Cotidianamente, la gestión macrista embiste contra las condiciones de vida del pueblo trabajador. Tiene a favor el apoyo del capital imperialista, corporizado en el acuerdo con el FMI. Cuenta, en su tropa, con la gran corporación mediática y parte fundamental del llamado Partido Judicial.

Avanza en ese camino con la -desde su ángulo- invalorable colaboración del peronismo. El martes pasado, cual acción coordinada, la CGT levantó un paro nacional que no había convocado, a cambio de un bono raquítico. Casi en simultáneo, en el Senado el peronismo firmaba el despacho de comisión para tratar el Presupuesto este miércoles 14. Defendió la propuesta Miguel Ángel Pichetto, antaño hombre fundamental del “proyecto nac&pop”.

Dentro del universo peronista el rol más cuestionable lo cumple el kirchnerismo que, desde un discurso con ribetes combativos, legitima el accionar de sus pares sindicales y parlamentarios. Todo, en aras del llamado a la “unidad”. Bajo un discurso malmenorista, se convoca a conformar alianza con todos aquellos que, en los últimos tres años, fueron tildados de “traidores”. Es decir, quienes habilitaron a Macri ajustar sin grandes contratiempos.

Peronistas federales y kirchneristas actúan bajo la misma estrategia: sostener la política de ajuste ejecutada por Cambiemos hasta el próximo octubre. La lucha es reemplazada por la espera pasiva a las elecciones presidenciales. El “Hay 2019” transmuta en una práctica desmovilizadora y desmoralizadora para la juventud, la clase trabajadora y el movimiento de mujeres, relegando demandas urgentes hacia un futuro abstracto e indeterminado, que se abrirá el 10 de diciembre del año próximo.

Las calles y las estrategias

El voto a Cristina Kirchner -o el candidato al que ella apueste- es presentado como única salida por el propio kirchnerismo y algunos otros que, diciendo no comulgar completamente, hacen contabilidad del caudal de sufragios necesarios para derrotar a Macri.

Pero esa perspectiva no nació repentinamente. Por el contrario, fue imponiéndose como una política activa, que incluyó limitar y abandonar las peleas y reclamos en las calles. Consciente (y decididamente) la conducción de la CGT, el moyanismo y las corrientes afines al kirchnerismo frenaron el desarrollo de cualquier tendencia que pudiera derrotar el ajuste en la actualidad.

Si tomamos las últimas semanas, a la borrada de la CGT contra el Presupuesto se puede adicionar la modesta apuesta del moyanismo y los gremios kirchneristas. Un abismo separa los cerca de 5.000 manifestantes sindicales de ese jornada, de aquellos -pretendidamente- 800.000 llevados a Luján días antes.

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Extendiendo la mirada al horizonte de los últimos meses puede verse la misma decisión por parte de conducciones kirchneristas. La firma de convenios flexibilizadores, la aceptación de límites al derecho de huelga o el freno a la enorme pelea educativa son otros de los (tantos) ejemplos de una política que fue construyendo pasividad.

La misma lógica puede leerse si se mira los conflictos en curso. Duras peleas como la del Hospital Posadas no cuentan con el apoyo activo y decidido de las conducciones kirchneristas que denuncian la destrucción de la salud pública.

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En cada una de esas inacciones hay que leer la decisión política de canalizar todo descontento por la vía electoral, a plazo fijo, permitiendo que Macri avance en un ajuste que hunde la vida de las mayorías populares. La lógica “cuanto peor, mejor” es la guía práctica del accionar kirchnerista.

La pregunta que cabe hacerse es si podría haber existido otro camino. La respuesta es si. Si algo evidenció el 2018 fue el poder de las calles.

Si nos atenemos a los procesos más destacados, allí está la marea verde, que inundó las zonas aledañas al Congreso en dos ocasiones, pero también hizo sentir su fuerza en todas las ciudades del país.

Cabe sumar al movimiento estudiantil que, en el caso de las universidades, protagonizó una lucha extendida a nivel nacional, que incluyó tomas de facultades, movilizaciones masivas y un cuestionamiento a la reaccionaria Iglesia.

