Una representación de Pieter Brueghel El Viejo de la Torre de Babel, considerada el inicio de las diferentes lenguas.

Una representación de Pieter Brueghel El Viejo de la Torre de Babel, considerada el inicio de las diferentes lenguas.

Traductores y escritores al mismo tiempo, Inés Garland, Ariel Dilon y Cecilia Pavón coinciden en que la cocina de su escritura se fortalece con las herramientas de la traducción, tema que será uno de los ejes centrales del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) que arranca mañana con una agenda que ofrecerá varias actividades en torno a las múltiples formas de pensar la migración entre lenguas y también de lenguajes.

«Una lengua invita a su casa a un texto en otra lengua», sostiene desde el comienzo Inés Garland, autora de «Con la espada de mi boca» y «Una reina perfecta», y a su vez traductora de las escritoras Mavis Gallant, Lorrie Moore, Sharon Olds y Lydia Davis. Y agrega: «El traductor es escritor en la medida en que logra la confabulación entre las palabras para que el texto original esté cómodo en la casa de la lengua extranjera».

La mendocina Cecilia Pavón, autora de «La libertad de los bares» y «Todos los cuadros que tiré», es traductora del alemán y el inglés, y se ha encargado de trasladar al español textos de Lorrie Moore, Diedrich Diederichsen, Nora Bossong, Chris Kraus y Dorothea Lasky. Para ella, la traducción no es una reescritura y prefiere plantearla con una metáfora de la música: «El original sería la partitura y el traductor interpreta con su ‘instrumento’ lo que ve escrito en el pentagrama», señala a Télam.

Y aclara: «Como en la música, cada interpretación es diferente y única a su manera, pero no me gusta hablar de reescritura que es una palabra que se usa mucho, si creyera en la reescritura no creería en la traducción y no me dedicaría a la traducción».
A esta opinión se suma también Garland. «No, no es una reescritura porque la deriva que eligió el lenguaje ya está fijada por el autor original, se podrán hacer cambios, pero solo porque son necesarios en la confabulación», explica con certezas.

Inés Garland.

Inés Garland.

Hay críticos que sostienen que si bien los clásicos no envejecen (es la esencia de un clásico), sí lo hacen en cambio las traducciones y que cada generación necesita un nuevo traductor para la obra. «¿A quién le pasa el tiempo: al libro o al lector?», se pregunta al respecto Ariel Dilon , autor de «El inventor de dioses y otros apócrifos chinos» y la novela «Hemisferio noche» -que se publicará el año que viene- y traductor de casi cien libros de ficción, poesía y teatro de creadores como Antonin Artaud, William Burroughs, Patricia Highsmith, Alfred Jarry y de pensadores como Pierre Bourdieu, Jacques Derrida, Michel Foucault y Jacques Lacan. «Una gran traducción no tendría por qué envejecer más que el gran libro del que deriva. Tampoco necesariamente menos: la suerte de ambos no está atada de una manera lineal», apunta.

Garland asegura que no le ha tocado sentir que «un buen texto envejece» Lo escuchó decir muchas veces, pero no lo experimentó: «Si me tocara traducir un texto que se considera viejo, creo que estaría en problemas», sostiene la traductora. Pavón, por el contrario, piensa que sí envejecen «completamente» y retoma a la metáfora de la interpretación que usó antes: «las traducciones están marcadas por la cultura de llegada y esto incluye la época».

«La necesidad o el deseo de re-traducción no necesitan ampararse únicamente en un presunto envejecimiento de las versiones predecesoras», mantiene Dilon, quien piensa que tales puedan ser, desde luego, las razones del mercado. «También hay otras razones» sostiene. Y agrega: «pensar que puedo hacerlo mejor; pensar que puedo hacerlo de otro modo; pensar que puedo hacerlo para mi época o para mi territorio lingüísticos, para mi estado de la lengua, a la luz de otra sensibilidad o de acuerdo con una interpretación distinta,» se explaya.

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«Me gusta pensar que lo que busco es un terreno común, como un río subterráneo», sostiene Garland, quien no adhiere al tópico del «traductor como traidor». La traductora aclara que John Berger advierte que «las palabras, los términos, pueden ser separados de la criatura de su lenguaje y usados como meras etiquetas. Se vuelven entonces inertes y vacías», cita textual al escritor y crítico de arte británico.

Ariel Dilon.

Ariel Dilon.

La autora de «Una vida más verdadera» tiene la premisa de que «hay que cuidarse especialmente de los lugares comunes, «de traducir con la primera palabra que nos viene a la mente» y explica: «Los sinónimos no existen en la medida en que creamos que una palabra es igual a su sinónimo, las palabras tienen matices, temperatura».

