En Brasil, Bolsonaro, ex milico (si es que alguna vez se deja de serlo) se lanzó con todo contra opositores e identidades sexuales. Por estos pagos, la cosa es más discreta, pero la brutalidad brasilera y la represión a la argentina tienen por detrás una misma mentalidad, la que prioriza la propiedad y el orden por sobre cualquier otro valor.

Onyx Lorenzoni, ministro de la Presidencia nombrado por Jair Bolsonaro, defendió de esta manera la decisión de hacer una limpieza ideológica entre los empleados del Estado brasilero: “La sociedad brasileña decidió por mayoría decir ‘basta’ a unas ideas socialistas y comunistas que, durante 30 años, nos llevaron a este caos que vivimos hoy de desempleo, de desestructuración del Estado, de inseguridad de las familias, de mala prestación de sanidad y de una escuela que en vez de educar, adoctrina”. Puede decirse que tiene su lógica, pero, ¿cuál? La lógica, vamos a decirlo rápidamente, es militar. Se da por hecho y por deseable que si un gobierno va a seguir una determinada línea política debe, desde el mismo principio, apropiarse por completo del Estado, que es su herramienta para lograr que la realidad se acomode a sus deseos y designios. Sin eso, no hay manera. A su vez, ese Estado debe actuar de forma mancomunada, sin fisuras ni discusiones internas. Hay una cabeza, en este caso Bolsonaro, que marca el rumbo al que todos deben ceñirse y para formar parte de esa empresa no se pueden tener antecedentes que eventualmente puedan ponerla en riesgo. Como en el ejército. Una guerra no admite gente que tenga sus propias ideas. Quienes se salen de la línea son considerados desertores o directamente traidores y son juzgados como delincuentes por la justicia militar, y a veces hasta castigados con la muerte.

Por el momento, el presidente del Brasil se conforma con expulsarlos de sus empleos, la cuestión es qué rumbo les queda como posibilidad, cuando la caza de brujas iniciada por el Estado corre el riesgo de tomarse como norma en el sector privado. Pasan de desertores a parias. Hoy son trabajadores, mañana marginales, tal vez víctimas de la policía alentada y protegida desde el poder. No por nada Bolsonaro viene del riñón militar y celebra la dictadura, algo que ha incorporado como estilo a su gestión de gobierno.

Otro aspecto de la lógica militar es eliminar la idea de representación democrática. De hecho, Bolsonaro gobierna un país donde casi la mitad del electorado le votó en contra. La obediencia debida al nuevo proyecto se impone sobre el hecho de que se supone que gobierna para los que lo votaron y para los que no. La idea de que llegó al poder un gobierno con destino de perpetuidad, cuyas ideas se enraizarían en el “verdadero” Brasil, pervertido por años de descontroles y libertinajes varios.

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La derecha brasilera tiene menos escrúpulos para decir lo que piensa, así que allí esa lógica se manifiesta, como hiciera Lorenzoni, a viva voz, de manera clara y estridente tal como se dan las órdenes en el ejército.

Por estos lares todo es un poquito más soterrado, aunque la lógica militar hace de las suyas en ciertos discursos, como del de Patricia Bullrich, quien ha encontrado en Morales Solá un vocero con recursos retóricos un poco más sutiles. Se puede pensar que la recurrente apelación a la baja de la edad de imputabilidad de los menores y a la xenofobia forma parte de una estrategia electoral para cambiar de tema y tapar así el desastre económico. O tal vez es la manera de justificar la política económica. (volveremos sobre esto) Puede ser. Pero de alguna manera tiene bases sobre las qué poder sostenerse y resultar un recurso exitoso. Porque también instala una lógica. La de la solución inmediata (que también es militar, un soldado no acepta excusas ni dilaciones) que, de una manera u otra, es bélica. Hay que aniquilar al ejército enemigo- en este caso la delincuencia cuyos integrantes no suelen tener nombre ni señas particulares en el discurso oficial y en el de la mayoría de los medios. Los enemigos suelen ser una masa indiferenciada. La llamada inseguridad es una realidad pero también una construcción, cuyo núcleo es prescindir de toda pregunta por las razones del delito. No hay tiempo para hipótesis, primero disparo, después especulo.