La clase trabajadora puso en escena su enorme poder social en sendos paros nacionales durante julio y setiembre. El límite a ese poderío fue puesto por la conducción sindical, que canalizó todo como simple expresión de descontento. Esa enorme fuerza, que habiendo paralizado el país produjo pérdidas millonarias al gran capital y al gobierno, fue contenida por sus propios dirigentes.

El kirchnerismo, desde su apuesta electoral, aturde con su silencio ante esas traiciones. Se entiende. La búsqueda de “unidad” incluye a la dirigencia de los Daer o Schmid.

Excusas y razones para no luchar

Desde conducciones sindicales afines al kirchnerismo -como la CTA o Suteba- se sostiene cierto nivel de medidas de acción. Sin embargo, el carácter fragmentario de esos planes de lucha los torna impotentes ante la avanzada ajustadora.

En un tono más escéptico, un argumento para esa política de pasivización sostiene que, en la era Cambiemos, es difícil desarrollar luchas, dada la constante represión. Popularmente presentado como “Macri=dictadura”, el señalamiento no se condice con la realidad.

En primer lugar, a pesar del discurso derechista de Cambiemos, el grueso de las leyes de ajuste han pasado por el tamiz parlamentario, donde el oficialismo es minoría. Ha sido el peronismo el (gran) garante de normas como la reforma previsional o el acuerdo a los fondos buitres.

Por otra parte, en el terreno estricto de la acción callejera, a pesar de las duras represiones, no ha tenido lugar ninguna derrota fundamental que impida movilizar masivamente. Si se mira a 2018, se pueden contabilizar multiplicidad de grandes concentraciones, empezando por el ya lejano 21F. Si marchamos un poco más hacia el pasado, vale recordar la enorme y combativa marcha de diciembre de 2017, contra la reforma previsional.

La calle ha dicho presente en reiteradas ocasiones. La traición cegetista y la moderación kirchnerista deben asumir su responsabilidad en no haber potenciado esa dinámica. Lo único a constatar es que, a una mayor dureza gubernamental, se hace necesario contestar con mayor dureza en cada medida de lucha.

Volvamos un momento al 24/10, frente al Congreso Nacional ¿Que hubiera ocurrido si, en lugar de un par de miles, Camioneros hubiera movilizado 70.000 u 80.000 trabajadores? ¿Qué habría sucedido si los gremios docentes ligados al kirchnerismo hubieran convocado a 50.000 personas? ¿Cómo hubiera impactado esa fuerte movilización si se daba en el marco de un paro nacional de sectores estratégicos como los mismos camioneros, bancarios o el subte?

Las preguntas no hacen más que poner en escena la perspectiva planteada por el Frente de Izquierda y el sindicalismo combativo. Una política que, de haberse desarrollado, no solo habría limitado la represión sino, también, derrotado el Presupuesto. Las conducciones sindicales de moyanistas y kirchneristas escaparon conscientemente a esa posibilidad.

¿Mejores terrenos para luchar?

El argumento antes criticado se complementa con otro, simétrico. Derrotar a Macri e impulsar el retorno del kirchnerismo supone un mejor terreno para desarrollar las luchas.

En un diálogo hipotético, la afirmación sería desmentida por los trabajadores y las trabajadoras de Lear. En 2014, la Panamericana fue el escenario donde sufrieron una decena de represiones. Comandaba a los efectivos policiales Sergio Berni, actual senador provincial por Unidad Ciudadana, que hace gala de una xenofobia ineludible.

No será esa la única represión violenta contra sectores combativos de los trabajadores. Un recorrido breve hallará casos emblemáticos como aquellas ocurridas en el Casino Flotante (2007), Mafissa (2008) y Kraft (2009). Éstas deben imputarse a la estrecha relación del kirchnerismo con la burocracia sindical, relación que intentaba impedir el surgimiento de sectores antiburocráticos en el mundo sindical, ligados a la izquierda trotskista.

Esa alianza, firme y duradera, también explica el contexto en el que las balas de una patota de la Unión Ferroviaria asesinaron a Mariano Ferreyra. Aquel 20 de octubre de 2010, los Favale y Díaz tuvieron zona liberada gracias a la Policía Federal que gestionaba “Hannibal” Fernández.

