Una medida reglamentaria de la vestimenta de los empleados municipales platenses, en apariencia insignificante, revela una política de sometimiento que el gobierno cambiemita intenta aplicar a toda la sociedad. En este caso, fracasó puntualmente, pero lo intenta todos los días.

Tuvo que retroceder en chancletas. Así se podría definir la marcha atrás a la que fue obligado el intendente de La Plata, Julio Garro, por las protestas que generó una circular interna que restringía la libertad de vestimenta de los empleados de la Municipalidad.

Los hechos – tanto la medida restrictiva como su desarticulación – a primera vista parecen mínimos, apenas una muestra más del jueguito de “la tiramos a ver si pasa” al que es tan afecto el gobierno de Cambiemos en todos sus niveles. Sin embargo, ponen al desnudo, para utilizar una fórmula discursiva cercana al tema en cuestión, una política que es parte fundamental del aparato ideológico de dominación del PRO sobre la sociedad y de las resistencias que, en ocasiones, éste provoca.

Desde la noche de los tiempos

Por su redacción y sus disposiciones, la medida parece sacada de algún viejo archivo dictatorial. No sólo de la última dictadura, sino que evoca también los tiempos primigenios de la autodenominada “Revolución Argentina”, cuando el general cursillista Juan Carlos Onganía -con la entusiasta colaboración de los comisarios Villar y Margaride – perseguía a quienes se atrevían a vestir pantalones Oxford o minifaldas y había instalado en cada comisaría una peluquería a cargo de “un coiffeur de seccional” cuya única herramienta de trabajo era la maquinita de cortar el pelo a cero.

La circular de la Municipalidad platense.

En su primer párrafo, la circular de la Municipalidad de La Plata dispone: “El personal femenino no podrá asistir con prendas que dejen al descubierto el abdomen, como así tampoco con polleras / vestidos que no alcancen o sobrepasen el límite de las rodillas”.

A continuación también fija pautas para la vestimenta de los varones: “El personal masculino no podrá asistir con remeras / buzos de equipos de fútbol ni con bermudas”.

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Con el calzado no hace diferencia de género: ni unas ni otros podrán utilizar “calzado playero (ojotas, crocs, etc.)”, dice.

Para terminar, la circular dispone que aquel que no cumpla con esas reglas de indumentaria no “podrá tomar servicio” y será considerado “ausente en la planilla de asistencia”. En otras palabras, le van a cobrar la desobediencia.

Más allá de las medidas restrictivas, conviene detenerse en el lenguaje elegido: “personal femenino / personal masculino”, casi un copy and paste de una orden interna de la policía.

La repartición de la que emana la “orden” también deja tela para cortar. La circular está firmada por un tal Roberto A. Di Grazia, titular de la Secretaría de Convivencia y Control Ciudadano. El nombre es realmente revelador: para Cambiemos la “convivencia” social depende del “control” del aparato represivo estatal.

Una política de cuerpos

Las balas de goma sobre los cuerpos de los jubilados que – junto con muchos otros manifestantes – resistían a la reforma previsional, las balas de plomo de la Prefectura que penetraron por la espalda el cuerpo de Rafael Nahuel, la persecución salvaje e ilegal de los gendarmes sobre Santiago Maldonado hasta ahogar su cuerpo en el río, los fusilamientos casi cotidianos que las fuerzas de seguridad perpetran sobre los cuerpos de los pibes marginados, son muestras flagrantes de una “política de cuerpos” que el gobierno de Cambiemos perpetra desde el primer día. Se trata de golpear, de torturar y de eliminar a algunos para someter al resto, para volverlos obedientes.

Un panóptico casi invisible.

Pero esta flagrancia es sólo la punta del iceberg de esa política. Y en tanto visible y provocadora despierta protestas, denuncias y resistencias. La historia política argentina -y la de cualquier otro país del mundo – muestra que, a la larga o a la corta, este tipo de represión pierde eficacia, que por si sola no sirve para sostener a ningún gobierno.

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Mucho menos visible y más a la larga más eficaz es esta otra violencia -aparentemente mínima – que el poder, utilizando al Estado, ejerce sobre los cuerpos. Empezar por la vestimenta es una manera como cualquier otra. Su aplicación constante pero a pequeña escala, su aparente insignificancia, apuntan a entrar imperceptiblemente en el cuerpo social hasta dominarlo por completo.

Una pequeña ayudita de Foucault

Hace ya mucho tiempo que, en Vigilar y Castigar, Michel Foucault la desentrañó y la puso en evidencia.

Allí describe el mecanismo: “El momento histórico de las disciplinas es el momento en que nace un arte del cuerpo humano, que no tiende únicamente al aumento de sus habilidades, ni tampoco a hacer más pesada su sujeción, sino a la formación de un vínculo que, en el mismo mecanismo, lo hace tanto más obediente cuanto más útil, y al revés. Fórmase entonces una política de las coerciones que constituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, de sus gestos, de sus comportamientos. El cuerpo humano entra en un mecanismo de poder que lo explora, lo desarticula y lo recompone. Una ‘anatomía política’, que es igualmente una ‘mecánica del poder, está naciendo; define cómo se puede hacer presa en el cuerpo de los demás, no simplemente para que ellos hagan lo que se desea, sino para que operen como se quiere, con las técnicas, según la rapidez y la eficacia que se determina. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos ‘dóciles’”, dice.

Y va más lejos todavía al describir la eficacia de este disciplinamiento: “La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos económicos de utilidad) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos políticos de obediencia). En una palabra: disocia el poder del cuerpo; de una parte, hace de este poder una ‘aptitud, una “capacidad” que trata de aumentar, y cambia por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierte en una relación de sujeción estricta. Si la explotación económica separa la fuerza y el producto del trabajo, digamos que la coerción disciplinaria establece en el cuerpo el vínculo de coacción entre una aptitud aumentada y una dominación acrecentada”.

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Releyendo, el cronista cae en la cuenta de que la cita es extensa, pero también decide que no puede cortarla, porque su claridad para poner en su justo lugar a la pequeña intentona del gobierno cambiemita de La Plata no tiene desperdicio.

De a poquito, de a poquito, les rompemos…

La represión flagrante y violenta de la que se hablaba más arriba es capaz de frenar un reclamo puntual o desbandar una marcha, pero no puede impedir su repetición, como tampoco la escalada y el crecimiento de las protestas. En definitiva, a la larga será derrotada por la resistencia. En cambio, la otra, la pequeña, la imperceptible tiene una eficacia mucho mayor y prolongada: termina operando desde el propio sujeto. Lo domina y lo transforma en oveja.

El intendente Garro retrocedió en chancletas.

Ayer, el intendente de La Plata, Julio Garro, dejó sin efecto la medida reglamentaria en medio de una lluvia de críticas que tomaron estado público y lo dejaron muy mal parado.

Lo debió hacer por las quejas y protestas, que fueron desde el planteo de que en las actuales condiciones económicas los empleados no pueden comprarse ropa como para andar vistiéndose como quiere el intendente, pasaron por la falta de uniformes e instrumentos protectores – como guantes, por ejemplo – que necesitan determinados trabajadores del municipio para evitar riesgos, hasta no tener en cuenta que hace un calor de cagarse, loco, y vos querés que nos ahoguemos trabajando.

Mirado de manera ingenua, el episodio parece menor y aislado, producto de un exabrupto moralizante de un intendente pelotudamente cavernícola.

Si se lo mira bien, es revelador de una política más amplia, que se busca aplicar de diferentes maneras a toda la sociedad para disciplinarla.

Eso sí es ir por todo.

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