Mavrakis apuesta a la sátira para recorrer las relaciones entre hombres y mujeres.

Mavrakis apuesta a la sátira para recorrer las relaciones entre hombres y mujeres.

En los relatos que integran «En guerra con la piel», Nicolás Mavrakis explora una zona de incomodidad e incorrección sobre cuestiones ligadas al feminismo, el odio al otro o la memoria de los años de la dictadura a través de la voz de los nietos recuperados, experiencias que giran hoy sobre distintas identidades, aunque la figura central es la de la víctima, «la gran heroína democrática de nuestra época, la que habilita a todos a reclamar por igual un lugar en el podio», dice el escritor en entrevista con Télam.

Desde la potencia hiperbólica de la sátira, el autor de «No alimenten al Troll» y «La utilidad del odio», acostumbrado a esquivar la condescendencia en sus picantes posteos en redes, plantea una serie de personajes y situaciones que dialogan con tensiones actuales, se rebelan frente a la impostura de la corrección política y cuestionan los buenos propósitos cuando se presentan como una verdad irrevocable que anula las diferencias.

Bajo la metáfora de distintas pieles o identidades que pretenden funcionar como escudo hacia el afuera pero se parecen más a una amenaza que a una defensa -en el mejor de los casos ofrecen una protección demasiado quebradiza-  Mavrakis presenta siete relatos donde distintas figuras masculinas expresan su incomodidad frente a una situación que los descoloca, desde el oscuro «hater» que se enamora de una chica que es pura corrección -un relato que expone al contrato conyugal como paradigma de dominación más que de conversión armoniosa- hasta el chico apropiado por la dictadura militar que luego se convierte en emblema de la lucha por los derechos humanos, una instancia que no acepta del todo y que en su caso expone «cómo la historia oprime a la memoria».

Ya adulto y convertido en una suerte de celebrity que le ha valido el Premio Nobel de la Paz por su rol simbólico de último nieto recuperado, el protagonista del relato «El cuerpo» confiesa haber descubierto su identidad biológica más por aburrimiento que por convicción y siente que su pasado no le pertenece. Y plantea «En cada momento del presente, ¿no somos lo que somos y lo que fuimos?». Luce tan descolocado en su rol como el personaje de «Namibia», un escritor en carrera ascendente hacia el éxito a quien le encomiendan gestionar los textos «póstumos» de un moribundo Gabriel García Márquez, otra sátira que alude a la fetichización en torno a la figura de escritor y a la mercantilización de un legado literario vampirizado por sus hábiles exégetas.

Como una prolongación de su ensayo «El sexo no es bueno» sobre el dislocamiento que generan los nuevos feminismos proyectados sobre tercas masculinidades, el libro recién publicado por Azul Francia ridiculiza y exagera la torpeza de algunos hombres para hacer pie en el signo de los tiempos. Así se expone el azoramiento de uno de ellos, «testigo por primera vez en que una mujer podía sacarse la ropa por voluntad propia y sin recibir ni regatear nada», el desprecio de otro que se refiere a una mujer como «una reliquia insoportable del feminismo», divorciada «después de haber arruinado a un pobre tipo».

Y finalmente la versión más brutal del narrador de «Eatle y Cilla», que se remite a ellas como «vaginas» o que cuenta que su salida con una chica fue diferente a otras porque «ella se había sentado en el asiento del acompañante, y no en el baúl, y había esperado que él le abriera y le cerrara la puerta en vez de gritar como las otras cuando las ataba al asiento» .

«Lo incómodo, tal vez, está ahí: en el gradual develamiento de que las personas que se atribuyen la representación exclusiva de «lo bueno» para señalar con sus acusaciones a «los malos» resultan ser, al menos nueve de cada diez veces, los peores y más perversos autoritarios», sostiene Mavrakis en entrevista con Télam a propósito de uno de los núcleos.

