La mayor reducción del gasto pasa por las cuentas provinciales. Las transferencias corrientes y de capital a las provincias descienden 37,5 por ciento en términos reales. Se achicará aún más la obra pública nacional (-31,6 por ciento). Todo para pagar los intereses de la deuda.

La corrida cambiaria, la vuelta al FMI y el mega ajuste que consta en el presupuesto constituyen distintas instancias de lo mismo: el fin de la primera etapa del modelo de valorización financiera que puso en marcha el gobierno de Macri. La corrida es expresión del agotamiento de la burbuja financiera basada en las Lebac y la vuelta al FMI constituye la consolidación hegemónica del capital financiero internacional. Esto se pone de relieve en el proyecto de presupuesto que tiene la marca registrada del FMI. Así, ante el fracaso del “gradualismo”, el presupuesto es una pieza clave del ajuste que se intentará imponer en la segunda etapa del gobierno de Cambiemos, que tiene sus comienzos en 2018. Su objetivo último consiste en consolidar una profunda redistribución del ingreso en detrimento de los sectores populares, induciendo de esta manera una crisis económica que el gobierno subestima en el presupuesto.

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Pese a proclamar dogmáticamente el “déficit cero”, desde el punto de vista de los ingresos el presupuesto mantiene la rebaja de las contribuciones patronales y reducciones en el impuesto a las ganancias. Ni siquiera se estableció, como se venía planteando, una ampliación de la alícuota a los bienes personales del exterior. Se mantuvieron, eso sí, los nuevos derechos de exportación que inexplicablemente desde cualquier marco teórico se extienden a todos los bienes industriales y servicios exportables.

Por el lado del gasto a la fuerte caída de este año (-6,2 por ciento) se le adicionará un recorte de 7,7 por ciento en términos reales en 2019. Para cobrar una dimensión de estos números cabe señalar que en los dos primeros años del gobierno de Macri la caída acumulada fue de 3,8 por ciento (1,9 por ciento anual). En efecto, se intentará aplicar el 80 por ciento del ajuste de los cuatro años de gestión en 2018 y 2019.

La mayor reducción del gasto pasa por las cuentas provinciales. Las transferencias corrientes y de capital a las provincias descienden 37,5 por ciento en términos reales, equivalente a 71 mil millones de pesos respecto a 2018 y a 148 mil millones respecto a 2017. Resultaría llamativo que los representantes de las provincias suscriban este presupuesto, cuando lo que se les compensa son migajas. Por el fondo sojero anterior hubieran recaudado, con la nueva alícuota de retenciones, 49 mil millones de pesos, en tanto que con la compensación que anunciaron se van a distribuir tan solo 4 mil millones.

En el ámbito nacional seguirá el recorte de los subsidios económicos (caída de 31 por ciento en términos reales), se congela la planta de empleados públicos y habrá retiros voluntarios, y se achicará aún más la obra pública nacional (-31,6 por ciento) que difícilmente será compensada con los proyectos de participación público-privado a pesar de habilitar “fideicomisos para todos” (nación y provincias). Más deuda que no será contabilizada como tal.

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Solo los vencimientos de capital e intereses de la deuda alcanzan a 39 mil millones de dólares. Por el momento el gobierno cuenta con 16 mil millones del FMI y organismos internacionales. Por lo cual deberían refinanciar 23 mil millones, a lo que habría que sumar como mínimo las divisas que se requieran por la fuga de capitales que difícilmente estén por debajo del promedio de la gestión macrista (19 mil millones de dólares anuales).

Es evidente que el refuerzo del FMI resulta crucial para que el gobierno. Considerando que necesitan juntar aproximadamente 42 mil millones de dólares adicionales por vencimientos y fuga, y que esperan tener un superávit comercial de 5,6 mil millones, el gobierno debe financiar alrededor de 36 mil millones de dólares en un escenario muy optimista. Es decir, todo el programa del FMI en 2019, aumentando el stock de deuda en 15 mil millones de dólares como plantea el presupuesto. De lo contrario, y como es esperable, el tipo de cambio proyectado y el resto de las variables serían como las metas a la inflación en los anteriores presupuestos: ciencia ficción.

De todos modos, de alcanzar la hazaña solo van a haber logrado ganar tiempo, puesto que la olla a presión de las Lebac solo cambió de nombre (Letes o el que sea) y la “bola de nieve” de los vencimientos de deuda se acrecientan con altas tasas de interés. De allí que no debe descartarse que, al menos en el mediano plazo, haya algún intento de restructuración de la deuda tal como lo habilita el presupuesto y/o el intento de imponer las reformas estructurales que como un fantasma recorren los pasillos del Tesoro de Estados Unidos.

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