La propuesta de la unidad amplia contra el macrismo suele provocar distinto tipo de objeciones. Está la banalidad que afirma que no es bueno que las uniones se establezcan “contra”, en lugar de “por”. Pero no existen generalidades de este tipo, la política solamente puede juzgarse aquí y ahora. Es en el propio campo desde donde se impulsa la unidad donde florecen objeciones y dudas. 

La más interesante y digna de ser discutida de esas dudas es la que objeta que la unidad amplia significa volver al centro de la escena a un conjunto de dirigentes que mucho tuvieron que ver con el ascenso y la consolidación del gobierno de Macri. El campo lo integran, centralmente, quienes aportaron a su triunfo electoral, quienes se sumaron a la estrategia de la guerra psicológico-mediática contra la ex presidente y quienes votaron las leyes fundamentales para modificar el rumbo del país en un sentido antinacional, antipopular y antidemocrático. El punto más fuerte que sostienen quienes desconfían de la unidad es que de lo que se trata no es de derrotar a un gobierno circunstancial sino a un proyecto de país, y que no está claro que esto sea así para algunos hipotéticos o reales aliados. De ese modo se llega a la conclusión lógica que podría estar gestándose una nueva etapa del curso neoliberal, administrado de otro modo desde el gobierno; un modo más realista, menos ideológico, más político y menos insensible al dolor social. 

Es una objeción legítima y tanto a quienes la sostienen como a quienes la refutan  no les queda más remedio que vivir los acontecimientos y no reemplazarlos por profecías. Y los acontecimientos en este país tienen una gravedad inusitada. Cualquiera sea la palabra clave que pudiera intervenir en un balance de época-industria, trabajo, desarrollo, justicia, educación, ciencia, independencia, democracia o cualquier otra de este repertorio clásico- termina evocando la existencia en el país de un nuevo régimen político. Es decir de una manera, diferente a la democrática, de ejercer el gobierno y administrar las consecuencias de sus actos. Es muy inusual el  espectáculo creado por el impresionante aumento de los servicios públicosperpetrado a fin de año y seguido de las largas vacaciones presidenciales y del desenfrenado intento mediático-político por hablar de cualquier cosa que no sea de la situación económica; a no ser que el tema sea la “quietud” del dólar después de sucesivas mega-devaluaciones. Los expertos dicen que el gobierno quiere crear todo el mal ahora, para virar a partir de marzo hacia un veranito preelectoral. No hace falta decir que es una apuesta temeraria. 

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La experiencia macrista no es cualquier experiencia neoliberal. Su lugar histórico es muy relevante. En primer lugar porque es el gobierno del “cambio”, es decir del retroceso, del regreso a la Argentina normal después de un “paréntesis circunstancial” provocado por el “pequeño desperfecto” del derrumbe de 2001. Es decir que se trata de una experiencia refundacional y restauradora. La que tiene que mostrarle al “mundo” la viabilidad de una Argentina definitivamente vacunada contra el virus populista. La que va a revelar que con dosis adecuadas de mentiras, represión y cooptación se puede hacer lo que en otras épocas –incluidas las más violentas y menos legales– no se pudo hacer. Y en el panel de comando operativo están los cuadros del nuevo capitalismo argentino, los que no están contaminados por la vieja política, los que no pueden ser puestos en duda en cuanto a su cabal pertenencia al país decente. 

El macrismo es una realidad y es un símbolo. Es el símbolo de una victoria que se pretende definitiva y que intentará abrirse paso sin medir los costos. No respetará ningún mito. Ni el mito peronista, ni el sindical, ni el de los derechos humanos, ni mucho menos el de la democracia. Y lo que queda de la democracia es el voto popular. El mundo perfecto del nuevo régimen no incluiría una elección y mucho menos en estas circunstancias. Esto no significa un pronóstico de lo que va a ocurrir. Es el registro de un problema existencial: las elecciones (limpias) siempre se pueden perder. Y podría llegar la situación en que solamente la proscripción política o el fraude pudieran impedir la derrota electoral del gobierno. Parece demasiado dramático el relato pero hasta aquí el macrismo no se ha privado de nada en materia de producir daño político a sus opositores. No hay que olvidar que la “justicia” del régimen llegó a intervenir al Partido Justicialista. ¿No es eso una señal de voluntad política? La unidad contra el macrismo es también, entonces,  una unidad para que las elecciones tengan lugar y sean limpias.

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La derrota del macrismo sería el desbarajuste del complejo dispositivo de poder armado durante todo el último tiempo que empezó antes de la victoria electoral de 2015. Que tiene su pata mediática, judicial, policial, publicitaria y servicial. La política del macrismo descansa en la articulación y el frenético funcionamiento de esos recursos. Claro que una derrota electoral no equivaldría al aplastamiento definitivo de esa maquinaria: lo definitivo no existe en la política. Pero negar que en el caso de que ese resultado se produjera, estaríamos ante un gran momento democrático sería insensato. 

A todo esto se suma una cuestión esencial. La correlación de fuerzas políticas en el interior de esa unidad es muy favorable a sus sectores más claramente defensores de un proyecto alternativo de país. Es cierto que, como en el tango, hay “caras extrañas” en el interior del impulso a la unidad. Pero justamente en esa heterogeneidad está la fuerza de ese impulso, porque es una heterogeneidad que está en la sociedad, como lo revelan algunas protestas de estos días, protagonizadas por gente que votó a Macri. Claro que esa heterogeneidad, tarde o temprano, dará lugar a la construcción de un punto de referencia central. Un punto que en política siempre está vacío, por más que haya muchísimos indicios de quién podría ocuparlo. Más aún, ese punto no es un nombre sino el lugar de una hegemonía. Es el lugar de un nuevo sentido común colectivo. 

No hay una lucha contra el neoliberalismo en abstracto. La lucha se libra siempre en la coyuntura, que es el tiempo en que los hombres y las mujeres vivimos y morimos. Impedir la continuidad de este régimen no es una cuestión menor, factible de ser subordinada a principios pretendidamente universales. Es la condición primera y fundante para el nacimiento de una etapa cualitativamente superior de la historia política argentina.

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