El bajón por la derrota queda debajo, muy debajo, de esta hermosura emocional que vivimos en tantos días consecutivos, y a la que todavía le aguarda la recepción fenomenal al plantel.

Quizás haya culminado con gloria un ciclo futbolístico extraordinario, inédito. O quizás continúe. No es momento de hacerse ese interrogante. Es momento de ardor, de entusiasmo, de rendirse con alegría ante la evidencia de la efusión masiva.

Algo igual de fácil que de complicado es el examen de las pasiones populares porque, sobre todo, en general cada quien las interpreta según lo que quiere que sean y no en virtud de lo que simplemente son.

Desde ya, es atendible advertir que, mientras la Selección se llevó durante más de un mes el interés total -sumado a lo que queda-, la política discurre por carriles que no tienen en cuenta emoción alguna. Pasa por la frialdad —por ponerle un término— de que los libertaristas continúan articulando sus entretejidos, nombrando a sus jueces, dispuestos a regalar recursos naturales, calculando proyecciones financieras en sus planillas de un país para más o menos la mitad de la población que somos. Y pasa por la calentura de que enfrente no termina de ensamblarse algo que sencillamente atraiga, no ya que enamore (hoy vamos a esquivar este último aspecto, no tanto porque nos tiene igual de aburridos o cansados que varios protagonistas de esa interna perpetua, sino porque, con claridad, escribir sobre eso en un día como éste, recién concluida la final, sería rendirse a ser o parecer un marciano).

La cuestión es que, en los ámbitos de la gente politizada, el Mundial convivió con unos cuantos resueltos a encontrarle el pelo al huevo, enfadada porque, a la par de estar entregándose el país al apetito extranjero, sólo ocurre el “nacionalismo” cuando rueda el balón de la cita ecuménica.

Aún aceptando que eso sea cierto, el fútbol nos recordó que puede haber sorpresas. Y no será en una cancha donde se verá si saben aprovecharlas quienes aspiran a confrontar a un modelo entreguista.

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Paula Marussich hizo una magnífica crónica, publicada el viernes en Página/12, acerca de cómo el clima que instaló la Selección con su triunfo ante Inglaterra le jugó en contra al oficialismo, en su pretensión de derogar en el Senado la Ley de Tierras.

Recordemos, porque abundan vendepatrias y desentendidos: limitar la venta de suelo a capitales extranjeros y resguardar integridad territorial. Eso es exactamente lo que los libertaristas pretenden eliminar.

Por supuesto, a la victoria futbolística se sumó que algunos de los jugadores desplegaron el ya icónico pedazo de sábana con la frase reivindicatoria de nuestra soberanía en las islas.

La foto y el video de ese momento recorrieron el mundo casi desde el primer instante. Estamparon uno de los sentimientos nacionales que no admite divisiones, excepción hecha de un gobierno de cipayos que no pudo disimular su disgusto. Por si fuera poco, quedó reforzado tras las declaraciones de la ministra Verdeoliva advirtiendo que no se toleraría, en el estadio, ninguna manifestación relativa al “mapita de las Malvinas”.

Como ya se sabe de sobra, pero no está de más recordar, esa mera transcripción en un trozo de tela, ahí, con sus letras desparejas, metida de contrabando, lanzada al césped antes de ser secuestrada, bien de viveza inmortal contra todo protocolo y sin nada de tiktokeo ni armazones elaborados, profundizó la furia de los loros mileístas de acá y de las decadentes raigambres imperiales de allá.

Gentes desentendidas por completo, en todo el mundo, de siquiera saber dónde están las Malvinas, anotaron el tema porque, encima, fue la primera manifestación “política” explícita de esta Selección. Apenas fue precedida, en lo individual, por el firme alineamiento peronista de Lisandro Martínez. Y continuada, si quiere vérselo así, por la alusión de Lionel Messi a quienes no llegan a fin de mes.

