La reaparición pública de Cristina fuera del lugar de “enemigo a batir”, le cambia abruptamente las reglas del juego al Gobierno que, debilitado política y electoralmente, apelaba casi exclusivamente a su demonización y la persecución judicial como únicas armas, apostando a reforzar el supuesto “techo” electoral de Cristina presidenta. (Foto de portada: Enrique García Medina).

                                                                                                                        “Vos sumás, yo divido”

                                                                                                          (Cristina Fernández de Kirchner)

 

                                                                          “Poner al enemigo en los cuernos de un dilema”

                                           (William T. Sherman. General de la Unión en la Guerra Civil de EEUU)

Sólo en las grandes batallas y en los momentos claves de las luchas políticas es posible apreciar con claridad la ejecución de maniobras de conducción como la efectuada por CFK con el anuncio del ofrecimiento a Alberto Fernández de la candidatura a la presidencia, reservándose –en un inesperado renunciamiento- el rol de vicepresidenta en una fórmula electoral cuya inmediata difusión viral generó un terremoto en la política nacional.

Tanto el momento elegido, un sábado a la hora del desayuno, como el medio empleado, un video por Twitter, forman parte del sentido y profundidad de la maniobra por la sorpresa y la rapidez con que ese mensaje irrumpió en una escena pre electoral signada por la incertidumbre, las maniobras distractivas del macrismo, la guerra de encuestas y los vaticinios sobre candidaturas.

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Sorpresa, rapidez y secreto son precisamente parte fundamental de las tácticas y estrategias exitosas, tanto en el arte militar como en el orden de la política. Pero hay que señalar que la maniobra de CFK no se presentó como un aislado golpe de efecto, una declaración espectacular, un movimiento táctico destinado a generar repercusión. Por el contrario, el anuncio del sábado fue la culminación de un movimiento que había comenzado con otra sorpresa: la aparición de su libro Sinceramente y su presentación, el 9 de mayo, en la Feria del Libro donde deslizó elogios a Alberto Fernández y conceptos referidos a la necesidad de un nuevo “contrato social” para la Argentina.

El enorme éxito de ventas del libro –con pocos antecedentes en la industria editorial nacional- era materia de comentario obligado en la opinión pública cuando el 14 de mayo, CFK se presentó “sorpresivamente” (así tituló casi toda la prensa gráfica) en la cumbre del  PJ para expresar su idea de la conformación de un gran frente electoral y su disposición a “estar donde pueda ser útil”.

De pronto, una Cristina que no aparecía en público desde el cierre de campaña en la cancha de Racing en octubre de 2017 y que se expresaba solamente a través de las redes sociales o indirectamente a través de indicios que dejaba entrever Alberto Fernández en entrevistas periodísticas, irrumpía en la escena para confirmar la centralidad indiscutible de su vigencia política y su intacto capital electoral, dato inevitable que tanto amigos, enemigos y adversarios debían tener en cuenta en sus cálculos de campaña.

El historiador militar inglés Sir Basil Liddell Hart afirma que el propósito de toda estrategia debe ser apuntar a dislocar, mediante movimientos sorpresivos, los dispositivos defensivos y lograr así que reine la confusión y el desorden en la mente del mando enemigo.

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La reaparición pública de Cristina fuera del lugar de “enemigo a batir”, le cambia abruptamente las reglas del juego al Gobierno que, debilitado política y electoralmente, apelaba casi exclusivamente a su demonización y la persecución judicial como únicas armas, apostando a reforzar el supuesto “techo” electoral de Cristina presidenta. Como en una exquisita finta del inolvidable Nicolino Locche, Cristina se corre de la candidatura a Presidenta y deja al oficialismo tirando golpes al vacío, obligado a reconsiderar toda su estrategia electoral, ya de por sí mellada por las diferencias y las contradicciones al interior de la alianza Cambiemos. Pone también en un brete a la “ancha avenida del medio” que no ha definido aún con seguridad cómo resolverán el intríngulis de sus candidaturas, estrechando el margen de maniobra para estos sectores que buscaban mostrarse  equidistantes del Gobierno y del Kirchnerismo.

Cristina ha dado un paso audaz, pero no es la primera vez que pone en juego esa característica –necesaria en todo líder político-. Después de los malos resultados de las elecciones de medio término en 2009 no pocos se regodeaban con el eventual desgaste de su gobierno y la pérdida del poder en las presidenciales de 2011. Pero a puro dinamismo parlamentario y desarrollo de políticas públicas beneficiosas para los sectores populares, pudo recuperar la iniciativa y ganar las presidenciales por un abrumador 54% de los votos.

En esta coyuntura, su movida entraña sin duda riesgos evidentes. El más crítico es que su plan no logre concitar la necesaria adhesión, fundamentalmente en el peronismo no kirchnerista y en el electorado independiente, para garantizar un resultado electoral favorable. Según declaraciones de Alberto Fernández, la decisión de Cristina es el fruto de un trabajo de maduración –del que él mismo fue partícipe principal- que implicó el contacto e intercambio con numerosos dirigentes y referentes políticos, sindicales y sociales a lo largo de los dos último años. La declinación a sus candidaturas de Agustín Rossi y Felipe Solá y la buena recepción entre gobernadores e intendentes son signos alentadores para las posibilidades de concretar las coincidencias necesarias para ganar en octubre.  Limar asperezas, lograr consensos, buscar acuerdos y puntos en común se pueden sintetizar en una frase que Cristina la habría dicho a Alberto Fernández para convencerlo de aceptar su propuesta: “vos sumás, yo divido”.

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Cristina ha logrado poner al Gobierno “en los cuernos de un dilema”: ¿Cómo resolver sus contradicciones y cohesionar sus fuerzas en ausencia del “cuco” que alimentaba su propaganda y les permitía agitar “el retorno al pasado”? El dilema se agrava por el desastre económico, las crecientes desavenencias con sus aliados radicales y el sombrío panorama que dibujan las ocho derrotas catastróficas en las provincias. Pero ganar la iniciativa, poner al enemigo contra las cuerdas –para volver al boxeo- no significa noquearlo. El golpe final sólo se logrará si la militancia es capaz de materializar en la calle y las urnas las ideas frentistas y hace suyo el espíritu de “sumar y no dividir”. El mes de octubre – “mes de cambios” se le dijo alguna vez-, dirá la última palabra.

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