Benito Taibo nació en una familia de escritores, rodeado de libros y de bibliotecas. Sin embargo, no fue hasta que una hepatitis lo dejó a merced de los libros que una mano misteriosa iba dejando en su mesa de luz, que descubrió en estos objetos aliados imprescindibles. Porque hasta entonces, cuenta, la escuela había funcionado para él como gran aparato disuasivo de la lectura. Eso mismo es lo que le pasa a Julián, el protagonista de Cómplices, uno de sus títulos editados aquí. Y es lo que el escritor mexicano les cuenta siempre que puede a los chicos y chicas que van a verlo a sus charlas, en las que se muestra como todo un standapero literario: que los libros, literalmente, pueden salvar vidas. 

Los libros y las bibliotecas, las lecturas y lo que causan en las personas, de hecho, aparecen invariablemente casi como personajes en sí mismos, en todas sus novelas. Como Persona normal, con la que el autor se abrió paso entre un público incondicional, o su secuela Corazonadas. O el flamante Camino a Sognum, en el que se mete de lleno en el fantasy, iniciando la saga Mundo sin dioses. O los cuentos que publicó “en equipo”, junto a otros autores: Por una rosa, una reversión del clásico La bella y la Bestia, donde esta vez La Bestia es el tren de carga que atraviesa el Pacífico mexicano, trasladando en condiciones inhumanas a miles de inmigrantes centroamericanos que buscan cruzar la frontera. Y también No te calles, un alegato contra la discriminación, en el que comparte cuentos con autores  como Javier Ruescas, Chris Pueyo y la booktuber Fa Orozco. Lo cierto es que en todos, invariablemente, los libros aparecen como “tablas de salvación”, según los define el autor mexicano, hijo de Benito Taibo y hermano menor de Benito Taibo II.

“Es cierto, en todas mis historias hay libros. Si hay un libro, hay un lector, y si hay un lector, hay una posibilidad”, encadena el escritor, en diálogo con PáginaI12, y explica sobre la inclusión de estos “personajes” en sus novelas: “Esta es mi peculiar manera de decirle gracias a los libros que fueron salvándome la vida durante todos estos años. Cada vez que tuve un problema, me enfrenté a una disyuntiva o me encontré frente a un callejón sin salida, siempre apareció un libro que me vino a ayudar. Como una suerte de tabla para el naufragio. Yo no soy quien soy, no lo hubiera sido nunca, sin los libros. Por lo tanto son protagonistas indispensables en mi vida”, asegura. “Intento todo el tiempo desacralizarlos, convertirlos en compañeros de viaje, en cómplices, en objetos de uso cotidiano. Que pueden ser manchados con ñoquis, o con flan con dulce de leche, sin que pase absolutamente nada”, se ríe.

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La referencias gastronómicas vienen a cuento porque hace poco el mexicano estuvo en la Argentina, invitado al Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura que organiza la Fundación Mempo Giardinelli en el Chaco. En aquella visita sumó otro preferido a la lista de delicias vernáculas: las chipas. Pero además mostró la forma tan particular en la que sabe llegar a sus jóvenes lectores, hablándoles de una manera tan directa, amena y graciosa, citando tantas anécdotas que generan empatía, como para transformar sus presentaciones en verdaderos stand-up literarios. Muchos de esos chicos, de hecho, no habían llegado a leer sus libros pero sí se habían enganchado con los videos de sus charlas.

Su esposa, Imelda Martorell, promotora de lectura, actual coordinadora del Sistema Universitario de Fomento a la Lectura de la Universidad Autónoma de México, y exdirectora de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil de México –la prestigiosa Filij– fue la “culpable” de la irrupción pública de Taibo, más de veinte años atrás. “Algo pasó en una feria que no llegó un escritor, no recuerdo por qué. Entonces le dije a Benito: ‘¡Ay, porfa, ve y cuéntales algo, háblales de algún libro, el que se te antoje… ¡haz algo!’ Porque los chavos ya estaban allí, no podíamos dejar que se fueran sin nada. Benito fue, empezó a hacer empatía… ¡Y luego todos pedían charlas con él, que no tenía publicado ningún libro para niños o jóvenes!”, se ríe ella al lado del escritor, recordando la anécdota.

“Y por culpa de ella, empecé a dar conferencias de fomento a la lectura para jóvenes, mucho antes de escribir para ellos”, siegue contando Taibo. “Llevo más de quinientas conferencias de fomento a la lectura y siempre prefiero que sean para los públicos que tienen menos acceso, de escuelas públicas, de sectores vulnerables. Y, por lo tanto, no cobro jamás por dar estas conferencias a los chicos. Es mi grano de arena y es lo menos que puedo hacer. No me enorgullezco de ello: lo siento como un deber”, dice en su musical acento mexicano. Hasta aquel incidente de feria, Benito Taibo escribía y publicaba poesía, y no sospechaba que el de jóvenes sería el público que mejor le calzaría. Persona normal fue el libro que lo lanzó a estos públicos y lo volvió un autor muy conocido en ese segmento. 

