El año 1968 entró y vive en la historia y en el presente de México, como uno de los grandes movimientos que en el siglo XX tendieron a cuestionar el orden establecido. Deja por eso grandes lecciones para la juventud actual, y en particular para aquellos que el 3 de septiembre se levantaron contra el autoritarismo y el porrismo (grupos de choque) en la UNAM y otras universidades.

Los estudiantes sesentaocheros sostuvieron reivindicaciones que eran las de todo un pueblo. La denuncia del priato (por el gobierno del Partido Revolucionario Institucional) y el reclamo de Libertad a Valentín Campa, Demetrio Vallejo y los presos políticos le dieron voz al sentir de millones de oprimidos por el régimen represor.

Lejos estuvo el movimiento de limitarse a pedir una democratización formal del sistema político. No sólo porque enfrentó con bravura al PRI-gobierno. También porque, a tono con la oleada revolucionaria que viajaba por países y continentes, buscó ir más allá, proponiéndose la alianza obrera, campesina y estudiantil. Incansablemente, las brigadas del Consejo Nacional de Huelga bregaron por esta tarea, delineada en comunicados y proyectos de programa.

La posibilidad de avanzar en ese camino fue bloqueada primero por el charrismo (burocracia sindical) oficialista. Luego resultó truncada por la matanza del 2 de octubre.

En un México que era el reinado de la corporativización de las organizaciones obreras y populares, los estudiantes se organizaron democráticamente. Aquí, donde el control de las burocracias era de los más férreos del continente, los jóvenes pusieron en pie un altísimo ejemplo de autodeterminación. El Consejo Nacional de Huelga se basó en representantes de las escuelas y facultades en huelga, revocables y electos por la base. Fue el principal baluarte de una verdadera tradición de organización.

Treinta y un años después, esa tradición resurgió en otra gran gesta universitaria, la huelga de 1999- 2000. El Consejo General de Huelga de la UNAM se basó en representantes rotativos y revocables, con mandato de asambleas.

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Como en el `68, en 1999 la fuerza radicó en la organización democrática, la cual permitió que se expresaran las distintas posturas, que se avanzara en las definiciones políticas y en los pasos a dar para mantener la huelga general indefinida con ocupación de facultades, colegios y escuelas durante más de 9 meses.

Eso facilitó, a partir de la experiencia realizada en las calles, la independencia política del régimen y sus partidos, fueran oficialistas u “opositores”, como sucedió con el Partido de la Revolución Democrática. Como decíamos entonces, “El CGH fue una demostración en vivo de la efectividad enorme que tiene la autoorganización en base a la democracia directa a la hora de organizar una gran lucha de masas y evitar que la misma sea traicionada”, para impedir las maniobras de los grupos estudiantiles vinculados al PRD, que realizaron reiteradas negociaciones con la rectoría a espaldas de las decisiones del CGH, con el fin de levantar la huelga a cambio de migajas (1).

Lecciones para el presente

En México hay una larga tradición de movimientos juveniles que despiertan a la vida política y protagonizan importantes gestas. El autoritarismo y el avasallamiento de las libertades democráticas – tanto en el país como al interior de la propia universidad- han sido resistidos en distintos momentos por los estudiantes. Más recientemente, ante la imposición de Enrique Peña Nieto, surgió el #Yosoy132; frente a la represión al magisterio en el 2013; y luego ante la desaparición de los 43 compañeros normalistas de Ayotzinapa, emergieron asambleas, movilizaciones y paros.

Hace apenas cuatro semanas, el ataque de grupos de choque del 3 de septiembre despertó una nueva generación. “Somos los nietos del 68, los hijos del 99 y los hermanos de los 43!” es la frase que recorrió el movimiento. Un verdadero testimonio de la reivindicación de las experiencias previas, por parte de miles de jóvenes en este 2018.

En 1968 y 1999, el movimiento estudiantil avanzó vertiginosamente y se plantó ante el régimen político amenazando una estabilidad basada en la opresión y la explotación de millones. El desafío para esta juventud que se levanta, es apropiarse del legado de las gestas previas y asumir una identidad y una perspectiva estratégica intransigente ante el orden establecido.

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El debate actual en torno a la conformación de una organización estudiantil permanente tiene un punto de apoyo fundamental en la experiencia del CNH y del CGH, para constituirse sobre el principio de la democracia directa, que permita la real participación de las mayorías estudiantiles. Sobre la base de delegados rotativos, revocables y con mandato, puede avanzar en la autoorganización y en la centralización sobre bases democráticas, y ponerle un freno a las maniobras para cooptarlo y quitarle todo filo combativo.

Otra enseñanza para el presente es la independencia de las autoridades universitarias pero también de las instituciones y partidos del régimen, así como del actual y el próximo gobierno. Conquistar el pliego petitorio y la plataforma de lucha que está surgiendo del movimiento, pasará en primer lugar – como muestran las experiencias de las generaciones pasadas- por desarrollar la movilización en las calles e incorporar a la lucha a la mayoría de la comunidad universitaria.

Finalmente, en el México contemporáneo -cuya población está compuesta en su mayor parte por la clase obrera de la ciudad y el campo y sus familias- está pendiente desarrollar lo que iniciaron los movimientos previos, que concitaron el apoyo de trabajadores y sectores populares y buscaron ligarse a los mismos (2).

La juventud estudiantil debe unir su destino a la clase obrera para enfrentar al enemigo común, responsable del ataque a la educación, el autoritarismo y la explotación y miseria: el régimen y el sistema capitalista. El primer paso para ello, puede ser la unidad con el magisterio y los trabajadores de la universidad, en defensa de la educación pública y gratuita.

La lucha para que el movimiento estudiantil establezca una alianza con la clase trabajadora tiene un sentido profundamente estratégico: por su lugar en la producción social, ésta es la clase con la capacidad de acaudillar al conjunto de los explotados y oprimidos, y derrocar el poder de los capitalistas.

En la experiencia y las definiciones políticas alcanzadas por las generaciones previas, la juventud de este 2018 encuentra un legado profundamente actual. En 1968, José Revueltas escribía a los obreros y estudiantes franceses: “No desmayemos. Nuestras voces serán escuchadas. La victoria será nuestra”.

El desafío urgente, como entonces, es que irrumpa un movimiento estudiantil combativo, independiente, democrático y que se unifique con la clase trabajadora. Una juventud que -como la generación revolucionaria que hace 50 años sacudió al mundo desde París hasta México- se ponga en pie y lo cuestione todo.

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Notas

  • (1) La gran huelga de la UNAM y sus lecciones para poner en pie un nuevo movimiento estudiantil proobrero y antiimperialista, Manifiesto conjunto de Contracorriente de México En Clave Roja de Argentina y universitarios de Brasil, Chile y Bolvia hacia el I Encuentro Internacional de Estudiantes convocado por el CGH
  • (2) El movimiento estudiantil del 99 participó de movilizaciones en particular del SME y el magisterio. A la par “durante toda la huelga se dio una importante discusión sobre la necesidad de la unidad obrera, estudiantil y campesina contra el régimen. Contracorriente peleó desde el comienzo de la huelga porque el CGH levantara una política permanente de llamado a las organizaciones obreras y campesinas a unificar las reivindicaciones y las luchas contra el enemigo común, planteando que el CGH levantara un programa de lucha por una universidad al servicio de los trabajadores y el pueblo… Solo en el último periodo del conflicto, como parte de la lucha por la libertad de los presos, el CGH impulso la formación del Consejo Nacional de Lucha… al que concurren representantes de unas cuarenta organizaciones sindicales, sociales y políticas”, en La gran huelga de la UNAM
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