La lista se ensancha si se suma a los integrantes de la comunidad qom, asesinados en Formosa bajo la gestión del kirchnerista Gildo Insfrán. O quienes sufrieron la represión en Parque Indoamericano, a fines de 2010, solo por reclamar donde vivir. Allí las fuerzas conjuntas de la Ciudad y la nación dejaron un saldo de 3 muertos.

El kirchnerismo tuvo, además, su propio andamiaje represivo. Nadie debería olvidar que la Ley Antiterrotista es parte de la “herencia recibida”.

Los mitos se derrumban en cuanto se acerca un poco la mirada.

El kirchnerismo llegó al poder con una tarea histórica. Conjurar los espectros de la movilización en las calles que había dejado el diciembre caliente de 2001. Uno de sus objetivos primordiales fue reducir la protesta callejera a aquello que pudiera ser controlado por el Estado. Una clara tarea de pasivización, haciendo que la política pasara “de la plaza al Palacio”.

Sería entonces el mismo Palacio el que habilitaría o bloquearía determinados reclamos. Sirve de vara comparar la conquista que significó el matrimonio igualitario con los enormes límites puestos al derecho al aborto. Durante 12 años, el reclamo por la Interrupción Voluntaria del Embarazo encontró su mayor obstáculo en las “creencias personales” de CFK. Ni las movilizaciones ni las miles de mujeres muertas por abortar clandestinamente lograron conmover en ese entonces a la mandataria.

El futuro llegó hace rato

La convocatoria a votar en 2019 por CFK cuenta hoy con cierto auspicio de la Santa Sede. Los hilos nacen en Roma, cruzan el Atlántico y llegan hasta el conurbano bonaerense.

Pero si en sus años de hegemonía política, el kirchnerismo fue incapaz de habilitar el debate parlamentario por el derecho al aborto ¿Por qué lo haría en 2020 si llega al poder con bendición papal?

Lo mismo cabe interrogarse si se miran los fríos números de la economía. La “década ganada” contó a su favor con un mundo amigable. En gran medida, commodities como la soja aceitaron el progresismo nac&pop. Sin embargo, esas condiciones globales se han marchitado hace tiempo.

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Un 2020 bajo gestión kirchnerista tendría contornos marcadamente distintos a la primera década de este siglo, en el marco del nuevo ciclo de endeudamiento externo, y bajo las restricciones de una economía internacional más que en stand by.

La cúpula de ese espacio lo sabe. Se anticipa. De allí que nadie, entre los dirigentes kirchneristas, hable de romper con el FMI y rechazar el pago de la usuraria deuda externa. En el mejor de casos, el discurso propone “renegociar”. Nadie debería sorprenderse. En 2013 la ex presidenta se ufanó de haber sido “pagadora serial”. Nada indica que esa historia transitará carriles distintos.

Sin embargo, en las nuevas condiciones, eso traerá aparejado ajuste, miseria, pobreza y, nuevamente, represión. Quienes vienen a proponer el sueño de un nuevo ciclo virtuoso ocultan la realidad o sufren de miopía política extrema.

Las calles y el Palacio

En los (ya) tres años del ciclo macrista, el Frente de Izquierda planteó una perspectiva política opuesta a la que ha desarrollado la plana mayor del kirchnerismo.

Intervino en cada movimiento de lucha proponiendo alentar el desarrollo en una dinámica que permitiera enfrentar el ajuste en su conjunto. Planteó la perspectiva de unir aquello que, por responsabilidad de sus conducciones, se presentaba desagregado o separado: la marea verde, el movimiento estudiantil y los sectores obreros en lucha.

En oposición a la pasiva espera a (octubre) del 2019, propone una serie de puntos que aporten a coordinar las peleas en curso y desarrollar la fuerza social de la clase trabajadora, de la mano de un plan de lucha que culmine en la huelga general. La urgencia de discutir la construcción de un partido unificado de la izquierda, los trabajadores y anticapitalista -propuesto por el PTS- nace asociada a potenciar esa dinámica.

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La experiencia brasilera marca a fuego nuestro subcontinente. La primera (y esencial) lección reside en que no se puede enfrentar el avance de la derecha solo en el terreno electoral y dentro de sus marcos institucionales. La espera pasiva al 2019 semeja la impotente estrategia del PT frente al golpismo y el ascenso de Bolsonaro.

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