Chico conoce chica, la comedia de Hollywood le saca el jugo. Presidente conoce presidente, las Cancillerías y los medios afines abusan del paralelismo: hablan de “química”, “empatía”, “onda” y otras simplezas. Como en las comedias o en la vida real el primer encuentro puede influir, pero la larga convivencia siempre es crucial. 

El presidente brasileño, Jair Messias Bolsonaro, recibió a su colega argentino Mauricio Macri en Brasilia. Dos desaires anteriores (ahora dicen) quedaron atrás: Bolsonaro no vino para el G-20, Macri veraneaba cuando asumió su par. Sobreactuaron amistad aunque a Macri (cultor de la doctrina Chocobar) sus asesores le aconsejan no fotografiarse “disparando” con las manos. 

Objetivamente tienen un destino común, una frontera gigantesca, un intercambio comercial único. Ningún país es soberano del todo, en la aldea global. Pero hay mandatarios o visiones ideológicas que se empeñan en ampliar los márgenes nacionales de decisión. Otros prefieren el alineamiento con los países hegemónicos aunque jamás hablen de dependencia.

A los contertulios de Brasilia no los unen el amor ni el espanto, sí intereses  y la subordinación al Departamento de Estado.

Como Aníbal Troilo, Estados Unidos nunca se fue de este Sur, pero su política exterior posterior al atentado a las Torres Gemelas permitió un resuello. Coincidió con la llegada de experiencias populares variadas, más o menos radicales pero muchas antagónicas con la herencia neoconservadora de los ‘90.

Prevalecieron la paz y la no intervención en otros Estados, por un lapso prolongado y con una intensidad tal vez sin precedentes. La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) medió exitosamente para frenar sangrientos intentos golpistas contra el presidente boliviano, Evo Morales, y contra el ecuatoriano Rafael Correa que incluso fue secuestrado por fuerzas de seguridad. Las coincidencias políticas gravitaban pero todos los gobiernos cooperaban en un organismo flamante, de nimia institucionalidad cuyas resoluciones exigen unanimidad de los presidentes. O, cuanto menos, inexistencia de vetos así fuera de uno solo. Diplomacia presidencial al rojo vivo que eleva el protagonismo de los mandatarios y confina a las Cancillerías. Kirchner fue electo presidente del organismo con la anuencia de todos sus integrantes: una sola bolilla negra bastaba para dejarlo afuera. 

Las derechas autóctonas, con la cooperación recurrente de “la Embajada” le coparon la parada a Unasur. Cambiaron la correlación de fuerzas mediante golpes de Estado atípicos, novedosos: en Paraguay, Honduras, Brasil y ahora van por Venezuela. Macri y Bolsonaro 2019 se contraponen a Lula da Silva-Néstor Kirchner en 2003. Pasaron cosas, caramba. 

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Siglas didácticas: El Fondo Monetario Internacional (FMI) delinea la política económica argentina. Con entrañable sensibilidad propuso esta semana (volver a) bajar el gasto en jubilaciones. O, como bromean Rudy y Daniel Paz, reducir al mismo tiempo la expectativa de vida y los haberes jubilatorios. La guerra del cerdo arremete contra derechos constitucionales y salvaguardas acentuadas en la etapa kirchnerista.

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La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, rinde pleitesía a las directivas de la DEA norteamericana. El “combate contra la droga” combina bien con la persecución a los inmigrantes, tendencia irrefrenable en los faros democráticos de Occidente, empezando por Washington. 

Santiago Maldonado y Rafael Nahuel deberían estar vivos. La demonización de la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) es otra fantasía paranoica de las agencias estatales gringas, que la Casa Rosada compra al costo y exacerba.

La exaltación del uso doméstico de las armas de fuego importa otra tradición de la derecha norteamericana antagónica respecto de la cultura cotidiana de la mayoría de los argentinos. Bolsonaro la exalta, brutal y hasta alegre. Macri delega en Bullrich el rol de los bufones en las antiguas cortes: deslizar, burla burlando, lo que los monarcas piensan.

La economía argentina y la norteamericana son, en gran dosis, competitivas y no integrables. Lástima, pensará el nimio canciller Jorge Faurie, uno de los personajes más patéticos del equipazo macrista. 

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El sabor de la cereza: Calificar como panfletario al relato M sobre la política exterior del kirchnerismo constituye una falta de respeto. Al panfleto, claro… un género comunicacional que puede ser certero y conservar coherencia interna aunque simplifique o recargue las tintas. 

La semblanza de la derecha saltea los hechos y carece de congruencia. Es imposible conciliar el nivel de comercio internacional de la economía K con el aislamiento. Argentina expandió mercados y, con ellos, relaciones. A Mercosur, primero por cojones. A China, a la Unión Europea, a otros países sudamericanos. Los gobernadores argentinos fatigaron geografías foráneas, ignotas para sus predecesores: aprendieron, comerciaron, se capacitaron.

La Cumbre de Mar del Plata acunó el “No al ALCA” que puso coto a un intento comercial expansionista del ex presidente George W. Bush. Consiguió empa(s)tar la votación del documento final, en minoría. Lula, Kirchner y el presidente de Venezuela Hugo Chávez actuaron como adalides. Pero el voto-bloqueo fue suscripto también por los otros integrantes de Mercosur. Uruguay y Paraguay adhirieron, los presidentes Tabaré Vázquez y Nicanor Duarte Frutos firmaron la (pongámosle) declaración final en disidencia. Tabaré dista de ser un bolivariano; Duarte Frutos pertenece a una fuerza de derecha. Un sentido común diferente, añorable hoy en día, dejaba su marca.

La ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner brilló en una reunión del Grupo Río que (con agenda reformulada de urgencia) impidió el avance de una ofensiva bélica de Colombia contra Ecuador. El consenso trascendió a los “populismos”, he ahí la clave de su éxito.

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Macri viaja a China y la vulgata oficial se extasía por la exportación de cerezas. No se trata, exactamente, de un producto con gran valor agregado. Los cien mil puestos de trabajo que generaría suscitan otro desagravio: a la fábula. Cifras hiperbólicas que habilitarían esperanzas de mamado. Juguemos con la fantasía que, de momento, sigue saliendo gratis. Si acentuamos las ventas de chía (Argentina ya es un gran exportador) y les metemos gamba al ajo, el hinojo o los arándanos tal vez la creación de nuevos empleos campestres compense la tormenta de despidos, consecuencia del desmantelamiento industrial. 

Nota al pie; el delirio del Gobierno muestra la hilacha cuando ensalza actividades que conchaban trabajadores de temporada. Inestables, endémicamente desvalidos, “condenados” a la movilidad geográfica. La legislación laboral de la década infausta amplió los derechos de ese colectivo históricamente sobreexplotado. Epocas felizmente superadas en las que un ministerio de Trabajo obraba como contrapeso al poder patronal. Degradarlo a secretaría armoniza con la tala de derechos laborales.

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Héroe de otra patria: El atentado a la Embajada de Israel atacó territorio de ese estado, enclavado en la Argentina. Ambos países fueron agredidos. Israel no muestra interés en dicha causa, arrumbada en algún estante de la Corte Suprema.

El atentado contra la AMIA agredió a la Argentina. Una organización de la colectividad fue el blanco, argentinos o migrantes de países vecinos todas las víctimas. La participación de Israel en la pesquisa divagó entre la pasividad y chispazos cómplices. El entonces embajador de Israel en la Argentina Itzhak Avirán declaró años después que los terroristas ya no importaban a su país porque habían sido ejecutados.

Las organizaciones comunitarias se plegaron a las operaciones encubridoras del menemismo en yunta con varias de sus figuras rutilantes con cooperación de jueces y fiscales. Se instaló una historia falsa, adornada con sobornos a testigos.

Décadas después, el conflicto israelí-norteamericano con Irán transfiguró a sus enviados y a los voceros de la Embajada. Las cuitas de los correveidiles están mejor contadas en los papeles oficiales de Wikileaks que en ensayos revisionistas. El premier israelí, Benjamín Netanyahu, años ha,  prepeó “de visitante” al entonces presidente norteamericano Barack Obama. Injerir en la Argentina es, comparativamente, un juego de niños.

El acoso judicial a los ex presidentes Lula da Silva y Cristina Fernández de Kirchner reconoce una terminal en “la Embajada”. Lo perciben, denuncian y lloran grandes empresarios locales, golpeados por las esquirlas de la causa de (las fotocopias) de los cuadernos. La Cámara Federal, da la impresión, restaura parte del orden subvertido, reduce los cargos contra los presuntos autores de cohecho activo. En los quinchos VIP traducen: la primera instancia con el auxilio del juez supremo Ricardo Lorenzetti se pliega a la Embajada. Tal como supo hacerlo Sergio Moro, flamante y recompensado ministro de Justicia de un gobierno fascista. Hasta hace un par de meses se lo sindicaba como paradigma del juez independiente. 

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Cualquier tradición política nacional (no patriotera) desconfía del conciudadano elevado a héroe por una potencia extranjera. El fiscal Alberto Nisman tiene un monumento en Israel, reconociéndole seguramente los patrióticos servicios prestados, adivinen a quién. Los homenajes en el extranjero atrajeron más adhesiones que los realizados en la Argentina.

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Venezuela en la mira: Cada Estado decide si reconoce a otros o el modo de relación que entabla. Pero la agresión a Venezuela difiere de un debate de buena fe. Desconoce la libre determinación de los pueblos. Trae bajo el poncho la amenaza cada vez más inminente de una agresión armada con el aval o la participación directa de Washington. 

La regresión sería fenomenal.  Una invasión contagia otras, el efecto dominó es una constante de las políticas imperiales. Si “cae” Venezuela las campanas doblarán por otro proceso popular. Como cuando la Cumbre de Mar del Plata, Bolivia sigue a Venezuela en el ranking de odios de Washington.

El belicismo norteamericano jamás exportó paz o democracia; siempre fue vivero de otras guerras o nuevas formas de violencia. La retaliación desatada después del 11 de septiembre de 2001 acentuó padeceres endémicos.

Las estrategias norteamericanas, de Corea a hoy, contradicen el sentido común; si el remedio agrava la enfermedad se duplica la dosis, ad nauseam y ad infinitum. Si fracasa en un territorio, se expande a otros. La pulsión de sangre de la cultura norteamericana es un producto exportable, tanto como las armas.

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Saldos y déficits: Macri se ufana por las palmaditas en la espalda que le dan los poderosos y por haber conseguido el préstamo con hipoteca social del FMI. 

El saldo genérico desmiente su optimismo. El déficit fiscal trepa a 5,2 por ciento del PBI, una locura que se disimula restándole los 2,3 puntos que adiciona el pago de la deuda (ver asimismo nota aparte).

Las cruzadas contra la inseguridad y el narcotráfico fracasan estrepitosamente aunque funcionan sus efectos colaterales: “mano dura”, represión a pibes chorros, discriminación a inmigrantes. La violencia institucional (oxímoron espantoso, que los hay) se ensalza como política de Estado.

Treparon la inflación, el déficit, el desempleo, la concentración del ingreso, siguen las firmas. Si eso es entrar al mundo… en fin.

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