Llega al Congreso de la mano de Carrió, con quien comparte la práctica permanente de la descalificación y un fanatismo que se disfraza de moral. Basta escucharlo y darle una ojeada a sus libros, para darse cuenta de que Iglesias es un  entusiasta cultor del exabrupto y un personaje que casi siempre parece una caricatura de sí mismo.

A la errónea y mínima erudición, el doctor Castro añade el infatigable ejercicio de la zalamaería, de la prosa rimada y del terrorismo.

(Jorge Luis Borges)

A contramano de aquel aserto que señala que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, André Malraux sentenció que, en realidad, los pueblos tienen los gobernantes que se les parecen. Algo de razón tenía. ¿Quién no conoció a un pícaro como Carlos Menem? ¿Quién no se cruzó alguna vez con algún ejemplo vivo de austeridad como Arturo Illia? El problema pasa, claro, cuando los malos exponentes de una sociedad llegan a lugares de poder. Algún vivillo de barrio que se las rebusca para  no pagar la luz, por citar un caso benigno, nunca falta. En el otro extremo, Mauricio Macri llegó a presidente. Asimismo, no es difícil encontrarse con alguien cuyo nivel argumentativo se queda en la chabacanería y la descalificación del otro. Es el caso del  profesor Fernando Iglesias.

Cuando Elisa Carrió dejó de pertenecer al progresismo en el que alguna vez, supuestamente, anidó, desarticuló el ARI y formó un espacio llamado Coalición Cívica. Era el año 2007, salió segunda en la elección presidencial y su lista de diputados por la Capital permitió el arribo al Congreso, entre otros, de Patricia Bullrich y el profesor Iglesias. Al poco  tiempo, estalló el conflicto de la 125, la doctora Carrió vio un filón y se embanderó en las filas de esa entelequia llamada “campo”, que en verdad es un conjunto de patronales agrarias que no sufre problemas de caja desde hace décadas. El profesor se convirtió en una de las espadas mediáticas de Carrió y comenzó a frecuentar los sets de televisión, casi con más asiduidad que la Cámara de Diputados.

(Digresión: al hablar del profesor conviene aclarar que dicho así como así podría remitir al personaje del profesor que componía Marcello Mastroianni en Los compañeros de Mario Monicelli, acaso la mayor película de la historia en materia de relaciones laborales. Vale la pena resaltar esto por varios motivos: el profesor italiano es un teórico revolucionario en las antípodas de nuestro profesor; el título de la película hace alusión a la forma genérica en que se identifican entre sí los peronistas, lo cual no sería exactamente del agrado de Iglesias; el profesor Sinigaglia del cine es un profesor de escuela, y el de acá es profesor de Educación Física.)

En nombre de la República, Iglesias siguió a Carrió hasta la debacle electoral de 2011, cuando la CC se hundió en el dos por ciento de los votos y apenas pudo renovar su banca Patricia Bullrich.. El derrotero siguiente de la doctora, convertida en una auténtica profesional de la política, consistió en salvar a la Nación del espectáculo impúdico de la corrupción, que mina los cimientos éticos de la República y aleja a los hijos de este suelo del recto camino señalado por nuestros próceres. Para conseguir tan loable objetivo, la denominada “referente moral” no dudó en aliarse con Mauricio Macri. Se trata del homónimo de un Mauricio Macri procesado por contrabando en una causa de la que lo salvó una Corte Suprema que por ese fallo fue llevada a juicio político; y vástago de un empresario epítome de la patria contratista que logró la hazaña de pasar de siete empresas en 1976 a 47 en 1983, mientras el país se hundía durante una dictadura atroz que le estatizó sus deudas. Valga la aclaración, pues, para no confundir a Mauricio Macri con el otro Mauricio Macri.

Un diputado de libros llevar

Después de seis años en el llano, el ex diputado volverá a ocupar una banca en el Congreso. En el interín dio rienda suelta a la verborragia literaria. Publicó Es el peronismo, estúpido, donde se propuso ya no tratar de interpretar un movimiento de masas complejísimo como el peronismo, sino de defenestrarlo; La década saKeada (sic); y El año que vivimos en peligro. Cómo sobrevivió el gobierno de Cambiemos al Club del Helicóptero. El subtítulo de este último opus es engañoso: que se sepa, lo que él llama Club del Helicóptero formó parte del gobierno de Fernando de la Rúa, y algunos conspicuos miembros de aquel elenco se reciclaron en Cambiemos, a saber: Hernán Lombardi, Darío Lopérfido, Oscar Aguad, ¡Patricia Bullrich, caramba! Con lo cual uno podría entender que esta administración sobrevive pese a algunos funcionarios.

