El affaire Ariana Harwicz, muy cercano en el tiempo, pero inmediatamente sepultado por una sucesión de primeras planas en las redes, que van desde las muertes de Carlos Alonso, Griselda Gambaro, Oscar González Oro y Chiche Gelblung en parecidas palabras protocolares, los debates acerca de si la Marcha del Orgullo podía sobreponerse a la llegada del Papa (que terminó por parte de un sector por calificar de “amable” la audiencia con Jorge Macri mientras éste está implementando en las villas el operativo “Tormenta Negra”, que pone en la cárcel o al borde a todo inmigrante pobre, destruyendo sus viviendas y sus medios de alimentación), los dichos misóginos de Santiago Cúneo, el aniversario del Día Internacional de la Cueca en homenaje a la cueca sola, estrategia estética de resistencia a la dictadura en Chile, todo en colores, todo con el meteorismo y a la manera del lecho de Procusto del algoritmo, trae nuevas y nuevas preguntas para “seguir con el problema”, como lanzó en vez Donna Haraway de apresurarse a plantar una firma tembleque de indignación y autosatisfactorio orgullo por nuestra buena conciencia.

La escritora Lina Meruane, de origen chileno, viene realizando una investigación sobre la cuestión palestina en donde llegó a “poner el cuerpo” -esa expresión que nos gusta tanto- yendo a recoger testimonios y abrir una información de primera mano con intelectuales y activistas que tamizó con sus propios pensamientos a través de sucesivos libros: la crónica “Volverse Palestina”, luego de su viaje a Bayt Jala, ciudad cisjordana donde viven sus parientes del lado paterno; “Palestina en pedazos”; por último, “Matarlo todo, escritos en tiempos de genocidio”, donde acuña la expresión “omnicidio”. En un reportaje realizado en el periódico La Tercera por el periodista Pablo Retamal, declara: “Estamos en un tiempo de negacionismo y tergiversación de los hechos cuando no de ocultamiento forzado, en un tiempo donde se dice, equívocamente, ‘guerra’ en vez de ‘ocupación colonial’ y donde se prohíben palabras como ‘limpieza étnica’ y ‘genocidio’ (…). El proyecto sionista no es simplemente matar a todos los palestinos, a familias enteras; no solo consiste en destruir toda la infraestructura de la sobrevivencia, desde las casas a los hospitales y el alimento, sino que consiste también en hacer improductiva e invivible su tierra arable, sus plantas, sus animales, en contaminar su agua y hasta el aire que respiran. Y consiste también en borrar su historia, su memoria milenaria, su cultura. Es la destrucción absoluta”. Basta googlear para leer el grueso de sus argumentaciones y la respuesta completa dada a través de un manifiesto feminista en respuesta a los dichos de Harwicz, emitido por la Universidad de Granada y que pone de manifiesto su exclusión del festival luego de ser invitada y que levantó un clamor anticensura en diversas personalidades del ámbito intelectual, pero que antes interpeló a los feminismos.

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La novedad —si esta palabra no resulta obscena en este tema de la ocupación con consenso de países imperialistas— de los textos de Meruane es su no renuncia, en textos abiertamente políticos, a la experimentación formal, en donde transformó registros académicos y redactados por encargo para, en muchos casos, ser rechazados. En otro reportaje realizado por Javiera Miranda Riquelme, se confiesa seguidora de la estética del grupo vanguardista Oulipo: “Esta es una idea que no es original; la practicaba el grupo Oulipo, taller de escritura potencial, donde estaban, entre otros, Georges Perec, Italo Calvino y Queneau. A partir de esa idea, y de otra que tiene un grupo de cine, Dogma, y con una película que a mí me parece muy interesante, un documental que se llama Las cinco obstrucciones, donde Lars Von Trier cita a su maestro Jorge Leth y pone todo tipo de limitaciones para cinco peliculitas que hace, que son todas brillantes, increíbles. Es una limitación que te obliga a ser creativo y a salir de tu lugar de confort para poder solucionar esa consigna”. Académica y autora que experimentó en todos los géneros literarios, es también radical para explorar los temas políticos, convirtiendo en un poema o ensayo, género que no necesariamente se expone a mostrar fuentes exhaustivas y rigurosas en el pasado erudito y restringido en sus libertades formales. “En Sumud, una charla en principio académica se volvió necesariamente un ensayo-ficción porque la parte ficcional me permitía poner a otros a denunciar la censura, y en Kunafa, que se suponía fuera una crónica sobre el intento de asesinato al presidente de la Asociación Palestina de Guatemala, acabó tomando la forma de un poema. La escritura va a donde tiene que ir y dice lo que tiene que decir: el ensayo va de manera más directa y la ficción de manera más sinuosa”.

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El antecedente más en las antípodas ha sido Pedro Lemebel con sus crónicas sobre derechos humanos, opuestas al tono apolíneo y denuncista que adquirió en la Argentina de los primeros años de la democracia.

La respuesta en Manifiesto a la exclusión de Harwicz del Festival ALH de Granada abre necesariamente a los feminismos al debate internacional, a pesar del sionismo pastiche del gobierno, su persecución orientada y su quita del Estado a los más vulnerables.

Recuerdo en estos momentos a una de las voces más inquisidoras del 2001, Blas de Santos, que planteaba si, para ser democráticas, no debía invitarse al comisario del barrio –no comparo, asocio– mientras el periodista Claudio Uriarte era cuestionado por hacer una entrevista a Massera por televisión.

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