Télam adelanta a continuación un fragmento del capítulo escrito por la periodista Luciana Peker:

«Remar en dulce de leche para salir del naufragio»


Le mando una caja de cuadraditos de chocolate, dulce de leche y copitos de merengue –que la pastelería bautizó con el nombre de una marca de alfajores– a mi hermana. Antes, los alfajores se comían en la costa y la frase “traé alfajores” para el o la viajante era una forma de pedido para que el placer se socializara con la familia y los compañeros de oficina.

La globalización también es federal (la identidad regional se evapora, aunque la comida sigue siendo una de las principales razones para que con el viaje estallen los sentidos) y el placer multiplicado le quita placer a la posibilidad de ir a la costa y comer solo lo que existe en un único lugar.

Ahora (casi) todo es conseguible en todos lados. Y, por eso mismo, casi todo pierde valor. No solo de mercado. Estas son épocas de crisis para ver qué es lo que vale mientras solo gana el botón de las series que se pueden ver en pantuflas y amenizar la sobremesa que se extiende de la cama al sillón como el lugar en donde la cultura no está para ponernos de pie sino para anestesiar el tiempo en soledad. La forma en la que se exhibe cultura no es ajena al efecto de la cultura.

Hace 18 años tuve a mi primer hijo. Pedí un vaso de agua en un videoclub antes de llegar al parto. ¿Cómo le explico a él mientras miramos qué serie mirar juntos de qué se trataban esos lugares en donde una siempre quería sacar películas y siempre estaba en deuda porque tardaba en devolverlas? La cultura consumida en casa y no en la calle –como forma de encerrar el efecto de lo que se ve, más que el producto de lo que se muestra– empezó de a poco y ahora totalizó la posibilidad de entretener.

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Los aislamientos obligatorios (que no parecen, ni siquiera, finalizar en la cuarentena sino extenderse con la virulencia del covid-19) generan un distanciamiento social que se traduce en distanciamiento cultural.

La cultura es más accesible que nunca. Pero los discos son vintage y los CD un elemento ridículo, si no hay compacteras en las casas. Marie Kondo nos recomendaría tirar a la intemperie la música con la que bailamos en el secundario, nos enseñó nuestro padre o trajimos de un viaje a Brasil o Nueva Orleans.

Tal vez no soportamos esa idea del orden y bajamos los CD a la baulera. Pero se trata solo de esconder donde no la vemos una desaparición preexistente, pero latente: cuanto menos compramos la música de los artistas, los libros de las escritoras, pagamos una entrada de cine y vamos a ver teatro (porque las redes reemplazan la cultura que queda apenas como un recuerdo o una limosna para funcionar a cuentagotas), las grandes empresas tecnológicas (HBO, Amazon, Netflix, Facebook, Instagram) son las únicas ganadoras.

El monopolio de la información hace que nos enteremos de qué se habla en Twitter, debatamos las notas de los diarios en Facebook con nuestros compañeros de la primaria o los primos de los primos que debaten nuestras ideas políticas, nos encontremos adivinando noticias por storys de influencers en Instagram y nos lleguen listas de temas que después olvidamos en Spotify o busquemos recetas en Youtube cuando, simplemente, queremos cocinar y recordar qué escuchábamos cuando todavía no éramos tan predecibles como influenciables.

Nuestras ideas políticas, sociales y culturales son tan adivinables como la inteligencia artificial que anticipa qué queremos decir antes que lo digamos. No es inteligencia, es usar el periodismo, la literatura, la moda, la fotografía, la pintura, el cine y la música como forma de reconfirmar nuestras ideas y nuestros gustos. Es volvernos más artificiales y menos inteligentes.

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La cultura no es un vacío que se llena con la que ya sabíamos, sino un lugar que se abre azarosamente sobre lo que no sabemos o lo que no nos imaginamos que podíamos saber, saborear, vestir, pensar, imaginar, escuchar, mirar, gozar y sufrir.

¿Qué es el viaje como forma de deseo sublime? Probar otros sabores, escuchar otras lenguas, perdernos en otras calles, mirar otras vidrieras, caminar otros empedrados, sentirnos diferentes porque el escenario nos permite dejar de ser quienes sabemos. Aunque sea una ficción momentánea.

Estamos viviendo lo que solo en la ficción podía suceder: un mundo de fronteras cerradas, de ciudades cerradas, de cuerpos cerrados; un mundo que se acaba en la piel y donde los otros cuerpos, los otros mundos, las otras provincias, los otros barrios y los otros países, no solo quedan lejos, quedan en un mundo donde el riesgo se volvió la más infranqueable de las fronteras.

La cultura tiene la potencia de abrir puertas, mentes, cuerpos y caminos ahora que todo se cierra. Y el ahora no es solo según las medidas que se adopten en cada lugar frente a una enfermedad, sino una pandemia que llegó para cambiar el mundo.

El desafío es que el cambio no sea encerrar también la cultura en la puerta de las casas. El trabajo no puede ser gratis como forma de precarización, sino, en todo caso, como respaldo público a la distribución (pero no a la producción) cultural.

El acceso gratuito es un valor cultural de la democracia como puente para llegar a los sectores populares –en donde se necesita la intervención del Estado como democratizador de acceso a los saberes– pero también a la garantía de pan y techo para los/las trabajadores/as de la cultura.

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Tal vez lo peor de los viajes sea tenerlos planeados en un Excel y saber antes de volver a dónde ir y no perderse de nada. Todavía no sabemos cómo volver a viajar. ¿Podemos perdernos entonces en el mapa global y pensar esta crisis como una oportunidad que no cuente el cuento de hadas del capitalismo que chasquea los dedos y se reconstruye sin llagas más que las de su propio heroísmo? […].

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