El resultado de las PASO muestra que la destrucción de derechos de los argentinos encontró un límite. El desafío de los próximos tiempos no sólo será recuperar lo perdido sino construir una fuerza que los preserve.

Tras haber emitido su voto en una escuela del barrio porteño de Palermo, el presidente Mauricio Macri sostuvo que “Esta elección es importante, define los próximos 30 años”. Por su parte el lunes de la semana previa a las PASO, el ministro Rogelio Frigerio sostuvo desde Ushuaia que éstas “son las elecciones más importantes desde la vuelta de la democracia”, ya que a partir de ellas “se bifurcan dos caminos posibles como nunca antes había ocurrido en el país”. Si bien todo se definirá en octubre, los resultados electorales de estas Primarias muestran un rechazo inequívoco hacia el gobierno que en 2015 asumió prometiendo entre otras cosas llegar a la Pobreza Cero y producir la unidad de todos los argentinos. Los verdaderos objetivos de la coalición gobernante nunca fueron explícitos y lo que sí siempre sostuvieron discursivamente se encuentra en un verdadero desaguisado en relación con sus acciones concretas. Es difícil rastrear en la historia reciente un equivalente similar en cuanto a cinismo, mentira y caradurez.

A riesgo de darle una fuerte carga ideológica al macrismo, quien escribe cree que las principales aristas de su política se encuentran diseñadas para barrer con lo que propiamente podría denominarse “originalidad argentina”.  En ningún otro país del continente pudo observarse como en el nuestro un acervo de luchas obreras y populares de igual envergadura. Desde la tradición anarquista de principios del SXX a la actualidad existe en nuestro país una matriz cultural que dio desde hace más de un siglo, un profundo sesgo insurreccional a los sectores populares y que en consonancia generó grandes conquistas y mejoras sociales. Esto puede observarse desde míticas luchas como fueron la Semana Trágica, el 17 de octubre del ’45, la resistencia peronista, los Cordobazos o las jornadas del 19-20 de diciembre de 2001. Cuando se arraigan determinados derechos resulta demasiado complejo desarticularlos. Señalar como hizo Macri que el pueblo se había acostumbrado a lujos que no le correspondían sólo podría ser admitido por sectores sociales a los que supuestamente no les iban a tocar nada de lo que tienen.

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En un país en el que existe una fuerte tradición sindical, aunque contaminada de burocratismo e incluso plagada de dirigentes que hace tiempo dejaron de ser trabajadores para convertirse en empresarios en detrimento de sus bases, resulta harto difícil para las patronales establecer condiciones mayores de subordinación. La flexibilización laboral, que en última instancia consiste en dejar al empleado cara a cara con el patrón quitándole el respaldo colectivo, no pudo pasar a finales de los 90 durante el gobierno de De la Rúa aunque el menemismo previamente haya desarticulado gran parte del aparato productivo y el poder sindical. La actual reforma laboral que impulsa este gobierno es parte de esas condiciones que el macrismo quiere generar para satisfacer a los inversores extranjeros. Lo más rancio del sindicalismo sabe que sus propios intereses también corren riesgo con esas reformas.

Si bien el gobierno hizo bastante alharaca con respecto a la lucha contra el narcotráfico, las mafias o la inseguridad, la realidad muestra que el principal objetivo de las fuerzas de seguridad desde diciembre de 2015 es la represión y judicialización de la movilización social. Para ello no escatimaron esfuerzos en crear enemigos como los mapuches, las organizaciones sociales, sindicales y una creciente guerra judicial contra políticos opositores, no faltando la persecución de aquellos que en las redes sociales criticaban al gobierno. La puesta en escena de violentos infiltrados en las movilizaciones para justificar la represión no es algo nuevo en la política argentina.

En los 90 durante la resistencia al menemismo no faltaban grupos que tras alguna acción violenta legitimaban la represión de las grandes marchas contra la entrega del patrimonio nacional. Pero no quedan dudas que el macrismo llevó estas acciones al límite.

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Por eso no hay que descuidarse durante el lapso que queda de aquí a diciembre porque la camarilla gobernante es capaz de cualquier cosa. De hecho son sectores sociales que cuentan en gran parte con el poder real de la Argentina. Transformar ese poder es la tarea principal del movimiento popular de aquí en adelante.

Los cambios sociales a favor de los sectores populares debieran ser irreversibles. Desde la caída del primer peronismo hasta la actualidad, la realidad nos muestra que existe un territorio en disputa y que para inclinar definitivamente la balanza es necesario consolidar una fuerza que esté al margen de los vaivenes electorales propios de las mayorías silenciosas.

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