Cambiemos inventó algo con más valor simbólico que real destinado a captar el voto de los sectores más reaccionarios de la sociedad, que reclaman mano dura y el regreso de la colimba. Una muestra de que ya no se disimula la tendencia a una derecha autoritaria, con toques a la Bolsonaro.

Las cuestiones formales no son algo menor. El hecho de que el Servicio Cívico Optativo haya sido anunciado, explicado y defendido en los medios afines por la ministra de Seguridad define su sentido. No forma parte de una reformulación del rol de las Fuerzas Armadas porque en ese caso su implementación y difusión debió haber estado a cargo de Oscar Aguad. Tampoco puede entenderse como una forma de asistencia a sectores vulnerables (en este caso los jóvenes sin trabajo) porque todo hubiera sido tarea de Carolina Stanley. Y aunque se habla de enseñanza de valores, no intervino en absoluto el secretario de Educación, Alejandro Finnochiaro.

No, la abanderada del decreto es Patricia Bullrich; por lo tanto, está pensado, aunque resulte un tanto obvio decirlo, como un tema de seguridad. Esos chicos, que no estudian ni trabajan, entrañan alguna forma de riesgo para la sociedad. Planteado el tema de este modo, las medidas tomadas apuntan en dos sentidos, que son las herramientas con que se dice enfrentar el tema seguridad. Por un lado, la prevención, es mejor que estén custodiados por gendarmes a que estén sueltos en la calle tentados por el camino fácil del delito. Por el otro, el castigo. Aunque se insista en el carácter optativo del proyecto, aparece como una instancia mediante la cual la sociedad mantiene a raya y controla a estos protodelincuentes.

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Ahí entra a jugar otro aspecto del asunto: la elección de la Gendarmería. La fuerza ha sido la favorita de Bullrich por el tema del narcotráfico –que le permite armar sus shows de supuesta eficiencia- y por su participación en la represión interna como sucedió y sigue sucediendo en la Patagonia. Cabe preguntarse cuál es la experiencia de la Gendarmería en el plano educativo.

Si se entra al sitio de Gendarmería, específicamente al programa de estudios para ser oficial de la fuerza, aparecen cuatro especialidades: Seguridad (la que abarca, por lejos, más materias), Intendencia, Comunicaciones y Criminalística. Tal como están planteadas, están pensadas desde una perspectiva puramente instrumental, ser gendarme es un oficio que requiere ciertos conocimientos a ser utilizados en las diversas tareas asignadas a la fuerza. No están allí los valores a los que alude Bullrich cada vez que habla del asunto y tiene su lógica. Los únicos valores de un gendarme es cumplir bien su trabajo y respetar la ley. En este último punto, la ministra no suele ser demasiado estricta. La formación de suboficiales está mucho más focalizada en el tema seguridad y todas las tecnicaturas que allí se ofrecen comparten ese rubro.

Es decir que la Gendarmería no está en condiciones de brindar una oferta educativa que vaya más allá de su objetivo específico. Es decir que los chicos que ingresen a este programa solo recibirán una formación que les sirva para ser gendarmes, porque la institución no tiene otra cosa para ofrecer. Es decir, que no fue pensada para eso. Es como querer que una escuelita de fútbol convierta a sus alumnos en deportistas integrales capaces de incursionar con éxito en diferentes disciplinas. Por otro lado, parece haber, a juzgar por las declaraciones del segundo de Bullrich, un concepto de parque de diversiones, tan caro al ideario cambiemita. Gerardo Milman declaró en Córdoba que el objetivo es acercarle herramientas de liderazgo, ciudadanía, orientación vocacional, prevención de la salud, acercamiento al deporte, a la tecnología, conocimientos en equinoterapia, cuidado animal, manejo de drones civiles, o incluso probar una vuelta en helicóptero y otra serie de oportunidades para que se inserten en conductas sociales. Nada de eso figura en los programas de Gendarmería.

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Es decir que los chicos y chicas que se integren a este proyecto solo recibirán como valor el de la disciplina militar. Se supone que ese era el principal beneficio, si se lo puede llamar así, de la colimba: introducir a un civilacho en las bondades de esa disciplina que solo se puede aprender en los cuarteles.

Por supuesto, en los aspectos que se conocen hasta ahora la cosa está muy alejada de las tradiciones de la colimba. No hay vida de cuartel, no hay interrupción de la vida civil, supuestamente uno puede irse cuando quiera.

A pesar de estas notorias diferencias, tanto quienes aplauden el proyecto como quienes se oponen a él –sobre todo si se habla de los ciudadanos de a pie-, lo viven como un conato de colimba y/o el paso previo de su retorno.

Y ahí, en esa colocación del proyecto en la órbita de seguridad, reside la fuerza simbólica a la que apela el gobierno, incluso más allá de la coyuntura electoral. La colimba está ahí, es un país más ordenado y jerárquico el que regresa, lo que va de la mano de la vuelta a los desfiles. Más aún, el último, pese a tanto ajuste, tuvo un despliegue especial, para no hablar de la inusual cobertura mediática. En ese contexto, Macri recuperó una palabra siempre ajena a su léxico: patria. Volver a los tiempos en que eran emblema y salvaguarda de la represión.

También en ese contexto, Clarín publica un extenso reportaje a Jair Bolsonaro, cuya mitad está dedicada a defenestrar –en portugués y en castellano- a Alberto Fernández. Pero no es esto lo importante. Se coloca en el lugar de voz autorizada sobre los asuntos nacionales a un golpista, homofóbico y represor con conciencia de clase.

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Para decirlo de otro modo, si bien el macrismo se mantuvo en una férrea y muy ortodoxa derecha económica, en el plano político y social, al menos desde lo discurso mantuvo posiciones, siempre dentro del estilo moderno-CEO, más laxas, por ejemplo, con abrir el juego al debate sobre la despenalización del aborto.

Ahora se trata de que las posiciones políticas se endurezcan al ritmo de las decisiones económicas. De lo que se trata es que quede bien en claro que este gobierno es de derecha- la presencia de Pichetto ayuda en ese sentido-. Y desde allí apunta a reforzar los aspectos más derechistas de la sociedad, sobre todo aquellos que exceden el sentimiento anti K que ya ha sido demasiado convocado. Discursos xenófobos, contra los sindicatos, contra las leyes laborales, contra los jueces que no fallan como quiere el gobierno.

El proyecto de este sucedáneo de colimba parece ir en el mismo sentido.

 

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