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El texto que en su título parafrasea a un film de Peter Weir y La década saKeada fueron publicados por Margen Izquierdo, el sello de Luis Majul. (Otra digresión: en una librería encontré La década saKeada y miré el comienzo y el final. La introducción arranca de esta manera: “Nadie puede ya declararse kirchnerista, honrado e inteligente al mismo tiempo. El que es kirchnerista e inteligente, no es honrado. El que es kirchnerista y honrado, no es inteligente. El que es honrado e inteligente, no es kirchnerista. La realidad no es una opinión”. Menuda forma de empezar un libro: permuta “peronista” por “kirchnerista” en lo que es un viejo chiste gorilón, y convierte la chanza en realidad, no en opinión; ergo, según Iglesias, la inteligencia y la honradez no residen en una tradición política argentina. Al final, en los agradecimientos, señala “las sugerencias estadísticas” que le brindaron dos economistas de la talla de Orlando Ferreres y José Luis Espert; y pondera “el injustificado interés por mis ideas” que demostró un grupo de intelectuales conformado por Gabriela Michetti, Ernesto Sanz, Patricia Bullrich y Germán Garavano, más Majul como editor del libro. No queda claro si lo de “injustificado interés por mis ideas” es una errata o un fallido. Más impresiona que entre el comienzo del libro y el cierre se sostendría un ensayo de unas 500 páginas.)

Nuestro profesor pulula por los medios tanto como defensor a ultranza del Gobierno como fiscal implacable de los años kirchneristas, a los que en pleno apogeo dedicó un libro para explicar por qué no adhería a los postulados de esa etapa del peronismo. Hay libros que justifican adhesiones partidarias, pero no se registraban antecedentes de un volumen escrito para proclamar una falta de adscripción hasta que entró en escena Kirchner & yo. Por qué no soy kichnerista.

Iglesias opera como una especie de Mr. Hyde, o como el otro yo del Doctor Merengue: dice cosas que ningún funcionario más o menos modoso del macrismo se atrevería a decir en público (y eso que los modositos corrieron bastante la vara y han dichos algunas cosas inimaginables, como la esperanza de vida de 200 años para convalidar una suba en la edad de jubilación; eso sí, con una diplomacia de la que adolece el profesor). A su modo, aunque no le guste la comparación, es un símil Luis D´Elía del macrismo, con la diferencia nada menor de que Cambiemos se atrevió a incluir a su Hyde en las listas de este año y así lo tenemos de vuelta en el Congreso.

 Ahora, los medios

Además de sostener a ultranza, como un talibán, la probidad del Gobierno en el caso Maldonado, el deporte preferido del catedrático en los últimos tiempos es enzarzarse en la crítica absoluta, ya no a quienes se paran en la vereda de enfrente, sino a los equidistantes. Para eso utiliza un invento tuitero, destinado a ser efímero, pero que él se esmera en querer darle perdurabilidad: la figura de Corea del Centro.

En tiempos de la declamada “grieta” se habló mucho de dos bandos irreconciliables. Proponer la idea de Corea del Centro constituye una extorsión; equivale a decir que no hay medias tintas ni matices, y obliga a tomar partido. Eso sí: si no se piensa como uno, se es un enemigo. Y si se pretende la equidistancia, también. Ese es el metamensaje.

Si hay una Corea del Centro, entonces, los dos extremos son el Norte y el Sur. Se supone que el Sur es la democracia y la libertad, frente al anacrónico y dinástico régimen de los Kim al norte del Paralelo 38. Las cosas no serían tan sencillas. Uno de los modelos que admira Cambiemos es Chile. Por si faltara aclararlo, el Chile de las reformas monetaristas del pinochetismo. Hace un tiempo, Marco Enríquez-Ominami, disidente de lo que alguna vez fue la Concertación, definió a su país con crudeza a través de esta fórmula: “Chile es la Corea del Norte del capitalismo”. Así quería significar que su patria se había corrido hacia el máximo extremo, hasta un punto tal de tensión que sólo podía espejarse en un resabio comunista ultraortodoxo. Entonces, no queda claro si estamos en el Sur y vamos hacia el Norteo o viceversa, pero  el centro es malo, eso seguro.