–En este tiempo siguió dando charlas para esos jóvenes y perfeccionó esas presentaciones…

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–Ha sido un proceso natural. Había que comunicarse con ellos, entonces la menor manera que encontré fue haciendo esto, hablándoles de tú a tú, a los ojos, sin pontificar, sin subirme a dar un discurso, sino contando una experiencia de la manera más honesta posible: quién es uno, por qué es quien es, y como los libros llegan para transformarte. Y cómo ese efecto de embrujo que tienen las palabras puede servir para todos, para salvar a cualquiera en el momento en que o necesite. Si logro mandar ese mensaje, habré cumplido con parte de mi cometido: hacer que los libros sean vistos como ese objeto de uso cotidiano que sirve enormemente.

–Formó parte del libro colectivo No te calles, junto a booktubers y autores muy jóvenes. ¿Hay una estrategia de llegada a nuevos públicos? ¿Lo pensaron así?

–Sí. Y la estrategia es muy sencilla: No te calles. Vivimos tiempos inéditos en ese sentido; por fin aquellos que han sido abusados, maltratados, invisibilizados, han tomado la voz, se han dado cuenta de que tienen una voz y la han levantado para hablar sobre su situación. Creo que en el momento en que todos nos demos cuenta de esto, la balanza va a cambiar: los abusadores dejarán de serlo porque serán señalados. Y sobre todo se hará justicia, porque no basta con señalar, hay que llevarlo a las últimas consecuencias. Esta es una llamada a actuar. Es No te calles, pero también: actúa.

–¿Se los propuso la editorial?

–No, fue una decisión colectiva sobre una idea que surgió de Javier Ruescas y del resto de este equipo. Yo cuento una historia sobre un niño indígena en un país donde los indígenas han sido invisibilizados desde siempre. El nuestro es un país absolutamente racista, clasista y salvajemente injusto. Si contándolo podemos visibilizar y hacer que los demás se den cuenta de que algo no estamos haciendo bien, bienvenido sea. 

–Ese niño, justamente, se vuelve visible a partir de los libros…

–Es que los libros brindan visibilidad en muchos sentidos. Te hacen descubrir tus derechos, tus oportunidades, tus posibilidades. Te muestran que puedes hacer lo que quieras con tu vida, que el sueño está ahí, el truco es cogerlo por la cola y no soltarlo, por más que se retuerza. Y que ni tu condición de género, ni tu condición social, sexual ni religiosa tendrían que ser un impedimento para ello. La Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, en su capítulo número uno, dice que todos somos iguales… pero no aclara que unos son más iguales que otros. Eso es lo que tenemos que cambiar.

–¿Cuál cree que es el rol de la escuela en este asunto?

–La escuela es formadora, proveedora de aquello que los niños no tienen en casa. Por ejemplo, libros. Las bibliotecas escolares son la sustitución de las bibliotecas familiares, que hoy por hoy han dejado de existir, por el precio imbécil que tienen los libros y por la falta de un Estado que apoye a la industria editorial y a los escritores. Le cuento algo: los chicos se ponen muy nerviosos y me reclaman airadamente porque dicen que yo escribo muy corto. ¿Por qué mis libros son cortos? La respuesta es muy sencilla: mis libros son cortos para que cuesten menos. Y lo hago a propósito.

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–También eso es estratégico…

–Sí. Escribo libros de menos de doscientas páginas para que el precio sea accesible. Ningún libro mío cuesta menos de doscientos pesos mexicanos. Es una suerte de barrera invisible; sé que qué los doscientos pesos son el tope de lo accesible. No escribo gordo. Escribo accesible. 

–Tiene muchos fans entre los lectores jóvenes. ¿Escribe para jóvenes, o descree de esa categoría?

–Descreo absolutamente. Y prefiero no llamarlos fans. Luis Miguel tiene fans. Yo tengo amigos, lectores, amigos que no me han sido presentados. Pero sí, he dedicado mis últimos esfuerzos a este grupo de la población, porque veo claramente que en sus ojos esta el futuro. Son ellos, claramente, los que tienen el poder de decisión sobre sus vidas y sobre las nuestras. Son ellos los que pueden transformar las cosas. México ha sufrido una transformación, un cambio en los últimos tiempos, y ha sido gracias a los jóvenes. Lo discutí mucho a partir del terremoto de hace un año. Yo viví el del ‘85, que fue terrible, y fue el nacimiento o el resurgimiento de la sociedad civil organizada. Volvió a suceder y volví a decir: son ellos, los jóvenes, quienes tienen el poder para transformar el país. Y las votaciones así lo demostraron, por más que intenten decirnos que no, que había muchos indecisos, qué se yo y qué se cuánto… Ellos salieron y tomaron en sus manos la decisión de lo que sucedería. A ellos les hablo, no para inducirlos ni para convencerlos, sencillamente intentando pasar un poco el mensaje acerca de cómo el libro te cambia, te hace mirar el mundo de una manera distinta. Cuento con algo a mi favor: el embrujo maravilloso de las palabras y del libro como herramienta transformadora y civilizadora, funciona en México, en Resistencia o en cualquier sitio.

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