No es habitual que alguien se reivindique como traidor y que convierta su acto, en este caso un cruce de vereda, en un aporte al país. Al hacerlo, Pichetto apela a la historia del peronismo  para salirse de él, al tiempo que postula una idea de la política como un simple juego de poder, de espaldas a la sociedad.

Los traidores que Dante ubica en el último de los círculos del infierno han hecho de la traición una forma de dotar de sentido a su vida. No traicionan a cambio de algo; lo hacen, para decirlo de algún modo, por pura vocación.  Son la forma más cruel e insoportable de la pureza. Están allí petrificados en el hielo del río Cocito, custodiados por gigantes, sujetos a esa inmovilidad eterna que evitará que vuelvan a traicionar. Se puede decir que tienen una vida después de la muerte como garantía de que seguirán muertos y, por lo tanto, imposibilitados de traicionar. Es el único de los círculos del infierno en el que Dante no siente piedad alguna por quienes se hallan ahí. El traidor lo es de manera esencial e irremediable. Para el último tramo, La Divina Comedia reserva a Judas, quien, en su visión es irredimible y está sometido a la deformación de su cuerpo y torturado eternamente por el propio Lucifer, un castigo pleno de justicia. Traicionar a Jesús es básicamente un atentado al orden divino, al valor de lo sagrado.

Sin embargo, esta condena definitiva a Judas no es del todo compartida por otros autores. Para el inglés Thomas de Quincey, Judas entregó a Jesús para acelerar el proceso de su redención y del advenimiento del cristianismo. Desde su perspectiva, no habría habido Cristo sin Judas. De algún modo, Judas se inmola a sabiendas en su traición con la seguridad de que terminará confinado para siempre en el infierno, que es donde lo encuentra Dante. Borges retoma esta hipótesis en “Tres versiones de Judas” –incluido en Ficciones– y agrega una nueva lectura que reivindica en Judas la absoluta gratuidad de su acto, su intuición de la existencia de un plan divino, que incluye como condición necesaria su traición, al que se entrega en cuerpo y alma. En otras palabras, Judas puede ser un héroe, postulación que está en la base de su cuento “Tema del traidor y del héroe”. Allí todo es bastante complejo: interviene una serie de ideas: el mundo como teatro; la teoría de los mundos posibles de Leibniz que sostiene que, de entre todos los posibles, dios eligió este para que vivamos en él; el eterno retorno, Shakespeare. Y junto a todo este universo que se ensancha cada vez que regresamos a su lectura, aparece algo más terrenal. Quienes nos juzgan son los que determinan nuestra condición, o no, de héroes o de traidores. No hay algo intrínseco al heroísmo y la traición. Siempre es algo dado desde afuera de nosotros, es una condición que no nos pertenece. Y como son varios los jueces, un traidor será un héroe, o viceversa.

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San Martín fue un traidor para los españoles y un héroe para nosotros. Para muchos, el Che Guevara fue un traidor a su clase. Siguiendo el derrotero borgeano habrá que pensar que la historia es producto de una suma de traiciones, que sin ellas todo hubiera permanecido idéntico, pero a su vez esa traición queda en estado de deliberación permanente, nunca es una sentencia firme.

No es habitual que alguien, como sucedió con Pichetto, reivindique la traición. Uno de los pocos casos literarios es El juguete rabioso, de Roberto Arlt, donde Silvio Astier denuncia a su cómplice en un robo. Lo hace sin explicaciones, pero defiende su acto. La traición le ha dado una identidad de la que carecía, al tiempo que lo expulsa del mundo. Luego de confesarla, se queda a solas con su traición.

Pichetto no se ha quedado a solas con su traición sino que la exhibe como un valor, la socializa. Y en cierto sentido la convierte en una marca indeleble –casi indispensable- del ejercicio de la política. Esto declaró a La Nación: “La palabra traición a nivel popular puede implicar un disvalor, pero en política es un mirar hacia adelante y tratar de cambiar las cosas”. Es cierto que, como buen converso reciente, Pichetto sobreactúa su traición.  Pero su planteo pone a pensar varias cuestiones.

