«Narciso plebeyo» se titula la retrospectiva dedicada al artista Pablo Suárez (1937-2006), que se inaugura a las 19 en el Malba y repasa la producción imponente y magnética de una figura irreverente y dinamizadora de la escena local a lo largo de cuatro décadas, desde los años 60 hasta los 2000.

Se trata de cien obras, entre pinturas, dibujos, objetos y esculturas, además de material de archivo inédito, que proponen repensar la producción de Suárez en diálogo con la tradición artística y cultural de Argentina, desde su rol particular en el que se desplazó permanente entre el centro y los márgenes de la escena.

«Toda la potencia tan desfachatada que tenía Suárez no perdió vigencia, en absoluto», señaló a modo de presentación Rafael Cippolini, curador de la muestra junto a Jimena Ferreiro, quien por su parte apuntó a las vicisitudes de ser curadores de una muestra de un artista «antisistema».

Una de las anécdotas más conocidas ligadas a Suárez fue cuando decidió renunciar a participar de las Experiencias del Instituto Di Tella, en 1968, para lo cual escribió una carta dirigida a Jorge Romero Brest de la que hizo 25 mil copias. El artista las repartió en la puerta del instituto cada uno de los días que duró la exposición, como una obra en sí misma.

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En ese sentido, explicó Jimena Ferreiro: «Suárez era muy crítico del sistema del arte. El parodió bastante la figura del crítico, del curador. Bajo estos preceptos fue complejo pensar una curaduría sobre su obra. Por momentos adherimos y por momentos nos distanciamos de su postura».

«Voy a presentar mi pintura. He resuelto hacerlo yo mismo, porque prefiero ahorrar interpretaciones eruditas y confusas acerca de algo que fue concebido con simplicidad», son las propias palabras del artista que se pueden leer en la reproducción del afiche de una exposición que presentó en 1976 en una galería de la calle Florida, que los curadores colocaron en el ingreso a la sala, lo que habitualmente es la salida, como un guiño a su costado provocador.

A esa idea apunta de manera tan obvia como contundente la obra «Los que comen del arte», la escultura de un caballo en tamaño real, a punto de mordisquear unas ramas que sobresalen de una pintura sobre la pared, y que muestra un desolado paisaje. Pero también se pueden ver sus obras que abordan la vida en la periferia y las disidencias sexuales.

Entre las piezas más emblemáticas destacan «Exclusión», que muestra a un hombre con el torso desnudo aferrado con fuerza a los barrotes de la puerta de un tren perteneciente a la colección de Malba y «Narciso de Mataderos», la escultura de un hombre desnudo mirando su reflejo en un espejo.

El relato se completa con obras provenientes de diversas colecciones privadas y públicas como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, el Museo Sívori, el MACRO de Rosario y la Fundación Klemm, entre otras.

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– Télam: ¿Qué tan disruptivo es el artista antisistema dentro del museo, es decir, del sistema?
– Rafael Cippolini: Lo que pasa es que Suárez era ambiguo hasta las últimas consecuencias. Tenía esa doble personalidad muy bien administrada. Por un lado, cuando yo lo conocí, era un tipo del under, que tenía detrás un enjambre de artistas -que eran proyectos de artistas-, y que lo seguían a él y a Roberto Jacoby como si fueran gurúes, y al mismo tiempo era muy tradicional y le gustaba hacer una obra que por momentos coqueteaba con una pintura más salonera (del Salón Nacional). O podía pasar como un artista de la calle Arroyo siendo todo lo contrario. Tenía esa ambigüedad. Era un artista clásico y al mismo tiempo, disruptivo, conviviendo en un mismo cuerpo y en un mismo cerebro.

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