¿Qué día fue para ustedes el más feliz en términos políticos? Si bien tengo varias jornadas favoritas desde el 10 de diciembre de 1983, yo me voy a quedar con una a la que mi memoria vuelve una y otra vez: el 25 de mayo de 2010. El Bicentenario del Primer Gobierno Patrio fue la excusa perfecta para vivir una fiesta democrática que desbordaba el territorio argentino para convertirse en una celebración latinoamericana. Los festejos –recitales de músicos populares, espectáculos teatrales y circenses– duraron cinco días, pero tuvo su punto culminante en la noche del 25 de mayo con cientos de miles de personas en las calles disfrutando de Fuerza Bruta y de otros espectáculos. En el palco principal estaban además de Cristina y Néstor, los presidentes Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), Hugo Chávez (Venezuela), Sebastián Piñera (Chile), Lula da Silva (Brasil), José Mujica (Uruguay), Fernando Lugo (Paraguay) y el expresidente de Honduras Manuel Zelaya, que había sido derrocado meses antes por un golpe de Estado.
Festejábamos los doscientos años de nuestra historia, pero ese encuentro de presidentes marcaba –como nunca en la historia de América Latina– las coincidencias de vernos como parte de una patria grande, la soñada por los Libertadores del continente. Era también el punto culminante de una posición política regional que había crecido al fragor del rechazo del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en 2005, cuando Kirchner, Chávez y Lula se le pararon de manos a George W. Bush. Fue el 5 de noviembre durante la reunión la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata.
Incluso los gobiernos de derecha (como el de Piñera) parecían tener que conformarse con acompañar el cambio de vientos en el continente. Esa noche hubiéramos querido que durara años, décadas, pero no fue así. Lo bueno dura poco.
Como si estuviéramos en una película, pongamos el cartelito que dice “quince años después”. No es necesario recordar lo que ha ocurrido en estos años, pero sí detenerse en esta semana de política internacional marcada por la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas. En ese ámbito, líderes y representante de todos los países miembros pueden expresar sus posturas políticas (locales, regionales o globales). Argentina cuenta con discursos que han quedado en nuestra historia, como los dichos por Raúl Alfonsín o Cristina Fernández de Kirchner. Probablemente también entre en la historia el de Javier Milei la semana pasada, pero por las razones contrarias. Fue el discurso de un político que pasa de la megalomanía de maltratar a la propia institución de las Naciones Unidas con opiniones dignas de un libertario en un centro de estudiantes, a arrastrarse cual babosa huyendo de la sal, a la hora de referirse a Donald Trump: “Su férrea y exitosa política en términos de ponerle un freno a la inmigración ilegal lo deja más que claro. Entiende que debe hacer lo necesario, aunque a muchos no les guste, antes de que sea demasiado tarde. En otros países, por ejemplo, ya es demasiado tarde para esta decisión. No solo eso, sino que también está llevando adelante una reestructuración, sin precedentes, de los términos del comercio internacional. Una tarea de magnitudes titánicas que hacen al corazón del sistema económico global.”
“¡Pará un poco, Cholula!”, dan ganas de gritarle, como si se tratara del personaje de historieta creado por Mariano de la Torre Carlés y Oscar Blotta, la fanática que se abrazaba a los pies de sus ídolos del espectáculo. Su tonito de superioridad moral e intelectual se derrite a la hora de hablar de Estados Unidos. Como canta Julio Sosa en el tango, “Qué me van a hablar de amor”: “en la vida se cuidan los zapatos andando de rodillas”. Y el presidente tiene los zapatos muy bien cuidados.
La contracara del discurso de Milei fueron los que pronunciaron el presidente brasileño Lula da Silva y el presidente colombiano Gustavo Petro. El discurso de este último despertó la ira de la delegación norteamericana, que se retiró de la Asamblea mientras el colombiano decía lo suyo. Tal vez porque Petro dijo: “Los jóvenes asesinados con misiles en el Caribe no eran del Tren Aragua, ni de Hamas, eran caribeños, posiblemente colombianos y si fueron colombianos, con el perdón de quienes dominan las Naciones Unidas, debe abrirse proceso penal contra esos funcionarios que son de Estados Unidos, así se incluye al funcionario mayor que dio la orden: el presidente Trump”. Recordó también que los narcotraficantes viven en Estados Unidos y la DEA facilita que la droga circule por el resto del mundo.
En un momento en el que Estados Unidos, escudándose en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, intenta crear un enfrentamiento internacional atacando a Venezuela, el presidente Lula desarma esa hipótesis: “En América Latina y el Caribe vivimos un momento de creciente polarización e inestabilidad. Mantener la región como zona de paz es nuestra prioridad. Somos un continente libre de armas de destrucción masiva, sin conflictos étnicos o religiosos”.
Mientras el presidente Milei solo recuerda a las víctimas del secuestro de Hamas y se saca fotos con Benjamin Netanyahu –un primer ministro acusado de genocidio–, Lula expresó: “Ninguna situación es más emblemática del uso desproporcionado e ilegal de la fuerza que la de Palestina. Los atentados terroristas perpetrados por Hamás son indefendibles desde cualquier ángulo. Pero nada, absolutamente nada, justifica el genocidio en curso en Gaza. Allí, bajo toneladas de escombros, están sepultadas decenas de miles de mujeres y niños inocentes. Allí también quedaron enterrados el Derecho Internacional Humanitario y el mito de la superioridad ética de Occidente. Esa masacre no ocurriría sin la complicidad de quienes podrían evitarla. En Gaza el hambre es usado como arma de guerra y el desplazamiento forzado de poblaciones se practica con impunidad. Expreso mi admiración a los judíos que, dentro y fuera de Israel, se oponen a ese castigo colectivo. El pueblo palestino corre el riesgo de desaparecer”.
Quince años ya de los festejos del Bicentenario. Veinte desde que América del Sur le dijo no al ALCA (“Alca… rajo”: la voz de Hugo Chávez resuena musical en la cabeza). Milei y Luis Caputo se aprestan a entregar el país a Donald Trump y sus amigos. Nos quieren colonia, factoría, rendidos. ¿Tendremos la fuerza política suficiente para que mandemos los deseos de Milei, de Caputo y de Trump al carajo una vez más? En la calle y en las urnas está la respuesta.