Un repaso por los tuiteos de  Iglesias permite corroborar que no habría mayores diferencias entre un intelectual que retoma la vida parlamentaria y un barrabrava o alguien que gusta de practicar bullying. Su tirria hacia María O´Donell y Ernesto Tenembaum así lo grafica. No se queda allí.

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Un medio no está exento de que le hagan críticas.  Pero una cosa es la crítica en sí y otra es usarla para una apretada. Tuitear una seguidilla de portadas de Página/12 respecto de su cobertura del caso Maldonado, con sentido crítico hacia el diario, entra en las generales de la ley. Agregar al tuiteo la frase “Pasquín 12. Vergüenza nacional” no llamaría la atención si lo hiciera alguien que confunde argumentos con  exabruptos y sólo se dedica a descalificar. Ergo, no llama la atención en el caso del profesor. Pero resulta que es diputado de la Nación y, se supone, hay que cuidar las formas. La República, la mujer del César.  Esas cosas.

Con un agravante: el contexto de apriete a medios críticos, pérdida de puestos laborales en empresas periodísticas y expansión de medios oficialistas en detrimento de los opositores. Los programas periodísticos que supimos conseguir y que tienen abonado a Iglesias, esos que moldean el pensamiento en base al formato de ciclos de panelistas, podrían preguntarle si ese nivel de hostigamiento se condice con las prácticas republicanas que se declaman, y si es imaginable, ya no en Cuba o Venezuela, sino en Francia, Alemania o el Reino Unido sin algún tipo de sanción. Por no mencionar que Marcos Peña, apenas asumido este gobierno, había declarado que “se acaba la guerra del Estado contra el periodismo”. La frase no exonera en modo alguno los comportamientos de la era kirchnerista, pero no nos enteramos cuándo se decretó el fin del armisticio para esta nueva guerra de signo inverso, y bastante más feroz, por la pérdida de puestos de trabajo. Que el profesor adjudica a personajes como Sergio Szpolski y Cristóbal López. Vale: pero las alianzas comunicacionales ciertamente lamentables y calamitosas del kirchnerismo no agotan por sí mismas la situación en el mapa de medios de la Argentina en este momento.  Al desastre se lo ayuda con el manejo discrecional de la pauta, que lleva a asfixiar, curiosamente, a los que no son del palo.

No está de más detenerse en dos piezas periodísticas de Iglesias publicadas este año. En “Las esquirlas de un pasado que no termina de pasar” (La Nación, 9/2/2017), el  catedrático indaga en aquella declaración del por entonces director de la Aduana, Juan José Gómez Centurión, según la cual “no es lo mismo 8 mil verdades que 30 mil mentiras” en relación a la cantidad de víctimas del terrorismo de estado. Veamos este párrafo:

“Podrá criticarse la brutalidad de equiparar muertes con mentiras y la impertinencia de que quien debería concentrarse en la Aduana se meta en cuestiones que no le competen. Pero el problema no es ése. El problema es que lo que dice Gómez Centurión es cierto: no hubo 30.000 desaparecidos, y si la discusión de la cifra era impertinente durante los años que siguieron a la dictadura, ya no lo es. Pasadas cuatro décadas, la identificación de todos los desaparecidos, la reparación moral y material de las familias afectadas y el establecimiento de una cifra basada en la realidad y no en el mito deberían integrar el programa de los organismos de derechos humanos como parte de la memoria, verdad y justicia que tanto reivindican”.

El eje de este párrafo pasa por el término “problema”. No puedo evitar la cita del comienzo de una diatriba sutil y filosísima, “Las alarmas del doctor Américo Castro”, de Borges:

“La palabra problema puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar del ‘problema judío’ es postular que los judíos son un problema; es vaticinar (y recomendar) las persecuciones, la expoliación, los balazos, el degüello, el estupro y la lectura de la prosa del doctor Rosenberg. Otro demérito de los falsos problemas es el de promover soluciones que son falsas también”.

La lógica, esa tontera

Porque el problema, justamente, no es la cantidad de víctimas, sino la existencia de más de 300 campos de concentración en la Argentina, la corporización de un plan criminal como no hubo otro en la historia del país y que dio lugar a una masacre en la que la cifra es monstruosa aunque no haya certezas absolutas al respecto. No hay una certeza porque la represión fue clandestina, y el Estado responsable ocultó su tenebroso modus operandi y, por tanto, la cantidad de víctimas. Algo que se reconstruyó desde organismos que contra viento y marea exigieron y exigen; y que Iglesias demanda que “deberían integrar el programa” como si no lo reclamaran hace décadas. Un programa que el Estado no está muy de acuerdo en promover: allí está el 2 x1, que fue un intento posterior a la publicación del artículo en La Nación.

