CFK recibe las mismas acusaciones y sufre el mismo rechazo de adentro y de afuera del peronismo. Esta situación marca el final de un estilo en el que perdía acompañaba al vencedor como sucedió entre Menem y Cafiero. Hoy aquello que para un peronista no hay nada mejor que otra peronista quedó como pieza de museo.

Perón, y con él el peronismo, surgieron en tiempos de militarización de la vida política y también de la vida pública y privada (sus seguidores se llamaban a sí mismos los soldados de Perón), tiempos de verticalismo y caudillismo, de obediencia y respeto casi reverencial a la autoridad y al líder. También tiempos de machismo explícito (Perón por aquellos días era el macho). El movimiento estaba antes que los hombres y si no se quería quedar fuera de la estructura no había que sacar los pies del plato. Eran todas estas, condiciones necesarias e ideales para subordinar voluntades a favor de un proyecto, de un movimiento.

A lo largo de la década de los 90, Menem lideró una nueva experiencia neoliberal en Argentina, esta vez ideada y gestionada por el peronismo. Bunge y Born, Rapanelli, Álvaro y María Julia Alsogaray, Neustadt y el Almirante Rojas, entre otros, fueron sapos que la mayoría de los dirigentes políticos y sindicales debieron tragar en nombre de la Unidad.

En las elecciones de 2003 Néstor Kirchner se ofreció para llevar adelante un proyecto popular opuesto al proyecto neoliberal, ambos peronistas. Sorprendió a propios y ajenos, a una gran mayoría para bien. Era un retorno a las fuentes aunque,  a poco de andar y logrado el consenso y la aprobación popular, tomó distancia de algunos compañeros de ruta que lo habían acompañado hasta entonces y comenzó a imprimirle a la gestión de gobierno su sello particular. A partir de ahí la cosa cambió y empezó a ser mirado de reojo por ciertos sectores del peronismo. Un dejá vu.

Se ha dicho que la madurez es la capacidad para retener al mismo tiempo en la mente dos mensajes contradictorios. El peronismo, por otras razones, por su proyecto para construir un movimiento de masas, por su vocación de poder y su proverbial pragmatismo, ha sido hasta ahora capaz de contener sectores o corrientes ideológicas diferentes y hasta antagónicas, convivencia en la que no faltaron trágicos episodios de violencia. La presencia de Perón primero, y su figura y su recuerdo después, fue durante muchas décadas suficiente para contener las disputas internas.

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Sin embargo, no es extravagante arriesgar que el menemismo será recordado y mencionado en los libros como la última experiencia de la llamada Unidad Peronista, de aquello de que el que gana gobierna y el que pierde acompaña.

Tres Mujeres peronistas

Como ningún otro partido, el peronismo le dio a la mujer un lugar central en su estructura y organización, le otorgó derechos y la empoderó, diríamos hoy. Evita primero e Isabelita después, y por motivos bien diferentes, marcaron a fuego la historia argentina. La historia y con justicia les ha reservado a una y otra el recuerdo y el olvido, respectivamente. Perón supo estar casado con ambas, una síntesis del rumbo impredecible que ha caracterizado al peronismo.

Cristina (aquí nunca se apeló al diminutivo), como sus antecesoras, también fue esposa de un presidente pero fue la única de las tres que llegó al poder por un voto dirigido a su persona, y no una sino dos veces. A su gestión también le imprimió su sello personal, profundizando el rumbo ideológico e incorporando a su gobierno a una nueva generación de jóvenes. A los peronistas que en su momento miraron de reojo a Néstor Kirchner se sumaron otros: para el núcleo rígido y conservador ya era demasiado.

Evita fue amada por todo el arco peronista y odiada por la derecha más recalcitrante que no tuvo empachos en festejar su muerte. Cristina, sin embargo, no sólo es odiada por la derecha sino por un sector significativo del peronismo, que en una primera etapa se limitó a guardar un llamativo silencio frente al hostigamiento mediático y la persecución judicial a la que fue sometida, para pasar directamente a la dura crítica en una etapa posterior.

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La imagen de mujer potente y poderosa, y no por eso sin glamour, ha incomodado a muchos hombres de la dirigencia peronista. Es oportuno recordar como ejemplo, que a Cristina no le tembló el pulso cuando en un acto en la cancha de Ríver se le plantó a Hugo Moyano frente a 50 mil almas (masculinas). Ese mix de vuelo intelectual y presencia estética incomodó también a muchas mujeres, periodistas y políticas algunas de ellas (Elisa Carrió, Margarita Stolbizer y Beatriz Sarlo son buenos ejemplos), que siempre dejaron la sensación de tener un tema con Cristina, motivaciones y sentimientos que trascendían las lógicas diferencias ideológicas.

Ella o vos era el spot de campaña de De Narváez, y los insultos que suelen regalarle a Cristina tales como conchuda o yegua, hacen alusión a su condición de mujer (curiosamente en otros tiempos yegua era equivalente a pedazo de mujer). No casualmente, además, las críticas y agresiones a su persona arreciaron cuando quedó en la soledad de la viudez después del fallecimiento de Néstor Kirchner (Luis Barrionuevo solía referirse a Cristina como la viuda).

Para completar, de la derrota electoral del 2015 propios y ajenos la han hecho en buena parte culpable. Pero ahí está, para esperanza de muchos y fastidio de otros tantos.

¿Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista?

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