“Si de algo me enorgullezco, es de haber estado del lado de los chicos, siempre. De no haberlos manoseado como lectores, de no haber bajado línea, o al menos de haber hecho ese intento”, dice Graciela Montes en la entrevista con PáginaI12. “Siempre tuve mucha fe en los lectores, siempre les di su espacio. Soy una convencida de que los chicos son muy buenos como lectores, y siempre escribí con esa certeza”, dice también. Y cada uno de sus libros, desde los que ha escrito para los que técnicamente todavía no leen, hasta los ensayos que reflexionan sobre las prácticas de la lectura y la escritura, dan por válida esa certeza. El jurado del XIV Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil, uno de los más prestigiosos para el campo en lengua castellana, acaba de reconocer, entre otras cosas, esa capacidad de la autora argentina, otorgándole el prestigioso premio que reconoce su trayectoria. 

Ese jurado, que acaba de fallar por unanimidad y de dar a conocer el premio desde la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, destacó a la autora de Nicolodo viaja al país de la cocina por “ser una escritora pionera de la literatura infantil en Iberoamérica, que ha influido en varias generaciones de escritores y especialistas en toda la región; por su calidad literaria, cuya diversidad de estilos y recursos permite lecturas en varios niveles, su obra amplia y diversa que aborda temas innovadores, la creación de personajes valientes, que resuelven conflictos personales y sociales con sus propios recursos, la complicidad con el lector, la vigencia y universalidad de su obra, que se resignifica en el tiempo y trasciende fronteras”, entre otros méritos. 

“Entregado por primera vez en 2005 al español Juan Farías, el premio SM ha trazado un mapa en el que podemos apreciar lo mejor de la literatura infantil y juvenil de Iberoamérica. Las obras de los trece autores que lo han obtenido hasta ahora, constituyen una colección esencial para quienes comienzan a aventurarse en el mundo de la lectura, pero también para quienes llevamos ya nuestro tiempo gozando de todo lo que el libro tiene para ofrecer”, destacó Marisol Shulz, directora de la feria de Guadalajara, durante el anuncio del premio. En esa posible colección esencial, entre los que ya se cuentan las obras de las argentinas Laura Devetach, María Teresa Andruetto y María Cristina Ramos, y de autores latinoamericanos como Marina Colasanti, Ana María Machado y Antonio Malpica, debía figurar sin dudas Montes. 

Mirá También:  Germán Maggiori: "Tengo una tendencia arltiana, es una fibra que me recorre"

No sólo por su trabajo como escritora: también por lo que ha hecho como traductora, editora y divulgadora, oficios que rescata en diálogo con PáginaI12, en un gesto en que se ubica, antes que como la “gran creadora”, como una “obrera” de la palabra, según prefiere definirse. Es que Montes trabajó durante más de veinte años en el mítico Centro Editor de América latina, junto a Boris Spivacow. Allí dirigió la también histórica colección Los cuentos del Chiribitil, que entre 1977 y 1979 ofreció títulos verdaderamente innovadores para la época, por sus textos y por sus ilustraciones. Pero sobre todo conoció, como haría luego en los Libros del Quirquincho, lo que implica el afanoso y cotidiano oficio de editor. 

Ocurre con Graciela Montes algo particular: ella se encuentra retirada, desde hace ya varios años. Pero sus libros, no. Y si los mediadores y sus colegas escritores la siguen reconociendo como una referencia, y ensayos como La frontera indómita (recientemente reeditado por Fondo de Cultura) y El corral de la infancia, siguen siendo referencias ineludibles, las reediciones de títulos como  Irualana y el ogronte, Juanito y la luna, El auto de Anastasio, entre una treintena que está sacando Loqueleo, o la de sus Chiribitiles, asumidas por Eudeba, siguen ganando nuevos y contemporáneos lectores. No solo eso: surgen nuevas obras como Buscar indicios, construir sentido, que la editorial Babel de Colombia (distribuida en Argentina por Calibroscopio) hizo reuniendo conferencias y textos teóricos.  