Todos estos son efluvios circunstanciales, y en lo personal no varían en un ápice esa impresión de que ni aun el más épico de los campeonatos o partidos de fútbol es capaz de modificar asuntos de estructura, de geopolítica, de tendencias ideológicas, ni de nada de nada.

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Sin embargo, ¿quién, con qué derecho filosofal, quita lo bailado de que por un rato nos reconocimos identitariamente en una sola cosa, con esa espectacularidad físico-colectiva que sólo puede ser producida por el más universal de los deportes?

¿Habría un pedestal analítico desde el cual reprimir las lágrimas por el centro de Messi y el cabezazo de Martínez, superando a una fila de jirafas abroqueladas y a un arquero más inglés que los pubs after office?

¿Cómo no conmoverse con la garra que puso este equipo frente a España, un rival enormemente superior, muy justo campeón, al que en inferioridad numérica terminó haciéndosele el partido que se podía y llegando a los penales si Simeone le entraba con justeza? ¿No hay que rendirse de emoción ante eso, sin darle espacio a ningún otro sentimiento salvo, ahora, el dolor de la derrota?

Está bien: en un razonamiento plano, amucharse para gritar que el que no salta es un inglés y votar a Milei, quien si no conserva el retrato de Thatcher en su escritorio lo guarda en su corazón, parece ser una contradicción insalvable.

¿No son, en lugar de eso, expresiones complementarias?

Si lo único que emociona masivamente es una selección de fútbol, por sus resultados y porque el amor propio con que se desempeña es conmovedor, ¿la responsabilidad “política” es de los jugadores?

¿En serio habrá quienes deseen seguir enfrascados en si Messi acompañó a Trump en alfombra roja, o en si ahora reparó públicamente en la gente con graves dificultades económicas?

Messi quiere jugar a la pelota. Punto. Puede caernos tan comprensible como antipático que no sea una bandera contra la injusticia social, al estilo de lo que significó Maradona o de lo quisimos que Maradona significase. Lo que no puede ser, o lo que no debiera ser, es que depositemos allí nuestras vocaciones y frustraciones.

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Son batallas diferentes, para incurrir en una obviedad ampulosa. Con el fútbol, y con sus símbolos, uno se estremece. Con la construcción política, uno apunta para otro lado sin perder de vista el rol de lo cultural.

No se trata de caer en los clichés berretas, muy berretas, de interpretar a la Selección y a su cuerpo técnico como el ejemplo de la unidad de los argentinos. Pero, menos que menos, es cuestión de regalarse a la impostura intelectualoide del fútbol como opio de los pueblos. El opio es, primero, lo que consumen quienes entienden a las masas como objeto y no como sujeto.

¿Tan difícil es? ¿Tan jodido es entender (y sumarse a) excitaciones masivas que son producto noble de gramáticas históricas?

Listo. Quien está loco o fuere de eje es el que escudriña esa conmoción con parámetros de si esto le vino bien a Milei o a Cadorna. Todo eso está bárbaro para chicanear en las redes. No para pretender más que eso.

La crónica a que aludimos, la de Marussich, llevó por título que “Las Malvinas son argentinas (y el resto del país también)”.

Que ese resto vaya a serlo, para caer en otra obviedad obscena, no se jugó ni juega en Atlanta, ni en Nueva York, ni en un abrazo de Infantino, ni en el reglamento de la FIFA que prohíbe manifestaciones políticas mientras mandó a los iraníes a alojarse en México, donde no jugaba; que prohibió el diseño de la camiseta de Haití, conmemorando su independencia, y otras delicias de una corporación siniestra.

Este lunes, la contienda seguirá con la emoción intacta de lo vivido y esa seguridad de que el destino nacional no se dirime, ni jamás lo hará, en una cancha de fútbol.

Que lo aprendan de una vez los que no entienden nada, ni de pasiones ni de construcciones. Salud a la selección argentina y gracias por recordarnos lo hermoso que es compartir algo colectivo.

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