– Télam: Si hubiera que buscar algún elemento que le otorgue cohesión a los relatos que integran «En guerra con la piel» se podría decir que la mayoría explora una zona de incomodidad y tensión frente a cuestiones que van desde la memoria hasta el feminismo y los discursos del odio ¿Lo pensaste en estos términos?
– Nicolás Mavrakis: Creo que el barniz general que recubre estas historias es la sátira. Quiero decir, la idea de que no hay experiencias ni voces que, por trágicas o heroicas que se presenten, sean invulnerables a una segunda mirada crítica. En especial cuando se trata de experiencias y voces que, a veces a ciegas, caen en sus irremediables equívocos y se convierten en sus propias parodias. La sátira es una vieja forma de iluminar esos traspiés, ver de qué están hechos y entender cómo funcionan, y lo hace en una sintonía que no tiene nada que ver ni con el cinismo o el desprecio, al contrario. Al fin y al cabo, se trata de ir más allá de las separaciones demasiado claras e ingenuas entre el mal y el bien, entre el pasado y el futuro, entre lo que somos y lo que creemos ser.

Muchas de estas experiencias, voces y equívocos giran hoy sobre distintas identidades, distintas «pieles» reconocibles en distintas figuras típicas. Pero la más significativa y dominante, la figura central, la que subordina a todas las otras bajo su reino, es la figura de la víctima. La víctima es la gran heroína democrática de nuestra época, porque habilita a todos a reclamar por igual un lugar en el podio: se es víctima ante la masculinidad tóxica, ante el feminismo beligerante, ante la política populista o neoliberal, ante la manipulación algorítmica, ante la memoria y el olvido, ante el mercado, ante la contaminación, ante las vocales que marcan el género en el idioma español, ante la sobreexposición de las imágenes digitales, ante el odio, el sexo e incluso ante el amor. Ahora también se puede ser víctima de la angustia por la cuarentena, y hasta los ricos aprendieron a repetir que podrían ser víctimas de un impuesto a las grandes riquezas. Entonces, ¿por qué no iluminar desde la mirada satírica este insólito «mundo de víctimas»? Hasta tiene una red social exclusiva: Twitter.

– T: El relato «El cuerpo» vuelve sobre las dimensiones problemáticas de la memoria de los 70 en torno a un personaje que de niño fue reapropiado por los militares y luego restituido a su familia biológica.  ¿Qué distorsiones se producen cuando la memoria individual es acechada por una memoria colectiva que intenta torcer el curso de una identidad que ha sido moldeada por variables y circunstancias previas y acaso irreductibles?

– N.M.: En todo caso, ¿qué pasaría si el último nieto en la lista completa de chicos secuestrados durante el Proceso resultara ser, también, una repentina víctima existencial de su aburrimiento? Piro Calm, cuya vida se sostenía hasta ese instante sobre una espectacular estática de confusión y pereza, se hace una prueba genética y descubre que su verdadero nombre es Piro Ziz. Pero no solo eso: al ser el último nieto recuperado, su nueva identidad se transforma, además, en un símbolo universal de esperanza. Y le dan un Premio Nobel de la Paz. El problema es que Piro Ziz no está tan dispuesto a aceptar ese papel, aún si hay muy sensatas razones para hacerlo. Simplemente, no le interesa. El aburrimiento y la pereza lo llevan por azar a una verdad, sí, pero esa verdad le resulta demasiado demandante, implica demasiada responsabilidad, y entonces se abandona a los vaivenes de una red internacional de víctimas profesionales.

En el cuento eso está exagerado, desde ya, pero todos esos congresos, simposios, cursos, posgrados y validaciones respecto a cómo ser y tratar con la figura institucionalizada y fetichizada de la víctima existen, pueden encontrarse tranquilamente en Google, e incluso tienen cada vez más presencia en los distintos estamentos de la burocracia estatal y privada. No está mal, porque las víctimas realmente existen y es importante identificarlas y darles voz. Pero la trampa se activa cuando lo único que resulta vital para la víctima es, precisamente, nunca escapar, ni por un instante, de la identidad absoluta de víctima. Por los motivos más torpes, Piro Ziz no es capaz de conformarse con eso, y el significado de su vida y de los que están a su alrededor se distorsiona por completo. Y el azar, para colmo, empeora las cosas.

– T: Hay también en ese relato una mirada crítica sobre la gestión de la memoria, desde la mercantilización de sus espacios hasta los nombres pretenciosos de las agrupaciones de derechos y el adoctrinamento que recibe la comunidad de restituidos mientras permanecen en un espacio montado para afinar una mirada común sobre el pasado. ¿Creés que la memoria está sobrevalorada como recurso para evitar la repetición de un pasado terrible? 