A Graciela Montes le cabe entonces el tango: “Alguien dijo una vez, que yo me fui de mi barrio…”. “Y sí, siempre estoy volviendo. Pero es gracias a mis libros, que por suerte tienen vida propia”, se ríe ella ante la cita de Troilo. Y agradece con humildad: “De eso se han ocupado mis hijos (Santiago y Diego Figueira, hijos también de Ricardo Figueira, archivista y director de colecciones del Centro Editor, quien alguna vez fotografió aquella quema de ejemplares que ordenó la dictadura, y que quedó grabada como símbolo de la censura). “Ellos son computadores científicos, no tienen nada que ver con lo mío, pero se ocuparon de abrir todo eso que estaba guardado, de trabajarlo con los editores. La verdad, yo hubiese dejado todo ahí, cerrado. Algunos títulos estaban agotados hacía mucho tiempo, y estas reediciones les dieron una nueva oportunidad. Por suerte las editoriales los han recibido muy bien, se han podido mantener las reediciones. Sin ese empuje probablemente no estaría pasando todo esto”, vuelve a agradecer. 

Mirá También:  “Este es un paso hacia una sociedad más evolucionada

Graciela Montes conocía la noticia del premio desde el sábado, cuando la llamó el jurado, aunque le pidieron que no dijera nada hasta ayer. Sabía que su candidatura había sido presentada por Alija, la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina, que trabaja por la difusión del campo local y lleva adelante acciones como esta presentación. “Pero no lo imaginaba, no lo pensaba… Ahora empiezan a preguntar si voy a volver a la actividad, y desde luego que no. Pero hay algo muy lindo que pasa cuando uno recibe estos reconocimientos”, asegura en la entrevista con este medio. 

–¿Cómo lo recibe, en este momento?

–Como un abrazo histórico, que llega desde un campo por el que una hizo mucho, pero hace muchísimo tiempo… Por eso es que estoy especialmente agradecida: cuando una ya no está en actividad, no es tan  fácil que lleguen los premios o los reconocimientos. Por eso lo entiendo como un acto de una gran generosidad.

–Así que decidió retirarse, pero sus libros no la dejan… 

–(Risas). Por suerte los libros siguen su vida propia, siempre. 

–Ultimamente se han sucedido reedicionesde su obra, crece el interés de los mediadores, gana nuevos lectores entre los chicos, ahora llega este premio… ¿Cómo lo interpreta?

–Eso a mí también me asombra, porque pasaron muchos años y hay algunas cosas yo misma pienso que deben estar envejecidas, sería normal. Pero por suerte parece que todavía se reciben como libros vivos. Y hay viejos amigos que todavía se interesan por ellos.

–Y no tan viejos…

–Eso es lo que más valoro de todas las cosas valorables que suceden. Han pasado tantos años, y sin embargo siguen pasando tantas cosas con esos libros y esos lectores. Me llegan alegrías en forma de pequeñas devoluciones, de una escuela, de tal lectura que ocurrió, de por aquí y de por allá… Una ha estado imbricado con ellos de mil maneras. Formaron parte de mi vida. y yo de la de ellos. Es así. Sucedió así. 

Mirá También:  Noche inolvidable en la torre de la canción

–Este es un premio a la trayectoria. Cuando mira ese camino recorrido, ¿de qué se enorgullece?

–Rescato cierta tenacidad, cierta coherencia, si se quiere, aunque no sé si es una palabra demasiado grande. Si de algo me enorgullezco, es de haber estado del lado de los chicos, siempre. De no haberlos manoseado como lectores, de no haber bajado línea, o al menos de haber hecho ese intento. Siempre tuve mucha fe en los lectores, siempre les di su espacio. Soy una convencida de que los chicos son muy buenos como lectores, y siempre escribí con esa certeza. A la distancia, y habiendo estado sin actividad desde hace mucho tiempo, le doy un valor muy alto, por ejemplo, al trabajo de traducción.

–¿Por qué?

–Fue muy formativa. Te enseña humildad. Te ubica en un lugar en el mundo que no es tan únicamente propio como uno tiende a creer. Te muestra que formás parte de otras cosas, te ubica en ese sentido. La divulgación también ha sido muy valiosa, toda mi tarea en el Centro Editor, fue un aprendizaje intenso. Tuve suerte de desarrollar oficios que me gustaron. Trabajé mucho, pero disfruté mucho también. 

–Con esa definición parece “bajar” su tarea de escritora, más como un oficio que como un arte elevado… 

–Eso es bueno. A mí me hace bien poner pie en tierra, saber que una es una trabajadora, una obrera de lo que hace. Que se gana un sueldo, que tiene que vivir de la plata que le pagan, entre muchas otras cosas. Nunca me sentí cómoda en el lugar del gran artista. Yo he trabajado con la palabra. 

Deja un comentario

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Required fields are marked *