El Primo Capraro, dominado por años por el nazi Erich Priebke

La ministra de educación de CABA, Soledad Acuña nació en Bariloche en 1975. Cursó en el colegio alemán Primo Capraro su educación primaria y secundaria y egresó en 1992. Las fotos muestran que, como en todas las promociones del colegio de esos años, en ese acto quien oficia de autoridad es el ex oficial de la SS Erich Priebke, por entonces al frente de la Asociación Cultural germano-argentina que regentea el colegio. Eso fue así hasta 1993, porque en 1995 fue extraditado para ser juzgado en Italia por la masacre de las Fosas Ardeatinas de Roma, ocurrida bajo su mando en 1944.

Si bien es imposible establecer una línea directa entre los despectivos dichos con que Acuña señaló la actual formación de los docentes en CABA, también es difícil evitar esa asociación.

Durante muchos años Priebke vivió en la ciudad andina “al descubierto”, sin alias ni camuflaje, exhibiendo su porte de oficial de la Gestapo y capitán de la SS, desde las oficinas del Asociación hasta los actos de egresados. Entre otros, el de Acuña, quien luego estudió ciencias políticas en la UBA e hizo una Maestría en Administración y Políticas Públicas en la Universidad de San Andrés.

La comunidad alemana está muy presente en la vida de esa ciudad, y esa participación es histórica. “Llegue a conocer bastante gente andando por ahí, europeos hubo siempre, pero lo que llama la atención, es lo importante que fue allí la participación de Priebke, desde el marco del colegio” explica Santiago Varela. El guionista, desde los años ‘60 se dedicó a recorrer la comarca andina: “andaba, subía los cerros, charlaba con la gente”, recuerda. Conserva amigos y una percepción certera sobre el perfil de la ciudad. Y sostiene que la mejor semblanza sobre la llegada y estadía de Priebke allí, y al frente del Colegio Primo Capraro, puede verse en el documental de Carlos Echeverría: “El pacto de silencio” (2006).

Es la visibilidad del jerarca nazi en esa comunidad lo que le asombra a Varela. Algo que el filme de Echeverría describe con detalles. En la institución se festejaba el cumpleaños de Hitler, y su ascenso al poder. En estos los valores fue formada y es difícil pensar que no haya vivido “valores” ni “bajada de línea”. Aunque como señala Echeverría a Página/12: “Me parece un poco forzado relacionar las barbaridades que dijo con su formación, porque conozco a muchos egresados del colegio y ninguno tiene los prejuicios que ella tiene”. Él mismo fue a ese colegio hasta cuarto grado. “Y no puedo asociar que esa sea la fuente de sus ideas respecto a los docentes, o las acciones como la delación, que propone”. Varela coincide: “No todos lo que se recibieron ahí siguieron esa línea, pero los que decidieron seguirla, tienen una buena base”, advierte.

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La escuela primaria donde comienza esta historia se funda en 1907 por evangelistas alemanes que venían de Chile, y se cierra en 1939, que “por ser alemanes”, señala Echeverría. Pero el proyecto educativo que reabre en 1953 es diferente. “Allí comienzan a agruparse los inmigrantes, nostálgicos nazis, que llegaron al país en el ‘48”, explica el cineasta. Pero a fines de los 70, la escuela recibe apoyo de Alemania Federal para construir el edifico que sería luego la secundaria, de la que Acuña egresa con título de bachiller. Y en la que fue una activa promotora del Centro de Estudiantes.

El Capraro sostiene un proyecto educativo y político que se trasforma según los cambios históricos en Argentina y Alemania. Pero uno de sus ejes es la recepción de docentes provistos por el ministerio de educación de Alemania, para potenciar el idioma y “la comunidad de inmigrantes”. Esa característica se mantiene, aunque los docentes que van responden a su tiempo. De ahí que Echeverría sostenga, que “la idea de vincular las ideas actuales de Acuña, con su paso por el colegio es atractiva, pero quizá no le hace justicia al hecho de que el colegio, con el tiempo, cambio para bien”, puntualiza.

En su película puede verse a Herbert Best, uno de los profesores de Alemania, que estuvo en el Capraro desde 1957 a 1960, quien comenta el proyecto de los fundadores del colegio “nostálgicos del Tercer Reich”. El filme se concentra en la historia de Priebke que llega en 1954, y hace carrera en esa Asociación: miembro, vicepresidente, y en los ’80 presidente, y elige a directores y docentes. “A todos ellos” señala Echeverría al explicar cómo la comunidad empodera a Priebke. Esto lo refuerzan los testimonios de los docentes que osaban dar, por ejemplo, información sobre el holocausto y eran cuestionados por eso.