Ni importa que se venga demostrando desde hace añares que las cárceles no sirven para nada, tampoco el hecho de que mayor cantidad de policías no redunde en una disminución de las cifras del delito. No se trata de buscarle soluciones al problema, en definitiva porque se cree que el problema no tiene solución, por lo tanto lo que hay que hacer es crear más leyes que digan de la voluntad de terminar con el enemigo. Una forma de hacerlo, la más drástica de todas es la muerte. Por eso Bullrich y también Macri avalan el gatillo fácil y se pronuncian cada vez que pueden contra lo que llaman “garantismo” que en realidad es la forma más acabada de plantear que un delincuente tiene derechos pese a al delito que haya cometido. Ayudado por un latiguillo que tiene mucho de mala fe, que se respetan más los derechos de los victimarios que los de las víctimas –aunque nadie se tome el trabajo de explicar de qué se tratan. Y con ese estilo monocorde pero brutal que la caracteriza, la ministra de Seguridad declara a Clarín: “Los organismos de DDHH nunca se ponen del lado del policía asesinado, ni de la víctima”, lo cual es una chicana falaz e innecesaria. Son diferentes derechos, al delincuente se le debe garantizar (de allí viene lo de “garantismo”) su derecho a la integridad física y a la víctima el derecho a que el delito sea juzgado como corresponde pues es la forma en que la sociedad expresa su voluntad de reparar o intentar reparar los daños sufridos. La reparación, de existir, es la aplicación de la justicia y no el castigo, aunque la sentencia pueda incluirlo. Pero eso es muy complicado para la lógica militar que de alguna manera subsiste en vastos sectores de la sociedad argentina. Porque propone soluciones, aunque no sirvan para nada, porque se pueden convertir en realidades palpables, aunque sean efímeras. Un delincuente muerto (uno menos, de acuerdo a Eduardo Feinmann) es algo real, hasta tangible. También lo es un menor preso. Es lo que dijo sin muchos tapujos Esteban Bullrich durante la campaña de 2017: “El camino que hemos emprendido todos los días tiene un pibe más que está preso.”

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La discriminación a la brasilera se ejerce en dos planos, la política, desembarazando al Estado de todo opositor, y social, contra la delincuencia y la ideología de género. Por aquí, con centrarse en la delincuencia por ahora alcanza. En este momento no parecen dadas las condiciones para la consolidación de un Bolsonaro local (pese a los deseos de Olmedo y Espert), pero sí da para pensar que hay una matriz en común con la situación brasilera que empuja a lo que a falta de mejor nombre podríamos llamar una “bolsonarización” que pasa por la adopción más plena de esa lógica militar que tiene también su retórica que es la jerarquización absoluta del orden como valor supremo. Por eso el presidente puede hablar de na fiesta de 70 años. En las fiestas hay desorden.

Si se toman las dos experiencias neoliberales previas a Cambiemos, se nota un rasgo en común. Con la dictadura y con Menem se vivieron situaciones –precarias y ficticias- de cierta sensación de bienestar. Con la tablita, aparecieron los viajes al exterior y el “deme dos”. Con Cavallo y la convertibilidad, el freno a la inflación y el acceso a bienes importados, desde sal hasta cervezas belgas, pasando por arenques del Báltico. Por supuesto, todo terminó en un desastre, pero, en la experiencia neoliberal inaugurada en 2015, no hay sensación de bienestar, ni verdadera ni falsa, y todo se parece a una hecatombe. Es como si este neoliberalismo fuera el futuro del que tuvimos antes, su profecía esperable, aunque no dicha.

Sin embargo, el apoyo a Macri –como a Bolsonaro- parece seguir casi incólume pese a los presagios catastrofistas de Gustavo Sylvestre, quien, como todos, les cree a los encuestadores que van en su dirección. Las encuestas, a esta altura del partido, tienen más que ver con la publicidad que con el manejo fehaciente de datos.

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Como sea, todo daría como para que la situación fuera más conflictiva que la presente. Se puede hablar de limitaciones y debilidades de la oposición, eso es cierto, pero no responde a la pregunta de por qué Macri tiene mucha gente que lo defienda, más allá de quienes se benefician de su política económica que son más bien pocos.

No se pretende responder esta pregunta –sería un exceso de soberbia- sino dejar otras. ¿No se podría pensar que es esta lógica militar la que engendra el neoliberalismo –el proyecto económico que mejor le sienta en estos tiempos- y no al revés? ¿Qué, en definitiva la lógica de la exclusión, de la discriminación, de las soluciones rápidas a cualquier costo definen también al neoliberalismo? ¿No son la lógica militar y el neoliberalismo el matrimonio perfecto?

 

 

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