«El gran trabajo es descubrir la temperatura de las palabras en el texto original para después llevarla al texto traducido. Esto es intuitivo y minucioso a la vez. Hay que amar mucho para hacerlo, para no hacer concesiones apresuradas. El asunto es, como en toda relación, cuándo ceder y cuándo insistir. Cuando no hay amor podemos ser demasiado rígidos o abandonar antes de tiempo, pero si la intención es realmente ser los mejores anfitriones, los frutos de ese esfuerzo son de una fertilidad que crece con cada traducción que hacemos. Tal vez el aura se transforme, pero no debería ser ajena, debería estar ligada por ese río subterráneo que mencioné», asegura.

Para Pavón, el buen traductor es el que puede conservar de alguna forma «ese aura, o espíritu, o como se llame, lo que vuelve a un texto una obra de arte que no son meramente las palabras».

Y Dilon aporta que tanto Borges como Cortázar no solo tradujeron en el sentido literal, profesional del término –como lo hicieron, respectivamente, con Faulkner o con Yourcenar, con Henri Michaux o con Poe–, «sino que también ‘trasladaron’, en tanto que escritores, tradiciones literarias y filosóficas enteras desde un ámbito histórico-lingüístico a otro: hermosas traiciones que requieren profunda lealtad, una lealtad antropófaga, como siempre que se funda una nueva tradición. Si entre autores el plagio es robo, entre culturas el contrabando es ley».

La recientemente fallecida Mirta Rosenberg, poeta y traductora – quien hizo traducciones entre tantas otras de la poesía de la flamante Nobel de Literatura Louise Glück) le dijo a Pavón que «el mejor taller de escritura es la traducción». La autora de «Todos los cuadros que tiré», quien por entonces estaba empezando a traducir se tomó muy en serio esa frase y con los años, confiesa que se dio cuenta de que su colega tenía razón.

«Traducir es la mejor forma de leer, es la forma de conocer a un autor como desde dentro de su mente o algo así y en ese sentido, depende de qué se traduzca, es una gran escuela», subraya.

«Creo que pocas cosas pueden enseñarle más a un escritor, pocas pueden llenar su caja de herramientas a rebalsar de recursos, de intuiciones, de procedimientos y de atajos; pocas pueden impregnar su memoria sensible y darle una mayor plasticidad retórica; pocas pueden afinar su instrumento y preparar sus dedos y su oído para las escalas, los arpegios, los tempos y silencios expresivos; pocas pueden cambiarlo, arrasarlo, inspirarlo y constituirlo en tanto que autor, como el ejercicio sostenido y diverso de la traducción», enfatiza Dilon.

«No es garantía de talento, pero una lengua bien elongada, una imaginación bien informada, un tono bien temperado, por esa gimnasia a la vez improbable y gozosa que es la traducción, sin duda deberían ayudar», acota.

Lo mismo piensa Garland,  para quien este oficio «la sumerge en la lengua de una manera que amplía y profundiza la lectura y el conocimiento de las maneras de decir».

«También implica -agrega- una convivencia con lo pre-verbal, en mi caso, con la incertidumbre de no saber cómo resolver algo que entiendo perfectamente en otra lengua pero no sé cómo decir en la mía. Ese momento es muy parecido al de escribir y la tolerancia a esa incertidumbre y a esa búsqueda se entrena y se fortalece con el ejercicio de traducción. Ya se ha dicho, todo es traducción. Las palabras son materia. Traducir también enseña a materializar», concluye.

Pensando en la variedad de las lenguas en términos del mito que usó el prestigioso crítico George Steiner como título de su obra «Después de Babel», se ha hecho indispensable la tarea del pasaje de una lengua a otra para poder transmitir una idea, un concepto, ciertas historias y volúmenes completos de pensadores y escritores. Muchos lectores de una sola lengua conforman toda su «enciclopedia» mental con traducciones. También se hace indispensable pensar alrededor de la traducción.

Un ejemplo de error literario aparece nada más ni nada menos que en el meticuloso escritor argentino Jorge Luis Borges, en el cuento «La Biblioteca de Babel». Allí, el narrador describe el infinito de la biblioteca y dice que «una de las caras libres» del hexágono da a un pasillo, cuando en realidad deberían ser dos caras que den a dos pasillos para que se genere un flujo continuo de sala a sala.

Los distintos traductores mantuvieron el error del autor de «Ficciones», excepto una edición francesa que se animó a corregir al cuentista argentino: «Chacun des pans libres…» (cada uno de los lados libres).

Otro ejemplo, pero a la inversa, es el final cambiado de «Neighbors» («Vecinos») el famoso cuento de Raymond Carver. En la versión original los vecinos cuidadores de una casa se olvidan la llave adentro y cuando tratan de abrir la puerta esta trabada. Sin embargo, en la traducción de Anagrama dice: «Estaba cerrado con llave» lo cual cambia todo el sentido y desconcierta al lector que intenta detectar algún componente fantástico u otra profundidad psicológica como explicación de lo que les sucede a esas personas con la casa del vecino.

