El edificio construido por un emporesario piamontés que pudo ser la tumba de Dante.

El edificio construido por un emporesario piamontés que pudo ser la tumba de Dante.

El punto más alto de la pasión argentina por la figura del Dante Alighieri en la Argentina fue el proyecto de traer, durante la Primera Guerra Mundial, los restos del poeta florentino a Buenos Aires, una iniciativa que el realizador argentino Sebastián Schindler retrata en su documental «El rascacielos latino».

Schindler (director de «Crímenes de familia» y «El hijo») cuenta a Télam que para su película investigó todas las relaciones y teorías que hay acerca del Palacio Barolo y la posibilidad de que sea un Danteum, es decir, un homenaje al Dante y, en especial, a su obra la «Divina comedia».

«Investigando esto aparece la fuerte teoría -dice el director- de que aparentemente habría sido construido el edificio para ocultar las cenizas o ciertos restos mortales de Dante que sabemos yacen en Rávena pero que tuvieron un periplo muy complejo a lo largo de muchos siglos desde su muerte».

Schindler se refiere a la disputa entre Florencia y Rávena por los restos del poeta. En 1302, Dante, fue condenado al exilio, al igual que otros seiscientos güelfos blancos, por sus luchas contra los güelfos negros que asumieron el poder de la ciudad apoyados por el papa Bonifacio VIII.

Trailer de «El rascacielos latino».

El «Sommo Poeta» (el «poeta supremo», como se lo conoce en Italia) llegó a Rávena en 1318. Murió en 1321 y fue sepultado en la iglesia de San Francisco de Asís.

Dos siglos después, el florentino Giovanni di Lorenzo de Medici, fue elegido papa y adoptó el nombre de León X. En 1519, el sumo pontífice autorizó la petición de la Academia Medicea de Florencia para repatriar los restos mortales de Dante. El propio Miguel Ángel Buonarroti había prometido edificar una sepultura digna del poeta. Pero cuando llegaron a Rávena y abrieron el sarcófago no encontraron nada. Los frailes franciscanos habían ocultado los huesos de Dante.

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En 1810, las fuerzas napoleónicas obligaron a los franciscanos abandonar el convento, pero los restos recién aparecieron en 1865 y fueron restituidos al mausoleo neoclásico que hoy conocemos como la tumba de Dante en Rávena.

La historia oral (la leyenda, para otros) y una serie de indicios en los que se detiene Schindler en su documental dan cuenta de que el empresario textil Luis Barolo (un multimillonario piamontés que arribó a la Argentina en 1890) teniendo conocimiento del desastre edilicio que estaba atravesando Italia durante la Primera Guerra Mundial, encargó el diseño y construcción de un Danteum al milanés Mario Palanti, un abierto admirador del Partido Nacional Fascista y sobre todo de la figura de Benito Mussolini, a quien le enviaría numerosos proyectos siendo todos estos rechazados por el Duce.

La idea de Barolo y Palanti no era solo que la arquitectura y la ornamentación del palacio estuviesen compuestas en clave con la obra del poeta florentino sino que la finalidad de dicha construcción era traer a un lugar seguro, lejos del apocalipsis europeo, los restos del célebre escritor.

El edificio sería el más alto de la ciudad (y lo fue hasta 1934) y se pensaba inaugurar en 1921 con motivo del aniversario número seiscientos de la muerte del Dante. Sin embargo, recién pudo inaugurarse en julio de 1923. Barolo no pudo ver su obra terminada: se suicidó un año antes. La leyenda dice que fue porque no pudo cumplir con su objetivo.

Con esta misma idea en 1938, el gobierno fascista de Benito Musolini, aprobó construir en Roma un Danteum propuesto por Rino Valdameri, presidente de la Società Dantesca Italiana y diseñado por el arquitecto modernista Giuseppe Terragni, pero nunca se llegó a levantar.

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Los restos de Dante, por ahora, siguen en Rávena, donde se registran unas cuatrocientos mil visitas al año. Más que una buena razón para mantenerlo en la eternidad del exilio.

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