Con su referencia a la experiencia Gelbard, CFK metió una cuña en el acuerdo que propiciaba el macrismo y le dio un golpe de nocaut. Sin que quede del todo claro de qué se trata, tiene la suficiente fuerza simbólica como abrir una esperanza allí donde el gobierno dice que este es el único camino.

El llamamiento de Macri a firmar los diez puntos que supuestamente garantizarían por sí mismos la gobernabilidad ya venía fracasando por las suyas. En un primer momento, los puntos no eran negociables (por aquello de que no hay otro camino), luego se pasó a una agenda abierta, se la convocó a CFK y finalmente el único que acudió a la cita fue Scioli. Una actitud difícil de entender por parte del motonauta pero que podría explicarse de dos maneras: una la de presentarse como un adalid del diálogo (otra variante del no hay otro camino y fiel a su estilo conciliador) y, la otra, abrir un resquicio para tener un espacio dentro de la coalición Cambiemos si Macri resulta reelecto. De todos modos, aparte de que Scioli es hoy una figura más mediática que de real peso político, su gesto, que ya desde el comienzo carecía de mayores trascendencias, hoy está destinado a ser recordado solo en los programas de archivo de la tele.

Los diez puntos terminaron siendo una especie franquicia: Lavagna y Massa hicieron los suyos y hasta la izquierda armó su decálogo revolucionario. Se ve que Moisés hizo escuela. Pero el golpe de nocaut vino del lado más esperable. El discurso con el que CFK presentó Sinceramente en la Feria del Libro. Allí rescató la experiencia del Pacto Social firmado en 1973 entre el empresario José Bel Gelbard y el jefe de la CGT de entonces, José Ignacio Rucci. Más allá de los resultados –que no fueron los esperados- se rescató la idea ortodoxamente peronista de la conciliación entre clases representadas por las cámaras empresarias y los sindicatos. La comunidad organizada en su región más transparente.

Claro que la situación económica y geopolítica actual dista de la vigente en 1973. Por ahora solo funciona en el plano de lo simbólico. Como decir que si hay acuerdos no pueden ser políticos sino sociales, que no son los partidos quienes deben fijar, discutir y aceptar o rechazar condiciones, sino que el Estado prohijará la reunión de estos dos enemigos históricos y hará que se den la mano para que cada uno afloje un poco en aras del bienestar general. Lo cual, como propuesta, tiene sus ventajas. Si se quiere, las dos corporaciones son esa única verdad que es la realidad. Lo demás es puro juego de poderes efímeros.

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Por otra parte, al rescatar la tradición más ranciamente peronista, CFK desarma algunos argumentos de sus contendientes internos. ¿Qué peronista racional, federal o k se opondría al acuerdo de clases? Es la razón de ser del movimiento. Con lo cual a Cristina ya no se la puede criticar por el presente (en el que propone el Pacto) ni por el futuro (donde se lo pondría en práctica) sino solo por su pasado en el que los tres principales nombres que la cuestionan están implicados en mayor o menor medida: Massa fue jefe de gabinete, Pichetto fue la principal espada del kirchnerismo en el Congreso. Tal vez Lavagna, quien no estuvo con Cristina y que limitó sus críticas al manejo de la economía, pueda mantener con mayor comodidad ese papel de opositor interno.

