Para seguir el ajuste necesita una cara peronista, por eso la elección de Pichetto el menos peronista de todos. Por ahora, los mercados y los medios se pusieron de su lado. Habrá que ver si alcanza. (Foto de portada: Charly Díaz Azcue). 

Hay algunos hechos significativos en la designación de Miguel Ángel Pichetto como compañero de fórmula de Macri. Por un lado, siendo Cambiemos una coalición que lleva al menos cuatro años de existencia, el acompañante elegido pasa por encima de las dos opciones posibles, un radical o alguien del PRO, pues Coalición Cívica se limita a ejercer la obediencia debida y el despotrique mediático.

Por un lado, puede pensarse que la exigencia radical que recitaron en consonancia Cornejo y Morales de ampliar Cambiemos implicaba una forma de renuncia a ese segundo lugar en la fórmula. Un vicepresidente tiene algo de decorativo y un vice radical no sumaba ni restaba, al tiempo que abría una interna dentro de la UCR, más por no ocupar ese lugar que por participar de la fórmula lo que, entre otras cosas, impediría el deporte favorito del partido de Alem en estos últimos tiempos: criticar sin romper.

Es más, que esté Pichetto funciona como un buen argumento para pedir más espacios en las listas y en la conformación de un eventual futuro gabinete. Y el proceso ya comenzó: Martín Lousteau encabezará la lista de candidatos a senador por la CABA. De hecho, Sanz saludó la llegada de Pichetto como una mejora en las posibilidades electorales del gobierno. Por lo tanto, no parece ser muy exacta la idea de que la elección del candidato a vice significa una derrota del radicalismo. Es una manera un tanto silenciosa de admitir que no puede ofrecer una figura en condiciones de aportar esos votos que compensen las supuestas ventajas de tener un vice peronista y racional.

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Para persistir, la coalición debe de algún modo quebrarse o, más exactamente, jugar el juego de la fisura para adentro al tiempo que muestra una fórmula a la que considera potente a nivel nacional.

La elección de un compañero dentro de las filas del PRO a esta altura restaba más de lo que sumaba en la medida en que el partido no ha logrado construir una figura que arrastre votos –salvo Vidal que está en otros menesteres- y el tradicional combo macrista de una mujer y un hombre no parece ser una carta ganadora habida cuenta de que Macri se ha debilitado como figura política a pesar de sus coacheados gestos de enojo. Traer a Pichetto implica admitir que el presidente está en una mala posición y que los tres años y medio de gobierno han hecho mella en su imagen dentro de la sociedad. Por otro lado, es una garantía a futuro, porque se cree que su presencia atraería los votos de Schiaretti en una eventual segunda vuelta.

La pregunta es por qué Pichetto. Hace tiempo que los editorialistas de La Nación (en especial Morales Solá y Fernández Díaz) vienen hablando maravillas del senador, pintándolo como la encarnación de un tiempo nuevo en el que se redefinan los términos del debate que ahora pasaría a ser básicamente (aunque hay otras cuestiones en juego) una disputa entre república y autoritarismo, como bien recordó más de una vez el nuevo candidato en su conferencia de prensa. El lugar elegido para celebrarla va también en ese sentido, ni un local partidario ni un espacio neutro, sino el Senado. Es más, detrás de su figura aparecía la pantalla azul con el logo del Senado.

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Además, como tituló Martín Rodríguez Yebra en su análisis en La Nación, la coalición cambió pragmatismo por identidad, lo que podría traducirse en que la única manera de ganarle al peronismo es adoptar a un peronista.

En su conferencia, Pichetto habló con toda naturalidad de sus conversaciones con la banca norteamericana y con los tenedores de bonos. Es decir que reúne varios beneplácitos: el del mercado, el del oficialismo, el de los medios (TN celebró como una vuelta olímpica que hubiera bajado el riesgo país después del anuncio). También dejó claro que su llegada no implicaba ninguna negociación pues no imponía ningún condicionamiento. Fue sin dudas una manera de diferenciarse de Massa y sus trapicheos con el PJ, pero también, por vía de la sumisión y de la fidelidad presentarse como alguien imprescindible, como si dijera “soy el garante de la institucionalidad y el republicanismo sin pedir nada a cambio”.

Por otra parte, se empezó a discutir dejar de lado la marca ganadora del macrismo: Cambiemos. Abandonarlo es como admitir que se entra a una nueva etapa, algo que destacó el filósofo oficial Santiago Kovadloff con ese entusiasmo anoréxico que lo caracteriza.  El camino correcto de Macri cree haber encontrado una nueva calle llamada Pichetto por la que circular con onda verde hacia la relección. El establishment, sobre todo el mediático, lo celebra como un triunfo anticipado, y destaca también el efecto sorpresa que aspira a empardar el anuncio de los Fernández.

La fórmula de Cambiemos combina dos hombres opacos (el senador marcó este rasgo personal en su conferencia) y carentes de carisma. De alguna manera, a lo que estamos asistiendo es a la fundación de un peronismo CEO, la pata política que pueda acompañar el ajuste.

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