Magnus vivió y estudió en Alemania, entre los años 1999 y 2005.

Magnus vivió y estudió en Alemania, entre los años 1999 y 2005.

En su nueva novela, «El desafortunado», el escritor Ariel Magnus ficcionaliza los diez años en los que Adolf Eichmann permaneció en Argentina a través de un planteo que le permite articular una mirada asombrada sobre distintos aspectos de la argentinidad y narrar la relación que el jerarca nazi mantuvo con distintas figuras de la sociedad y de la política de nuestro país.

La novela, recientemente publicada por Seix Barral, está narrada en tercera persona omnisciente pero muy pegada a la cabeza de Ricardo Klement, la identidad que tuvo en Argentina el genocida alemán. La historia comienza con las florerías vacías por la muerte de Eva Perón, lo que sorprende al nazi que no puede comprarle flores a Vera, su mujer, quien llega al país junto a sus hijos para vivir los últimos ocho años de clandestinidad de su esposo.

Nacido en 1975 en Buenos Aires y proveniente de una de familia judía víctima del nazismo, Magnus recrea la ciudad en los años 50 desde la perspectiva del fugitivo, quien se siente víctima de una persecución de venganza que empezaron los judíos, que según la mirada del jerarca nazi, con su habilidad para los negocios, se aprovecharon del pueblo alemán y le declararon la guerra al pueblo alemán.

Un judío ciego y su hija serán una permanente amenaza para el personaje y su familia. El truco («un juego de la mentira»), el fútbol («una sola pelota para que todos se la disputen»), las parrillas y las villas miserias son partes de una argentinidad que el protagonista de la novela de Magnus -autor de «Un chino en bicicleta», «Muñecas» y «La abuela»- mira desde la otredad.

– Télam: ¿Aparte de las fuentes que figuran al final cómo recreás el pensamiento de Eichmann?

– Ariel Magnus: Los hechos documentados me sirvieron de marco para la acción y los escritos de Eichmann me sirvieron como marco interno. Porque también lo que imagino, que es todo lo que atañe a su vida privada, de la que no sabemos casi nada, se basa en sus propio escritos y testimonios orales y de sus hijos, ya sea como cita textual oculta o a modo de proyección. Por eso el que no conoce la historia de Eichmann sale conociéndola y el que ya la conoce la revive desde una interpretación completamente distinta. El relato heroico de la Mossad se transforma en la historia trágica del secuestrado.

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– T: ¿En qué pensás que está limitado el narrador en tercera persona cercano al pensamiento de Eichmann?

– AM.: Las limitaciones de este narrador son las que necesitaba la novela: no saber mucho más que lo que ve su protagonista, para no caer en la tentación de contar el futuro o lo que ya se conoce por otro tipo de libros sobre el tema. Era indispensable diferenciarse de los libros de no ficción y para eso necesitaba un abordaje intimista. Ese es el aporte de la ficción a un tema ya bastante tratado por otros géneros.

– T.: ¿Por eso es necesaria la aclaración del epílogo?

– AM.: La novela termina técnicamente en primera persona. Es el proceso de mimetización que espero haga también el lector, aún cuando resulte imposible empatizar con un personaje como Eichmann. Y el epílogo, como bien sugerís, era necesario para limpiar el libro de esa presencia nefasta. Pero también sirve para traer lo narrado al presente y aclarar un poco quién es el autor que se puso en la piel del monstruo.

– T.: ¿El libro alimenta un mito del antiperonismo, comparando al peronismo con un nazismo pero coyuntural y sin mística?

– AM.: Creo que justamente no. Al poner a un nazi a explicar por qué Perón no es nazi queda en evidencia que no lo era. ¿Quién más autorizado para decirlo?

– T.: ¿Cómo se lee desde su perpectiva la realidad argentina de la época?

– AM.: Con el peronismo lo interesante es que lo vemos desde los ojos de un nazi. Ahí ya cambia radicalmente lo que se diga sobre él. Hay una escena en la que aparece Perón junto a Eichmann y otro nazi (por cierto un personaje nefasto que también se refugió en nuestro país) y estos dos se burlan del presidente sonriente. Porque desde la perspectiva de un nazi «idealista», como se definía Eichmann, Perón debía ser un mero convenido. Un hombre que había legalizado a tantos judíos no podía ser un nazi y por lo tanto era un gobernante despreciable. Lo mismo ocurre con las otras comparaciones que va haciendo Eichmann de la realidad argentina de aquel momento: todo está distorsionado por el punto de vista, y a la vez nos permite pensarlo otra vez, fuera del cliché.

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– T.: ¿En tu novela el peronismo es el que genera la violencia?

– AM.: Es siempre solo la mirada del narrador, naturalmente. Mi trabajo fue leerme todo lo que dijo o escribió Eichmann (mucho de lo cual no está traducido) y todo lo relevante que se escribió sobre él, para así meterme en su cabeza y ver el mundo desde sus ojos, con el objetivo de entender tanta necedad desde adentro. La explicación específica sobre la violencia peronista en el gobierno de Frondizi creo que está sacada de Der Weg, una revista increíblemente nazi que se editaba en mi barrio, Florida.

– T.: ¿Cómo pensás nuestras costumbres vistas y explicadas por un extranjero?

– AM.: Mirar nuestras costumbres desde ojos extranjeros es de las cosas que más disfruto. Acá se agregó un segundo extrañamiento, que es el nazismo de esos ojos. Volver a mirar el truco o el fútbol o las parrillas en los jardines desde esta perspectiva no lo pienso como metáfora sino como lo que le da consistencia a un personaje y lo que hace interesante su mirada para el lector argentino. Es como si me hubiera ido de viaje al país de la mentalidad alemana (variedad nazi) y a la vuelta me hicieran la típica pregunta: ¿y, cómo nos ven desde allá?

T.: ¿Hay solo ficción en la escena de la sodomización con una zanahoria del jerarca nazi?

AM.: Es una escena de autocastigo gozoso, remate de un día complicado, luego de que el inconsciente lo asaltara en las playas de Olivos, transformándoles los bellos cuerpos de los bañistas en los horribles cuerpos que vio en una tumba común. Él decía ser sensible a esas imágenes y solo poder aplacarlas con alcohol, un momento «humano» que me interesaba retratar.

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T.: Hay un elogio del protagonista a las mujeres ¿Cómo se puede leer hoy con la lucha feminista?

AM.: Esa parte está sacada del libro «Gotzen», que Eichmann escribió en la cárcel en Israel, y del que también proviene el epígrafe del libro (del que a su vez sale el título). Me sorprendió y lo puse, aunque sea muy políticamente incorrecto, por ser políticamente correcto en un personaje nefasto. De ese pensamiento nace también en la novela su admiración por Evita, por ejemplo, porque mi trabajo fue precisamente traducir sus conceptos a la realidad cotidiana que vivió en nuestro país, del que escribió muy poco. Pero no lo relacionaría para nada con la lucha feminista. Creo que la idea de que los hombres han hecho todo mal y entonces mejor dejarles el gobierno del mundo a las mujeres nace en el caso de este criminal de su profundo resentimiento y es meramente una estrategia para quitarse culpas: no fui yo, está diciendo, sino la mala suerte de haber nacido hombre. Siempre el desafortunado es él.

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