Tampoco se debería perder de vista este otro párrafo del artículo:

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“Si este país hubiera procesado mejor su pasado,  Gómez Centurión no estaría en el cargo que ocupa. Sin embargo, su remoción sería una mala noticia para la democracia porque establecería una inaceptable forma de censura y podría abrir una caza de brujas de consecuencias impensadas”.

Resulta que se desliga del funcionario de su gobierno, del que en un pasaje recuerda su pasado carapintada, pero defiende que siga en el cargo. Curioso razonamiento: la democracia debe tolerar en un cargo público a alguien que se alzó contra la Constitución. Quizás la raíz de fondo sea que tal vez si la Argentina hubiera procesado mejor el pasado, Mauricio Macri no habría hecho carrera política.

La otra pieza es más reciente y pone el foco en el supuestamente ingenioso hallazgo de Corea del Centro. Se trata de “El periodismo desastroso de Corea del Centro” que Perfil publicó en su web el 17 de noviembre, y que funge como respuesta del flamante diputado a una columna de Jorge Fontevecchia en la que se lo equiparaba, como no, con Luis D´Elía.

Vamos a este párrafo. Señor director, disponga de las cámaras:

“O’Donnel sostuvo, en Intratables, que existía en el país un ‘clima macartista’ creado por el ‘núcleo duro macrista’. Pero la principal acción del macartismo fue dejar sin trabajo a los opositores al gobierno estadounidense. Por lo tanto, que en el programa político más visto de la TV argenta hable de ‘clima macartista’ una periodista que trabaja en cuatro medios, incluyendo la TV pública, donde comparte cartelera con Anguita, Manguel y Hebe, es periodismo desastroso. Y victimizarse presentando esa crítica como agresión demuestra que María no es capaz de contestar el argumento”.

La clave pasa por la segunda oración: “Pero la principal acción del macartismo fue dejar sin trabajo a los opositores al gobierno estadounidense”.  María O´Donnell (a quien llama O´Donel) no es opositora. Tampoco oficialista. Digamos que es coreana del centro. Es objeto de la furia de Iglesias, pero no se la deja sin trabajo. Salvo que se quiera pensar que la alusión a sus supuestos cuatro empleos, que incluyen un programa en el canal público, es una apretada. Bien, ¿qué queda para Víctor Hugo Morales? ¿Qué queda para lo que llama “Pasquín 12” y califica como “vergüenza nacional”? ¿No se emparenta eso con una práctica macartista y con la defensa del carapintada Gómez Centurión que hizo en La Nación? ¿”Al amigo todo, al enemigo ni justicia” de su tan detestado peronismo, pero amoldado a este presente?

Nota aparte la  respuesta de la periodista en Twitter: “No trabajo en cuatro medios (sí en la TV pública, algo que por algún motivo subraya, curiosamente, al mismo tiempo que dice que no hay ningún clima macartista) y mi apellido es con doble ‘l’”. Difícil no resaltar lo que dice entre paréntesis.

“Para los ciudadanos de Corea del Centro la imparcialidad significa equidistancia entre los delincuentes y quienes se jugaron la vida denunciándolos, y equilibrio significa medir con la vara de África al kirchnerismo y con la de Suiza a Cambiemos, con la esperanza de que así midan igual”, asegura Iglesias en el último párrafo de su nota en Perfil.

No sabemos quiénes habitan en el territorio indeterminado de Corea del Norte, pero, caramba, se sabe cómo piensan, y por cómo piensan se encienden las alarmas del profesor Iglesias, afecto a las provocaciones desde la Corea del Sur que, con sus paquetes de medidas en materia laboral, previsional y tributaria, anhela que seamos una Corea del Norte del capitalismo. El oficialismo, en cualquier lugar, en  cualquier tiempo, reclama defensores. Se complica hacer la defensa cuando eso implica tapar el sol con la mano (ya no Maldonado, sino el blanqueo presidencial, el manejo de las tarifas de luz en manos de un CEO del sector, el ministerio de Agroindustria a cargo del presidente de la Sociedad Rural, el nivel penoso de Laura Alonso en un área sensible como la Oficina Anticorrupción). No hablemos ya cuando se hace en base a la descalificación permanente del interlocutor y a sostener a rajatabla una posición con agresiones. Eso se llama fanatismo.

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