Por de pronto, quedaría en claro que el peronismo es el único que puede promover y garantizar un acuerdo de este tipo que, además no sirve al objetivo de la gobernabilidad (que en el llamamiento del gobierno era una muestra de debilidad) sino que la gobernabilidad es su condición de existencia. Reafirma aquello en lo que coinciden muchos, aunque con diversas y a veces contradictorias razones: que los peronistas son los únicos con capacidad y fortaleza para gobernar la Argentina.  Justo en el momento en que, en democracia, aparece el primer gobierno no peronista a punto de poder terminar su mandato, en tiempo aunque no tanto en forma. Deliberadamente o no, cuando Cristina trae esto del pasado –incluso una parte del pasado contradictorio para la impronta setentista del kirchnerismo- de alguna manera quiere mandar al basurero de la historia a la experiencia de Cambiemos. Y, si se quiere, a una parte importante de la propia experiencia kirchnerista que prefirió mantener a los empresarios bajo el látigo de Guillermo Moreno y a los sindicatos en la vereda de enfrente vía impuesto a las ganancias. Y hace una promesa dirigida a quienes no sean sus seguidores. Así como su gobierno estuvo atravesado por conflictos (la 125, la Ley de Medios, las retenciones, el cepo cambiario) lo que se anuncia es que una eventual tercera presidencia sucederá bajo el signo de la conciliación, aunque no quede claro entre quienes y de qué formas. Algo que terminó por refrendar su aparición estelar en la sede del PJ.

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Esta promesa parece haber sacado de quicio a sus opositores mediáticos que insisten en que Cristina no ha cambiado un ápice y que la actitud actual es la típico de una loba (ya no una yegua) bajo la piel de cordera. Este planteo mezcla aventurerismos psicológicos con enfáticos asertos morales. Morales Solá estaría más cerca de la primera y Majul, siempre más infantil.

Una digresión, el nivel de los analistas políticos de la derecha es atroz, con la excepción de Carlos Pagni, Eduardo Fidanza y alguno más, Y hacen del énfasis una manera de pensar. Siempre piensan a los gritos y hay que taparse los oídos incluso cuando se los lee. Y la posibilidad de que gane CFK les hace subir los decibeles a escala concierto de Metallica. Es probable que el consumo prolongado de estas voces por parte de la clase dirigente los lleve por rumbos poco consecuentes con sus intereses. ¿Desde cuándo a un industrial le interesa si hay muchas cadenas nacionales o si hay mentiras en Simplemente? Solo se puede explicar por una intoxicación de leucos y lanatas una declaración como la de Grobocopatel en el sentido de que, aunque le va pésimo con Macri y le fue mejor con Cristina, jamás la votaría. Ratazzi dijo otro tanto.

Bueno, esto fue una digresión pero hasta ahí. De últimas, este es el clima político-cultural en el que se lanza la idea del pacto social. Un panorama que está cruzado por dos ideas. Por un lado, que todo acuerdo es bueno de por sí. Esta fue la tesis desembozada o encubierta con la que los grandes medios saludaron y auparon los diez puntos. Si no tiramos para el mismo lado, todo esto se hunde, que es en definitiva lo que ha sucedido siempre y que explica el eterno fracaso argentino. Un superávit de oportunidades históricas, desperdiciadas una tras otra. Es tiempo de no recaer en el error.

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Por otro lado, se cree que siempre habrá factores que conspiran contra esa necesaria unidad, sectores que no comprenden la racionalidad de toda forma de acuerdo. Que se oponen a esta utopía de una democracia sin diferencias ni conflictos.

Se puede decir que estas dos ideas funcionan detrás del Pacto Social pero por ahora acechan al momento de su eventual puesta en práctica. Pues a esta altura no queda claro quien representa al sector sindical: ¿La CGT, los moyanistas, alguna de las dos CTA o las dos juntas? Si bien el sindicalismo de los 70 tenía sus conflictos internos, había un sector hegemónico. Hoy eso no ocurre. La misma diversidad se va a hallar del lado empresario.

Pero todo esto es simbólico. A la hora de manejar símbolos, Cristina le saca unos cuantos cuerpos de ventaja a Macri, por eso el endeble pero “bien intencionado” acuerdo de los diez puntos se cae ante un pacto que todavía no se sabe qué es pero que tiene una gran fuerza retórica y un peso histórico considerable.

De lo que se trata en estos tiempos vacíos de símbolos –el macrismo les tiene fobia- lo que trae CFK es eso. Y Sinceramente y todo lo que viene sucediendo a su alrededor es eso, un símbolo, una contraseña y, para algunos una esperanza.

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