El pasado martes (7 de julio), Donald Trump decidió retomar los ataques militares contra Irán. Durante los últimos días, EEUU intercambió fuego con las fuerzas iraníes, golpeando unos “300 objetivos” militares según el CENTCOM (Centro de Comando Militar estadounidense). Los ataques se habrían centrado en instalaciones de defensa iraníes.

Pero la elección de objetivos en ciudades que alojan grandes puertos, instalaciones petrolíferas e, incluso, la única central nuclear de uso civil (en Bushehr) sugiere que podrían haberse alcanzado, también, objetivos civiles. Una vez más, Trump evitó bombardear Teherán, la gran urbe del país persa. Desde el reinicio de las hostilidades, se reportaron 20 víctimas iraníes, ente civiles y militares, junto a un centenar de heridos. 

“Fin de la tregua”

La Guardia Islámica iraní respondió a los ataques estadounidenses con los métodos ya utilizados. Dirigió sus municiones a bases militares en Baréin (donde se ubica la Quinta Flota estadounidense) y Jordania. Además, las fuerzas iraníes atacaron dos buques que atravesaban el Estrecho de Ormuz, dejando un muerto. 

La reanudación de las hostilidades contra Irán marca un abrupto cambio de frente en el accionar internacional de Trump. Otro zigzag en una larga lista. Hace menos de un mes, Trump había anunciado con bombos y platillos una tregua con Teherán. Incluso había lisonjeado la racionalidad del “nuevo régimen iraní”. Un nuevo régimen que conserva todos los funcionarios del viejo, excepto aquellos que Trump mandó a asesinar en el inicio de la guerra. 

Semanas atrás, señalábamos que el memorándum anunciado por Trump no constituía, en realidad, un acuerdo de paz. “El texto a firmar este viernes en Ginebra será, en todo caso, un acuerdo de cese al fuego en nuevas condiciones, que daría inicio a un período de negociaciones de 60 días para llegar a un ‘acuerdo definitivo’”. Ese memorándum, que dejaba más dudas que certezas sobre el futuro del conflicto, era en realidad la prueba de la derrota trumpista en la contienda con Irán. 

La nueva e inestable situación no logró pasar la prueba de los hechos, siquiera por el plazo establecido de 60 días. El fin de semana, Trump envió una notificación al Capitolio en la cual declara que Estados Unidos vuelve a estar “en guerra” con Irán. El mecanismo legal le otorga al Ejecutivo la habilitación para utilizar fuerza bélica sin la autorización del Parlamento durante 60 días. La carta de Trump, fechada el domingo 10 de julio, apareció acompañada por una catarata de furibundos tweets, al mejor estilo del ultraderechista. Entre imprecaciones dirigidas al régimen teocrático (tales como “enfermos” y “escoria”, lejos de la amabilidad del 17 de junio), Trump terminó con el (breve) levantamiento de las sanciones contra el petróleo iraní. 

Al mismo tiempo, declaró sus intenciones de reimponer el bloqueo naval a los buques iraníes que salen de Ormuz a partir de este martes (14). Yendo más allá, anunció que impondrá un “peaje” a los buques internacionales que transiten el estrecho, equivalente al valor del 20% de la carga que transporten. Esto constituye un nuevo escándalo de la arbitrariedad trumpista y está generando revuelo entre los gobiernos y empresas del rubro. La medida completa las declaraciones recientes de Trump, quien dijo que Estados Unidos debería “controlar el Estrecho de Ormuz”. Una posición de gendarme internacional que hoy parece más propia de la fantasía trumpista que de la estrategia bélica y la realidad política plausible. 

Un nuevo conjuro trumpista del caos

Trump presentó el acuerdo de junio pasado ante la necesidad de salir rápido de la crisis de Ormuz. La presión inflacionaria generada por la escasez de petróleo impone fuertes tensiones para el trumpismo, a pocos meses de las elecciones de medio término en Estados Unidos. La reanudación del conflicto, también por decisión de Trump, marca una nueva contradicción en su orientación. No parece haber ninguna justificación real y suficiente para explicar por qué Trump vuelve a tensionar una guerra que lo venía desangrando internamente.

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Hay dos elementos que permiten responder, al menos tendencialmente, la cuestión. 

El primero es que, luego del memorandum de junio, Trump se posicionó ante los ojos del mundo como el gran perdedor de la guerra. Se convirtió en el loser más poderoso del planeta. 

El segundo es que, con cese al fuego o sin él, Trump no logra delinear soluciones definitivas al conflicto que él mismo inició. El acuerdo de junio no cerraba ninguno de los problemas existentes: ni la cuestión nuclear, ni el cambio de régimen, ni el control de Ormuz, ni la inflación, ni el equilibrio de poderes e influencias en Medio Oriente. El acuerdo sólo le daba a Trump un período de des-escalamiento para intentar mitigar las consecuencias de la guerra sobre la economía yanqui y sobre su desgastada imagen pública. Sin curas para la enfermedad, Trump se limitó a intentar ocultar los síntomas. 

