A cuarenta y cinco años del golpe que instaló la dictadura más sangrienta y devastadora de la historia argentina, el “Nunca Más” sigue en jaque – en todos los planos – frente a un poder económico y mediático surgido de aquella dictadura, que sigue imponiendo su discurso en vastos sectores de la sociedad.

La conmemoración –con la inalienable exigencia de Memoria, Verdad y Justicia- de los cuarenta y cinco años del golpe cívico-militar-judicial y eclesiástico que perpetró un genocidio para aplicar en la Argentina un plan económico que tenía como condición necesaria la exclusión social de una gran parte de su población encuentra hoy a los argentinos frente a una cruel paradoja que amenaza con socavar los cimientos mismos del “Nunca más”.

Lo que está en juego es mucho más que una consigna. Se trata de volver al pasado o de resistir para continuar construyendo el futuro. Todo esto en tiempos de una pandemia que las generaciones vivas nunca habían visto.

En un contexto internacional donde el capitalismo financiero concentrado hace y deshace por encima de los países, la Argentina derrotó mediante el voto popular a un gobierno, el de Cambiemos encabezado por Mauricio Macri, que fue el más parecido a la dictadura desde la recuperación de la democracia.

Los cuatro años de macrismo fueron una vuelta al pasado cuyas consecuencias condicionan inevitablemente al gobierno de Alberto Fernández, no solo en el plano económico sino en territorios mucho más sutiles, como el de las supuestas barreras de “lo posible” y “lo imposible” que lo encorsetan pero a las cuales tampoco parece muy dispuesto a enfrentar.

Economía de exclusión

El 24 de marzo de 1976, los sectores más concentrados de la economía utilizaron a los militares para terminar con todo atisbo de resistencia al modelo económico que había comenzado a implementar, con tremendas consecuencias sociales, el gobierno de Isabel Perón de la mano de su ministro de Economía, Celestino Rodrigo.

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Ya en el poder, la dictadura lo profundizó hasta alcanzar un endeudamiento externo inédito hasta entonces y la destrucción casi total del aparato productivo nacional. A un año del golpe, en su Carta Abierta a la Junta Militar, Rodolfo Walsh describía las consecuencias de ese proceso: “En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar (…) Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9% prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial.”

Cuarenta y cinco años más tarde, aquel neoliberalismo primigenio se ha desarrollado hasta la metástasis y el capitalismo financiero internacional impone, por distintos medios, sus reglas a nivel global.

En la Argentina lo logró en 2015 por la vía electoral, instalando a Mauricio Macri en la Casa Rosada luego de una hábil estrategia de desgaste del gobierno anterior cuyos dos principales arietes fueron los medios hegemónicos y el Poder Judicial.

Poco más de cinco años después, los resultados están a la vista: un endeudamiento externo impagable articulado con una fuga de capitales nunca vista en la historia argentina y – quizás – en el mundo entero. Aumento de la desocupación, niveles casi extremos de pobreza e indigencia, un aparato productivo en terapia intensiva y siguen las firmas.

Marginación y criminalización

En el plano de la exclusión social y la criminalización de la protesta, durante los cuatro años de macrismo, el “Nunca más” que la sociedad argentina había tomado como premisa al terminar la dictadura perdió terreno día tras día frente al “otra vez”. La desaparición – seguida de muerte – de Santiago Maldonado, el brutal asesinato de Rafael Nahuel, la instalación de la llamada “Doctrina Chocobar” como política de gobierno, son trágicos hitos de un plan estratégico.

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Solidariamente con esta política de exclusión y criminalización se desplegó una estrategia discursiva negacionista del genocidio que cuestionó el número de desaparecidos por la dictadura, instaló la versión del “curro de los derechos humanos” y buscó devaluar lo logrado en ese terreno durante cuatro décadas de lucha de los organismos.

Fue el retorno del discurso dictatorial, que volvió a prender en importantes sectores de la sociedad, incluso dentro de no pocos representantes de una corporación política posdictatorial cuyos partidos – el radicalismo y el peronismo – señalaban como ya superado.

Blindaje mediático dictatorial

Para sostener su programa económico y ocultar el plan sistemático de aniquilamiento de la disidencia político y social que necesitaba para aplicarlo, la dictadura implementó también una fuerte política de medios de comunicación, con la que buscó imponer un discurso (des) informativo único. Para ello contó no sólo con todo el aparato comunicacional del Estado –les medios públicos y las radios y los canales de televisión intervenidos-, sino también con el apoyo al principio incondicional de los medios privados más poderosos de la Argentina. Mediante el despojo al Grupo Graiver de las acciones de Papel Prensa para entregarlas a los dueños de Clarín, La Nación y La Razón, los dictadores construyeron una sociedad de conveniencia que les garantizó su complicidad.

Otros medios no fueron cómplices, pero tampoco se pusieron en la vereda de la oposición. Las amenazas, las desapariciones de trabajadores de prensa y los manejos con la pauta oficial fueron argumentos más que suficientes para callar total o parcialmente sus voces. En los primeros años de la dictadura, sólo The Buenos Aires Herald y La Prensa se atrevieron a publicar información sobre la desaparición de personas y sufrieron duras represalias.

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La resistencia informativa sólo podía desarrollarse desde la clandestinidad. En ese sentido, la agencia Ancla, creada por Rodolfo Walsh, fue un verdadero ejemplo.

Vivitos y coleando

Cuarenta y cinco años después del golpe, la batalla por la información parece librarse en un escenario de medios bastante parecido, donde el poder mediático concentrado que nació durante la dictadura juega un papel central en la estrategia de condicionar – y limar – al gobierno del Frente de Todos.

En este sentido, la desarticulación de la Ley de Medios perpetrada por el macrismo destruyó los tibios intentos de los gobiernos kirchneristas por democratizar la comunicación, abriendo espacios para una diversidad de voces que pudiera hacer frente al discurso único de la concentración mediática.

Una situación que el gobierno de Alberto Fernández no quiere o no puede resolver. Que el presidente se queje del papel que juegan los medios concentrados pero se haya negado desde un principio a recuperar una Ley de Medios mejorada resultaría cómico si no fuera devastador.

También en el plano de la información, el “Nunca más” al discurso único está fuertemente jaqueado por un “otra vez” que en realidad nunca dejó de estar, aunque en ocasiones fuera menos evidente.

Este 24 de marzo de 2021, a cuarenta y cinco años del golpe que instaló la dictadura cívico-empresaria-eclesiástica y militar más sangrienta y devastadora de la historia argentina, el “Nunca Más” sigue en jaque – en todos los planos – frente a un poder económico y mediático surgido de aquella dictadura cuyas fuerzas están casi intactas y que sigue imponiendo su discurso en vastos sectores de la sociedad.

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