-N.M.: El desafío es llevar los problemas de la figura de la víctima hacia las zonas realmente crueles de nuestra experiencia reciente. Piro Ziz muestra el conflicto entre una memoria individual débil e indolente y una memoria colectiva poderosa e institucionalizada, pero en un plano más general, también se trata de imaginar hasta qué punto lo que se funda sobre un gran (y noble) acierto puede convertirse, de repente, en un gran (y vergonzoso) error. Sin duda, el suyo es uno de esos casos donde la historia oprime a la memoria. A propósito de esto, Primo Levi cuenta al principio de «Si esto es un hombre» que la primera edición del libro (donde narra su paso por Auschwitz) fue prácticamente ignorada cuando se publicó en 1947. Tuvo que pasar más de una década para que empezara a leerse, justo después de publicar «La tregua», que es una continuación de «Si esto es un hombre» pero con distintos giros irónicos y hasta humorísticos.

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Es notable que estos equívocos sobre la experiencia y la identidad de la víctima estén en el origen mismo de la literatura sobre nada menos que los campos de concentración nazis, y creo que en cierta forma nos habilita a preguntarnos qué pasa si acercamos este otro enfoque a nuestras propias regiones tenebrosas. No me gusta la categoría «generacional», pero en el caso particular del Proceso y su narrativa, el episodio ya tiene cumplidos 44 años, una madurez más que suficiente como para dejar la pregunta sobre «por qué pasó lo que ya pasó» en manos de los escritores de una generación anterior (que, de paso, en muchos casos circundan una y otra vez el tema como si se tratara de la única opción para exportar algo de exotismo latinoamericano), y, en cambio, preguntarse con más atención al presente de mi generación algo nuevo acerca de «cómo funciona hoy eso que ya pasó».

– T: En varios relatos hay como una posición rudimentaria o «anacrónica» de los varones frente al deseo y al cuerpo de las mujeres ¿Se podría considerar como una actitud «desafiante» frente a la corrección y a la autocensura que trama hoy los discursos?

– N.M.: Sí, casi todos los personajes masculinos, en algún punto, intentan defenderse de lo que perciben como una «amenaza feminista», y lo hacen refugiándose en prejuicios, lenguajes y actitudes anacrónicas, torpes o brutalmente machistas. Y, por supuesto, al enfrentarse a una nueva realidad desde estas posiciones simplistas de hermetismo y negación, a estos hombres les va muy mal. A veces, simplemente, no tienen ni la menor idea de cómo acercarse a una mujer, y son ellas las que tienen que soportar sus torpezas y a veces intentar guiarlos con su inteligencia. Es un signo burlesco de la absoluta desorientación general que los hombres experimentan frente a la reconfiguración de lo que significa ser mujer.
De hecho, cualquier manifestación actual de machismo no es más que eso: una reacción desesperada, un estertor patético, la última retaguardia de algo inevitablemente extinguido. La pregunta consecuente es bajo qué nuevas formas masculinas seguirá su marcha el encuentro de los sexos, y cuánto tiempo le va a tomar formarse. Es inevitable que los nuevos modelos de identidad femenina demanden nuevos modelos de identidad masculina, y eso tampoco es fácil para unos ni otros. Mientras tanto, tiendo a desconfiar de quienes se proclaman «varones deconstruidos» tanto como de quienes se proclaman «meritócratas».

– T.: El narrador de «En guerra con la piel», un relato que se adivina autobiográfico, dice que la piel le enseñó muchas palabras gracias a su capacidad para volverlas visibles y tangibles y más adelante dice esa batalla contra una piel sensible lo puso en alerta frente a posibles amenazas, aumentó la suspicacia.  ¿Algunos de esos procedimientos como estar en vigilia frente al peligro o incluso pasar un período de ostracismo durante la adolescencia para eludir la mirada de los demás tuvieron alguna incidencia en tu relación con la escritura?

-N.M.: La paradoja de las afecciones de la piel, la verdadera piel, ese tejido que recubre nuestro cuerpo desde que nacemos hasta que nos morimos, es que no enseñan absolutamente nada. De hecho, en los círculos médicos, que por distintos motivos conozco bastante, la dermatología es una especialidad más despreciada que la traumatología. Un punto interesante es que, a pesar de eso, hay muchos libros sobre aquello social y cultural que, en teoría, atraviesa a las afecciones en la piel, y todos tienen un punto de llegada común: la piel es ese lugar donde emergen de manera inesperada nuestros conflictos inconscientes. Es una explicación muy cómoda y que podría traducirse así: si hay estrés, entonces hay padecimiento en la piel. Y, por supuesto, ¿cuándo no hay estrés? Claro que si uno la considera con calma, la pregunta por la piel se transforma en la pregunta sobre lo que nos afecta, y para entender qué nos afecta, tenemos que pensar en cuestiones como dónde estamos, qué nos pasa y qué queremos, lo cual incrementa el tenor de la interrogante hasta llegar a la pregunta clave: ¿quiénes somos? Suena aleccionador.