La novedad es que el acuerdo de junio inclinó todavía más la cancha en dirección al régimen de los ayatolás y la GRI. La tregua funcionó como una declaración de la derrota trumpista y la victoria de Teherán. Le dio aire al régimen iraní, que la semana pasada montó una enorme demostración de fuerza simbólica en el funeral masivo del ex Líder Supremo Alí Jamenei. Sin soluciones de fondo, Trump repite ahora el mecanismo ya utilizado: mezclar negociaciones y bombardeos. Si bien se impone esperar para ver hasta dónde llega la nueva escalada, la dinámica parece marchar, nuevamente, hacia el enfrentamiento bélico asimétrico y de baja intensidad que constituyó la mayor parte de la guerra contra Irán. 

El resultado inmediato es el retorno (y empeoramiento) de todos los problemas, un nuevo llamado trumpista al caos. El precio del petróleo subió rápidamente. El índice Brent pasó de los 70 a los 85 dólares por barril en tan sólo una semana, alcanzando este martes (14) el máximo del último mes. 

Y las ondas de repetición vuelven a expandirse por Medio Oriente. Los intercambios de fuego entre Irán y Estados Unidos se replicaron en Yemen. Allí, el gobierno yemení alineado con Arabia Saudita atacó a una comitiva hutí que llegaba al aeropuerto de Saná. Los hutíes respondieron atacando el aeropuerto de Abha, en Arabia Saudita. La medida de los hutíes fue repudiada por Shehbaz Sharif, el primer ministro pakistaní, que viene funcionando como mediador diplomático entre Trump y Teherán. Aún así, los hutíes de Yemen amenazaron con volver a atacar buques internacionales en el estrecho de Bab al Mandeb, e incluso con cerrar totalmente el paso al tráfico marítimo. Un nuevo cuello de botella en este paso, que conecta el Mar Rojo con el Goldo de Adén y el Índico, sumaría más constricción a cadenas de suministro globales ya bastante perturbadas por el cierre de Ormuz.  

En Irak se registraron ataques (aparentemente provenientes de Irán) contra instalaciones del grupo kurdo PAK (Partido de la Libertad de Kurdistán). Esta región de Irak ya tuvo fuego cruzado meses atrás, debido por la presencia tanto de milicias pro – iraníes como de sectores kurdos que el gobierno de Trump consideró, en determinado momento, utilizar como fuerza secundaria. 

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La decisión de Trump de retomar las hostilidades con Irán podría ampliar la inestabilidad que impera en la región desde hace rato. Sobre todo si los intercambios de fuego escalan. Todos los gobiernos “normales” (es decir, excluyendo al sionismo los grupos pro – iraníes) están pidiendo mesura a ambos bandos para evitar una mayor escalada. Ese es el sentido de las declaraciones del gobierno pakistaní. Más caos en Medio Oriente podría significar enormes problemas y ninguna ganancia para la mayoría de los actores en juego. 

Límites

El fin de la tregua se suma a la larga lista de bravuconadas y maniobras trumpistas. Es evidente que los desenlaces futuros son inciertos. Por lo pronto, Trump anunció el fin de la serie de ataques sobre Irán, tras varios bombardeos en la madrugada del martes (14). Vía redes sociales, el mandatario ultraderechista dijo que está dispuesto a “seguir negociando” con Teherán, pero bajo el estatuto de que “el cese al fuego ha terminado”. Por ahora, la situación parece un nuevo episodio de los desarrollos de los últimos meses. Una mayor escalada no puede descartarse. Pero no parece lo más probable, por la sencilla razón de que no parece lo más beneficioso para Trump. 

Los límites de la bravuconada trumpista corren en tres niveles: el económico, el político y el militar. El fundamental es el político.

Las más evidentes son, quizá, las de tipo militar, que muchos analistas estadounidenses ligados al aparato del Estado se apuran en señalar. Sucede que, por más voluntarismo que emplee, Trump no parece capaz de reabrir unilateralmente el estrecho de Ormuz. “Es muy difícil imaginar cualquier escenario en el que se pudiera asegurar satisfactoriamente el estrecho de Ormuz sin fuerzas terrestres”, señala un ex funcionario del Pentágono. “Hacerlo requeriría decenas de miles de tropas, no sólo para eliminar las municiones ocultas de Irán, sino para asegurar cientos de millas de costa y grandes extensiones de territorio interior. Las tropas de EE.UU. probablemente enfrentarían ataques insurgentes. Levantar una fuerza de ese tipo tomaría unos meses e implicaría ‘costos muy altos’”.

