación entre poder y ley.
Esta lógica alcanza su expresión más brutal en la guerra contemporánea. Lo que ocurre en la Franja de Gaza excede cualquier neutralidad descriptiva. Diversos organismos internacionales han señalado la destrucción sistemática de las condiciones de vida de una población civil. La discusión jurídica podrá continuar, pero lo que está en juego es la naturalización de la devastación humana. En esa misma línea, la Organización de las Naciones Unidas denunció el uso sistemático de la tortura contra la población palestina y solicitó investigar a miembros del gobierno israelí por su responsabilidad en estos hechos.
Cuando el sujeto es despojado de su condición de humanidad, su eliminación deja de operar como límite. Escuelas, hospitales, refugiados, madres, niños, nada queda por fuera. Allí se define el amo-sádico, no solo por lo que hace, sino por cómo lo hace, de manera pública, sin mediación, sin límite y con un plus de goce en la decisión misma.
En este contexto, hablar de decadencia de Occidente no es un gesto ideológico, sino una constatación estructural. Los principios que organizaron su legitimidad, la ley, el límite, la universalidad del derecho, no desaparecen, pero se aplican de manera diferencial. Y allí donde la ley se vuelve selectiva pierde su estatuto.
A esta lógica no solo se la padece, también se la vota. No se trata de un error ni de un simple engaño, sino de una transformación en la relación del sujeto con su propio interés. Se eligen figuras que promueven empobrecimiento, destrucción de derechos y precarización de la vida en nombre de una promesa de orden o de goce que nunca se realiza. Estamos ante la implantación de ideas a través de las redes, no es casual que los supermillonarios concentren su propiedad.
En este punto resulta decisiva la formulación del empresario Javier González Fraga, quien siendo presidente del Banco Central sostuvo que se le había hecho creer a un empleado medio que podía acceder a consumos que no le correspondían. No fue un desliz, fue una enunciación. Allí se anticipaba lo que vendría, se enunciaba esta mutación situada, el goce del otro como exceso a castigar.
El ajuste deja entonces de ser una herramienta económica para convertirse en un dispositivo de castigo. No se trata solo de ordenar variables económicas, sino de reordenar quién puede gozar y quién debe ser privado. Allí el amo-sádico encuentra su legitimación, no solo domina, sino que castiga el goce del otro.
Las reformas laborales, la desregulación y la concentración del poder en manos del empresariado profundizan esta mutación. El empresario deja de ser un actor económico para devenir figura de amo-sádico que dispone del tiempo y la vida del otro.
A esto se suma una ficción cada vez más extendida, la del entre privados como territorio sustraído a la ley. El caso Epstein lo muestra con brutal claridad. No se trató solo de delitos individuales, sino de una organización sostenida bajo esa lógica, donde el poder operaba sin límite. Esa ficción no protege la libertad, habilita la barbarie.
Conviene entonces situar con precisión esta mutación. El amo-clásico ordena bajo la ley, el amo-capitalista empuja al goce, el amo-sádico goza del sujeto y castiga su goce.
Finalmente hay un punto que no puede eludirse. La justicia frente a estos amos-sádicos parece no existir. La desproporción entre la magnitud de los hechos y la respuesta judicial no es un accidente, es parte del problema. La impunidad no es solo un efecto, es una condición. El amo-sádico no actúa a pesar de la ley, sino contando con que no será alcanzado por ella. En ese punto la pregunta ya no es solo política o económica. Es clínica.
¿Qué tipo de subjetividad se produce en un mundo donde el límite no solo cae, sino que su caída deja de ser escandalosa?
Allí radica el desplazamiento decisivo. Ya no alcanza con la lógica impersonal del capitalismo. Reaparece un amo encarnado que encuentra satisfacción en la dominación misma, indiferente al Estado, a la democracia y a los propios límites del capitalismo. Pero hay un punto más, no hace lazo. No produce orden simbólico, no articula un común, no instituye límite. Su lógica es puramente extractiva y unilateral. No organiza la vida colectiva, la degrada.
Y en esa caída del lazo social lo que emerge no es solo un nuevo modo de poder y de goce, sino una forma inédita de intemperie subjetiva.






