A cinco días de las elecciones Horacio Rodríguez Larreta declara en un programa de televisión que habría que eliminar las indemnizaciones por despido. ¿Tiro en el pie? Si lo hubiera dicho Alberto claramente lo sería, pero en boca del jefe de gobierno porteño suena más a promesa de campaña. El domingo se verá cómo le va a su fuerza política, pero la sola enunciación de la propuesta expresa un cambio de paradigma comunicacional que es congruente con un cambio cultural en parte de la sociedad.

La derecha dejó de sentir vergüenza de ser lo que es. Mucho de aquello que antes se ocultaba discursivamente porque era «pianta votos» hoy se expone sin rubor.  Pero no se trata de un sincericidio irreflexivo sino de la exposición naturalizada de una serie de ideas, prejuicios y miedos que esa misma derecha -a través de los medios dominantes- fue inoculando en mucha gente durante mucho tiempo.

Esto ciclo funciona más o menos así: con su política de privatizaciones, desindustrialización y especulación financiera, el modelo económico neoliberal excluye desde el vamos a un sector de la sociedad. Pero para seguir su proceso excluyente necesita generar chivos expiatorios que desvíen la mirada del verdadero origen de esa exclusión. A la clase media en problemas le dice que la culpa de sus males la tiene ese otro sector ya marginado anteriormente, al volverse dependiente de la ayuda del Estado. Y a los que se quedaron fuera del sistema (cuentapropistas, empleados en negro, emprendedores pobres) les explica que la culpa la tienen los que todavía están adentro: trabajadores registrados, sindicalizados, que oprimen de tal modo al sector empresarial que le impide hacerlos entrar a ellos.

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El plan del neoliberalismo (materializado en este momento a través del macrismo) consiste en generar en cada sector social la idea de que hay un «otro» privilegiado. Por eso cada recorte o limitación de derechos sugerido para castigar a estos «privilegiados» es presentado como un plan «al servicio de la gente».

El modelo instaurado en 1976 y continuado a través de Menem, De la Rúa y Macri provocó que hoy haya cada vez menos trabajadores en blanco. Una vez reducidos a una minoría relativa, estos trabajadores registrados se convierten -para el discurso neoliberal- en «privilegiados» que obstruyen la inclusión de los marginados en el mercado laboral. Los marginados que ellos mismos generaron.

La derecha en este caso dice «la verdad» sobre lo que va a hacer porque antes construyó un sentido común basado en una mentira. O en varias: inculcó visiones distorsionadas sobre lo que es el «poder» y la «debilidad» en las relaciones sociales. Hizo que una parte de la gente, perjudicada objetivamente por sus políticas, no se sienta jamás amenazada por quienes las diseñaron y solo espere del Estado que la proteja de los «otros» (a veces sus mismos pares, en otras ocasiones algún colectivo más débil), investidos, en sus fantasías inducidas, de un poder extraordinario.

La buena noticia es que la batalla cultural no ha concluído. Más de la mitad de la población, según las últimas elecciones, sigue confiando en que 1 + 1 es 2. Pero en este esquema comunicacional la verdad tiene margen de error y la falacia se empodera. La derecha no se pega tiros en el pie. Induce a otros a hacerlo.

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