En principio, sus declaraciones, aunque tengan como destinatario al oficialismo y sus medios afines, responden a una larga prosapia peronista en torno a la traición a la que pretende refutar. Durante el exilio de Perón, toda lealtad y toda traición se jugaba en torno a su figura. La traición de Vandor no pasaba por su lánguida defensa de los trabajadores a los que debía representar sino por haber armado un “peronismo sin Perón”.  Cuando regresa a la Argentina, el paisaje de la traición se recompone dramáticamente. Perón deja de sumar y empieza a distinguir entre leales e infiltrados (el nuevo y muchas veces letal nombre de la traición). Cuando la participación de Osinde en la masacre de Ezeiza y luego cuando apostrofa a los Montoneros en la Plaza de Mayo, define claramente los campos. Por otro lado, la guerrilla había decidido aplicar sus propios criterios de traición, como cuando mató a Rucci en septiembre de 1973.

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Después de aquellos terribles enfrentamientos, la palabra traición fue perdiendo peso. Menem podría haber sido considerado un traidor, pero no pasó de ser un travestido apostrofado en aquello de “gorila musulmán”. Mientras que Pichetto ocupa voluntariamente ese lugar para demostrar que ha elegido el camino correcto.

Por otro lado, diferencia entre la valoración del traidor en la vida social y en el mundo de la política. En uno y otro lado, las reglas son distintas y efectivamente el funcionamiento del tinglado político demuestra que allí se juega de otra manera que en la vida de la gente de a pie. Lo que postula Pichetto y seguramente suscribirían muchos de sus colegas es el reemplazo de una ética de los principios por una moral de los objetivos. Por ejemplo, alguien que se una con una persona a la que detesta con el propósito de llegar al poder. Algo que se ve seguido en estos días. Y que forma parte del juego, el oficio del político es la conquista del poder. Sin este objetivo, la política desaparece como fue el caso de Chacho Álvarez, que renunció al poder sin nada a cambio y terminó aislado, mientras que Carrió, que tuvo también sus renuncias, lo hizo en función de una permanente presencia mediática y un poder de veto urbi et orbi, a veces real, otras simbólico.

Con su reivindicación de la traición, Pichetto postula a la política como un estrato ajeno a la vida y ya no como algo que mantiene vínculos, muchas veces contradictorios, con ella. La presenta como una práctica que se juega solamente en las esferas del poder (y para nada en la calle, de allí su explícito rechazo a los piquetes) y que corre por carriles propios, tiene sus propias leyes, entre ellas la de la traición como metodología. Hasta ahora el senador se había deslizado dentro de un territorio más o menos homogéneo que es la identidad peronista, estuvo con Menem, con Néstor, con Cristina y anduvo dando vueltas con Alternativa Federal, hoy un espacio inexistente. Un operador profesional, como es su definición laboral, coquetea todo el tiempo con la traición, pero la gambetea. No es lo mismo que alguien ubicuo como puede ser el caso de Patricia Bullrich que recorrió casi todo el espectro político. Cambiemos no comulga con ninguno de los apotegmas básicos del peronismo, ni soberanía política, ni independencia económica y menos aún justicia social. Ni siquiera en calidad de significantes vacíos. Su ausencia en los discursos es más que una omisión, tiene que ver con un desprecio conceptual, parte de la rémora que dejaron los 70 años anteriores a la llegada de Macri. Con su integración de la fórmula, Pichetto anula su identidad política, pues no solo no vino a traer peronismo a la coalición oficial, sino que hizo hincapié varias veces en su sumisión a la autoridad del presidente.

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En definitiva, una traición a cambio de nada que vaya más allá de su propia permanencia en el escenario político, sin proyecto propio (en verdad, nunca lo tuvo, siempre vivió de prestado en ese sentido) y sin nada que defender. A diferencia de Astier, ni siquiera su propia identidad. No es como Judas en ninguna de sus versiones, ni como entregador (Pichetto no entrega nada), ni como acelerador de procesos. Tampoco tiene que ver con esos condenados al hielo de los que Dante no quiere apiadarse, que se rebelan contra su condena. Lo del senador por Río Negro es muy de vuelo bajo, nada de lo que haga tiene la contracara del héroe. Tal vez hasta la palabra traición termine por quedarle grande.

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