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La concepción de la Asociación era omitirles a sus alumnos toda información histórica real, según el cineasta “la raíz de esto es que, los que fundaron el colegio venían de una derrota, de un fracaso político estruendoso, y no lo pudieron asumir nunca, la historia política no estaba contemplada en la currícula”. Se prohibía ver “La lista de Schindler”, se prohibía leer a Heinrich Böll, premio Nobel de Literatura en 1972. “Porque es comunista” le decían a la profesora que lo recomendaba.

En el 92 todavía Priebke no había sido “descubierto” por la justicia, pero ya lo había descubierto Esteban Buch, el protagonista de otro filme de Echeverría: “Juan como si nada hubiera sucedido” (1987). Allí, Buch investiga como periodista la desaparición del joven Juan Herman en la ciudad, “desaparecido político” apunta Echeverría. Buch, quien reside en Francia hace treinta años, escribió “El pintor de la Suiza argentina” (Sudamericana, 1991) sobre un artista plástico belga colaboracionista, buscado por la justicia en Bélgica. Nunca lo encontraron, murió en Bariloche y Esteban llegó a conocerlo, cuenta Echeverría, y como no tenía descendientes “le dejó a Esteban un baúl con sus cosas, y ahí él descubre el pasado de este hombre, y a Priebke”.

Fue esa generación de “fundadores” como los llaman, quienes lograron que las generaciones educadas allí estuvieran “al margen de toda elaboración político-histórica”, señala Echeverría. Tuvieron que buscarla después. Por fuera de esa formación, porque mientras estudiaron allí, la visión rectora era la de Priebke. Y todos tenían su foto grupal con él. “Acuña la debe tener también –arriesga Echeverría–, porque él se ocupó de perpetuarse en las fotos de todos, en el colegio”. Y concluye con un dato: “El colegio tenía hasta hace diez años, fotos en los pasillos, de las distintas promociones, y estaban las de Priebke, los mismos pibes las rayaban, le ponina cosas, la rompían, y desde el colegio volvían a renovar la foto, hasta que los profes nuevos, escribieron a la embajada alemana … y de ahí en más, ya no hay más fotos con Priebke en los pasillos del colegio”.

Tres docentes rebeledes

Herbert Best, Dorothee Engels y Fritz Küper, son docentes alemanes que es tuvieron en Bariloche como profesores del Instituo Capraro, al que llegaban como contraprestación por el subsidio que recibe el colegio, desde Alemania, para seguir construyendo y ampliando la comunidad. Los tres testimonian en la película “El pacto de silencio”, sobre la experiencia de trabajo en un entorno “detenido en el tiempo”, producto de “los fundadores del Capraro, nostálgicos del nazismo”, cuentan.

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Best tenía convicciones propias respecto al pasado nazi alemán, no lo compartía. Su posición refleja la nueva política pública de Alemania en educación: tratar el holocausto en las escuelas, llevar a los chicos a ver los campos de concentración. Su formación docente es democrática y humanista. Pero en Bariloche “era muy difícil poder expresarse con libertad”. Pero igual le dice a la Asociación: “estos libros no van mas”, y los saca de los estantes, entre ellos “Mi lucha” de Adolfo Hitler.

Engles trabajaba con literatura alemanda y decide dar a Henirich Böll, un pacifista, Nobel de Literatura 1972, y al día siguiente la llama, a una oficina, una persona que trabajaba con Priebke, y le dice directamente: “No queremos que se habla de Böll acá, porque es un comunista”.

Küper cuenta que un día se enfermo un profesor y para ocupar las dos horas decidió pasar una película alemanda que les proveía el Goethe, y era crítica del nazismo: “La hora de Alemania”. Al otro día tres integrantes de la Asociación llegaron a su oficina a interrogarlo: “¿Por qué pasó esa película?”, preguntaban. Sucedía que “su padre –cuanta Echeverría– fue un jerarca nazi y huyó de Polonia, a Tucuman, en 1948. Él luego toma contacto con un ‘comisario político’ de Bariloche que elegía docentes y lo eligen por ser hijo de un nazi”. Su testimonio visibiliza la formación que esa Asociación, quería para a sus estudiantes.

El relato demuestra que en ese entorno educativo, las autoridades estaban todo el tiempo atentos a la “bajada de línea” de cualquiera de los profesores. Incluso en el área de castellano, en los años 1980 y 1990, en la currícula argentina, cuando un profesor les propone a los alumnos hablar de “desaparecidos” y de los crímenes de la dictadura, no pasó mucho tiempo hasta que lo dejaron cesante porque “no daba el perfil de este colegio”, recuerda Echeverría.

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