Por el Arq. Lucio Plorutti Dormal – Linterna Urbana
Colegio de Arquitectos de Chascomús

En un desolado lugar hacia el sur de esta nación árabe, donde una vez los romanos erigieron su capital de Batanaea sobre la fértil pradera de Nuqra. Ahí,  hace casi dos mil años, se ubicaba un importante poste de guardia para las caravanas que se dirigían hacia el norte, hacia Europa; y viceversa. Su pasado romano remonta a Scaurus, un general de Pompei; pero existe en su germen una fuerte influencia Nabeteana. Sin embargo los romanos y su increíble imperio dejaron de ser para que esta metrópolis antigua tuviera ocupación árabe que, con el paso del tiempo, se convirtió en ocupación musulmana desde la época Omeya en adelante, transformándose su magnífico teatro en una fortaleza imponente para aplacar los ataques de los cruzados. Durante la era Otomana también ocupó un lugar importante como centro administrativo y peaje de las caravanas que se dirigían a Petra, Arabia, el Mediterráneo, el Golfo Pérsico y Damasco. Hoy es una ciudad de ruinas ocupadas por Beduinos y comerciantes, quienes construyeron sus viviendas aprovechando las bases y piedras de la milenaria ciudad. Así, a pesar de ser el cementerio de una gran civilización, sus paredes siguen oyendo vida y amparando hogares. Sin duda esto alzaría un imperativo fuerte entre geólogos y restauradores, pero lo cierto es que nunca dejó de vivir; y si bien en ruinas, lo que una vez fue, un imperio; persiste su ocupación qué, durante miles de años, la volvió ecléctica y compleja, aunque sencilla y encantadora.

Sin duda el plato fuerte de esta antigua metrópolis es su anfiteatro, de gran capacidad, que sigue recibiendo a casi 15.000 espectadores para celebrar su inmensa vida y disfrutar de una acústica singular. Su forma en semicírculo debió concebir un gran desafío constructivo ya que no fue tallado en la montaña, como ocurre con los tradicionales teatros griegos y sus sucesores romanos; sino que fue erguido desde un terreno plano para alcanzar una imponente altura que domina las visuales lindantes. Y encima del escenario, una hermosa fachada en piedra volcánica y, lo que pareciera ser, basalto. Pero no se limita el encanto de Bosra (pronunciado Büsra por los árabes) a su hermoso anfiteatro, pues los restos del cardo y el decamano exhiben escultóricas reminiscencias de una civilización que cuando no estaba conquistando territorios, construía la grandeza de un imperio que hasta hoy no deja de asombrarnos, pues las legiones no solo eran ejércitos implacables y temibles, sino también excelentes empresas constructoras (citando a un gran profesor mío de arquitectura y urbanismo, quien afirmaba que era esta la única manera de mantener a los soldados ocupados cuando no había con quien luchar). El resto del tetra-pilón, de inmensas columnas de orden compuesto (similar al corintio griego) en piedra volcánica, las impactantes obras de ingeniería hidráulica, como un reservorio y los túneles subterráneos de desagües, y los clásicos arcos de triunfo que simbolizaban accesos importantes dejan entrever lo que fue una ciudad no solo estratégica para los romanos, sino también “bella”. Encima el día, que al partir de Damasco semejaba una tétrica epopeya londinense, se despejó para dejar que el sol espíe entre las nubes cincelándonos la piedra con luz y sombra para dedicarnos exquisitos escenarios sin igual. Todo un manjar para los ojos.
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