Deshilvanando prolijamente el tejido de la escritura, el traductor puede encontrarse en el texto con algún error (o cometerlo), pero no le ha sucedido a Inés Garland, quien señala que tradujo a escritores «demasiado buenos» como para arrogarse el derecho de corregirlos y trata de mantener hasta combinaciones que considera equivocadas.

«Trato de no ordenar una frase desordenada si me doy cuenta de que en la lengua original se podría haber ordenado. Me gusta la incomodidad de lo que no se diría exactamente así en mi lengua materna. Se descubren maneras de mirar el mundo cuando se mira a través de los ojos de traducir, porque no solo el escritor tiene la mirada diferente, ya sea afín o disonante, también la lengua tiene una mirada diferente del mundo», sostiene en diálogo con Télam.

La escritora y traductora Cecilia Pavón no tuvo la experiencia de corregir, pero aclara «Hablando de obras literarias, quizás es posible corregir ciertas desprolijidades o ambigüedades, pero no creo que eso mejore el original».

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Ariel Dilon, se detiene y se hace varias preguntas: «¿puede una traducción mejorar el original? Sospecho que antes cabe preguntarse:’¿debe una traducción mejorar el original?’. Y creo que la respuesta es ‘no, no debe’. Pero, en caso de que debiera, ¿con qué criterio discernir lo que sería mejorar? ¿Cómo juzgar, por ejemplo, si Borges mejoró o empeoró ‘Bartleby, the Scrivener’,? ¿Mejor para quién, para el original de Melville o para la traducción de Borges? Mejorar puede a veces ser un modo de empeorar, cuando lo específico de un texto se juega en su heterodoxia», aclara.

Garland agrega que sus traductores le han marcado errores que luego ella corrigió, «errores pequeños, de distracción, desfasajes en el tiempo o incongruencias que se me escaparon», especifica. «Un texto no es nunca perfecto y los errores en un escritor también dicen. A mí me gusta mantenerlos salvo que, como mis traductores, descubra que son distracciones o incongruencias. Tomo decisiones, pero no las llamaría correcciones», analiza.

Para Dilon no hay una autoridad que detente «la ubicua jurisdicción necesaria para dictaminar de qué lado del ‘bien’ estamos». Igual que sumar uvas con sandías (o pedirle peras al olmo), comparar el texto de origen con el texto de destino solo es posible en términos relativos».

Desde el punto de vista del original, el traducido «es ‘siempre peor’, puesto que es otro». Y cita al teórico Antoine Berman, quien contabilizó los modos de «deformación» por los que la traducción «destruye» su fuente: son numerosos y, en buena medida, inevitables.

«Para decirlo en un lenguaje menos catastrófico -marca Dilon- si una traducción fuera juzgada en términos de imitación, tal como la ejercen muchos actores, sería sin duda un producto fallido: un imitador que ni siquiera habla la lengua de su modelo, ¡dónde se ha visto! He allí tal vez el parentesco entre parodia y traducción: en ‘El gran dictador’ Chaplin ‘traduce’ el discurso de odio de Hitler en la glosolalia de su personaje, Adenoid Hinkel. La imitación produce risa; la traducción aspira en cambio a encender una trama de efectos compatible con la que suscita el original…»

«El único traductor cien por ciento fiel, el único triunfante, que sin duda no mejora ni empeora el texto fuente, es ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, la obra que pergeñó Borges, seguramente desvelado por preguntas análogas a las nuestras -sostiene el traductor y autor- Los demás traductores, los de carne y hueso, debemos asumir las infinitas formas de la pérdida, siempre guiados por el deseo utópico de conservarlo absolutamente todo, y por la deontología resultante.

«Queda dicho: la traducción es una de las formas de la reescritura, como por otra parte también lo es la lectura», sigue Dilon en su línea de pensamiento. «Todo lector se apropia impunemente del texto que lee y lo recrea, lo crea a nuevo, pero paga por esa apropiación con su propia identidad: soy otro porque he leído», dice.

«Más allá de la problemática del etnocentrismo, toda lectura y todatraducción nos colocan en la doble posición de conquistadores y conquistados: como dos países que se invadieran mutuamente o dos brujas que se hechizaran una a la otra, o dos enamorados que al imantarse se destruyen. Ningún libro existe sino en el espacio de la consciencia de su lector, y no hay dos lectores iguales: jamás dos personas leyeron un mismo Quijote; jamás una persona leyó dos veces el mismo Fausto», concluye Dilon.
 

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