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Pero cuando la piel pica, arde, se inflama, se brota, supura o se infecta, esa voluntad de autoconocimiento metafísico se vuelve ridícula. No, mi piel no afectó mi relación con nada ni con nadie, excepto conmigo mismo, porque me mostró de la peor manera que convivo con algo indescifrable. También me lavo mucho las manos desde antes de que estuviera de moda, pero eso es todo. La guerra con la piel es interminable porque, en el mejor caso, el proceso de entenderse a uno mismo es, a la vez, interminable. El problema sería creer que uno sí puede conocerse por completo a sí mismo, y que por lo tanto puede dilucidar y resolver aquello que perturba su realidad para alcanzar una piel libre de los síntomas del estrés, una piel sin conflictos y en plena armonía con la vida. Desde ya, ese es el equívoco de la mala «literatura del yo», donde se confunde la imaginación con el narcisismo, y también el núcleo profundamente errado de la «crónica periodística», que confunde la mala literatura con el buen periodismo.

– T: En «Eatle» y «Cilla» se cruzan en un registro caústico algunas cuestiones que trazan el signo de los tiempos: un hater que no discrimina como centro de su intolerancia a judíos, gays o gitanos,  que comete todo tipo de atracos violentos y sexuales, pero que se redime en su relación con una chica de raza negra y familia inmigrante,  con la que vivirá una estrambótica transformación ¿La ironía y cierta asepsia emotiva respecto a lo que narra permiten explorar zonas menos transitadas y más interesantes porque juegan con la incomodidad del lector?

– N.M.: Cilla es «el estado del arte» del pensamiento liberal progresista, en el mejor sentido que se le pueda dar a ese pensamiento. Es una mujer joven y atenta a su cuerpo, orgullosa de su raza, a la altura de lo que su feminidad reivindica y que no claudica sus deseos sexuales ni pierde de vista su voluntad de crecimiento intelectual y económico. La perfecta «chica nice», autosuficiente y ambiciosa. Pero se enamora de Eatle, que es poco más que un criminal bruto y salvaje, sin capacidad para «empatizar» con nadie. No estoy seguro de que Eatle se redima al convertirse en el último proyecto humanitario de Cilla. Diría, incluso, que es ella la que busca en él algo que la devuelva de algún modo a la realidad de los conflictos mundanos. Como fuera, pronto los une el milenario equívoco del amor. Esa relación sí es una sátira sobre los dilemas de la «corrección política», empezando por el hecho de que Eatle pronto descubre que el honorable modelo conyugal que le ofrece Cilla es un perverso mecanismo de aniquilamiento de todo lo que está vivo en su espíritu, aún si eso a través de lo que respira su alma es la actitud antisocial. Lo incómodo, tal vez, está ahí: en el gradual develamiento de que las personas que se atribuyen la representación exclusiva de «lo bueno» para señalar con sus acusaciones a «los malos» resultan ser, al menos nueve de cada diez veces, los peores y más perversos autoritarios.

– T: La mayoría de los relatos apelan a nombres y referencias geográficas que generan un efecto de realismo enrarecido pero que también se pueden leer con cierta ironía:  Piro Calm, el espacio “Arias y Arios”, Cevi Vols, Chaca Zanella ¿La escritura será lúdica o no será?

-N.M.: No puedo usar nombres comunes y corrientes. Sobre todo porque calculo que el único efecto posible al hacerlo sería común y corriente. De hecho, me cuesta leer historias hechas con nombres comunes y corrientes… y cuando esos nombres además aparecen en versiones tipo “Nacho”, “Luqui” y “Mili”, el sopor es absoluto. Son nombres demasiado intercambiables, huecos, difíciles de asociar con algo porque ya están asociados a casi cualquier cosa. Los nombres raros, en cambio, los nombres inventados por completo, necesitan crear sus propias referencias, su propio sentido, su posibilidad de volverse verosímiles. Es algo lúdico, seguro, y un primer intento de esquivar el cliché.

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