El despliegue de tropas terrestres es un límite que Trump no ha osado traspasar desde el inicio del conflicto. Hacerlo significaría un punto de no retorno en términos simbólicos y políticos. No es lo mismo bombardear Medio Oriente que desplegar tropas y dar inicio a una nueva invasión de ultramar, candidata a sumarse a la lista de fracasos estadounidenses de las últimas décadas. No sólo aumentarían exponencialmente los gastos económicos asociados al ejército, sino que podría generar una cantidad considerable de bajas estadounidenses en una guerra que prácticamente ningún estadounidense apoya. El costo político interno sería muy alto para Trump. 

La otra opción en la baraja sería implementar “escoltas” de las flotas estadounidenses para los buques que atraviesen Ormuz. De nuevo, la maniobra podría generar decenas o cientos de bajas estadounidenses. Y no aseguraría el éxito de la empresa. 

En lo militar, resulta cada vez más evidente la absoluta falta de cálculo racional y estrategia por parte de Trump. Inició una guerra unilateral, sin ninguna garantía, sin legitimidad interna ni diplomática. Pensó que podía avasallar militarmente las mediaciones económicas, políticas y geopolíticas. Pero dio inicio, por el contrario, a una guerra asimétrica en la cual Estados Unidos parece no poder ganar. “Irán se ha estado preparando para este tipo de conflicto asimétrico desde hace décadas. Creo que están empezando a demostrar por qué ningún otro presidente de EE.UU. desde Reagan ha optado por involucrarse a este nivel de conflicto con Irán, porque tienen esa capacidad de interrumpir por completo el estrecho de Ormuz”.

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Le dio al régimen de la teocracia y la GRI una razón perenne para cerrar Ormuz, algo que nunca había sucedido. Y, tras meses de bombardeos, con el acuerdo de junio quedó claro que el control iraní sobre el estrecho es más fuerte ahora que antes del inicio de la guerra. La impotencia de Trump para normalizar la situación en Ormuz sin quedar plantado como el gran perdedor de la guerra parece ser la primera razón por la cual, ahora, rompe su propia tregua. 

Las limitaciones económicas y políticas están indefectiblemente atadas. El aumento sostenido de la inflación es un elemento de crisis para Trump. Pocos gobiernos en el mundo pueden ganar una elección en un contexto de pérdida del poder adquisitivo. Como si no fuera suficiente, Estados Unidos está menguando sus reservas de petróleo como resultado del conflicto. Las mismas están en sus niveles más bajos desde 1983, casi medio siglo atrás. Contradictoriamente, al alargar y escalar el conflicto buscando poner al régimen iraní a la defensiva, Trump parece no poder dejar de desangrar sus perspectivas electorales para este año. 

Dudas y virajes

El viraje de Trump alrededor de la guerra con Irán llegó casi al mismo tiempo que la última Cumbre de la OTAN, realizada el miércoles pasado (8) en Turquía. Apenas llegar, Trump anunció ante las cámaras el “fin de la tregua” con el país persa. En la misma alocución, arremetió una vez más contra los aliados del Atlántico Norte por su poca cooperación en el rearme y el aumento del gasto militar. 

La curiosidad del evento fue el cambio de humor de Trump. Pocas horas después, tras escuchar los discursos de los mandatarios presentes, pareció olvidar las bravatas. Incluso tuvo una reunión cordial con Zelensky, el presidente ucraniano al que había humillado en otro encuentro el año anterior. Le prometió una licencia para la producción de misiles antiaéreos Patriot en suelo ucraniano, algo que Zelensky reclamaba hace años. Trump pareció quedar satisfecho con las medidas de aumento del gasto de los aliados, aunque varios países miembros permanecen debajo del umbral del 5% del PBI fijado por el ultraderechista estadounidense. 

El aparente acercamiento de Trump a los mandatarios de la OTAN es contradictorio. Parece sugerir un atenuamiento en el rupturismo permanente con respecto a los aliados históricos de Estados Unidos. El movimiento parece entendible, teniendo en cuenta que Trump viene mal y tiene por delante una contienda electoral en la que podría perder mucho caudal político. La contradicción radica en que, a pesar del acercamiento, Trump sigue moviendo sus fichas en dirección a Medio Oriente, donde “todas sus posibilidades” parecen malas. Los aliados de la OTAN preferirían que el imperialismo yanqui desescale en Irán y redirija sus atenciones a Ucrania, poniéndole límites a Putin. Pero la novedosa simpatía trumpista con los aliados atlantistas parece todavía limitada. Hubo gestos diplomáticos para Zelensky y la Alianza, pero las (ya escasas) municiones estadounidense se dirigen exclusivamente al Golfo. 

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