Fue el gran momento de la diplomacia internacional liderada por EE.UU. y consagrada ante la historia por el apretón de manos entre el primer ministro israelí Yitzhak Rabin y el líder palestino Yasser Arafat.

El gran intelectual palestino Edward Said fue uno de los más firmes críticos de los acuerdos de Oslo firmados el 13 de septiembre de 1993 en los jardines de la Casa Blanca luego de que fueran negociados en secreto en la capital de Noruega por israelíes y palestinos. Un cuarto de Siglo después, la paz entre ambas partes nunca estuvo tan empantanada y la expansión israelí en los territorios palestinos jamás fue tan aplastante. Aquel gran momento de la diplomacia internacional liderada por Estados Unidos y consagrada ante la historia por el apretón de manos entre el entonces Primer Ministro israelí Yitzhak Rabin y el líder palestino Yasser Arafat con el ex presidente norteamericano Bill Clinton como garante ha quedado en el recuerdo como lo que fue: un momento de lucidez y esperanza para terminar con uno de los conflictos más injustos de la historia de la humanidad. En varias ocasiones, Edward Said había manifestado su oposición a los acuerdos. En un célebre artículo (El Precio de Oslo), Said escribió: “El pueblo palestino está pagando un precio desorbitado por Oslo, que,  tras 10 años de negociaciones, le dejó con unos trozos de tierra sin coherencia ni continuidad, con unas instituciones de seguridad destinadas a garantizar el sometimiento a Israel y con una vida que le empobrecía para que el Estado israelí pudiera prosperar.”

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En términos de ocupación territorial, el balance de los Acuerdos de Oslo cabe en las cifras suministradas por la ONG israelí Paz Ahora: en 1995 había poco más de 110 mil colonos judíos en Cisjordania, hoy son más de 400 mil. El incremento de los colonos en las colonias ya existentes y la multiplicación de las llamadas “colonias salvajes ilegales” o outpost explican esta expansión. Nadie festeja hoy los acuerdos de Oslo, considerados por ambas partes, por diferentes razones, como un error monumental: los israelíes le reprochan con justa razón a Arafat su incapacidad para evitar la expansión del grupo Hamas (Gaza) y también para frenar la ola de atentados que sacudieron a Jerusalén y otras ciudades: los palestinos consideran que Oslo significó un cheque en blanco que le permitió al Estado hebreo ampliar la colonización en Cisjordania y Jerusalén Este. Ambos se hacen los mismos reproches en lo que atañe a la violencia: Israel le incrimina a Arafat la violencia desatada por Hamas en la Franja de Gaza y en Israel mismo por las Las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa (grupo armado surgido con el estallido de la Segunda Intifada en el año 2000), mientras que los palestinos recuerdan que los acuerdos de Oslo fueron sepultados cuando el extremista judío Yigal Amir asesinó a Yitzhak Rabin en 1995 con el argumento de impedir la “traición de la entrega de Israel”. El asesinato de Rabin precipitó la realización de elecciones anticipadas (1996) donde Simón Peres fue derrotado por el actual jefe de gobierno, Benjamin Netanyahu.

Oslo sirvió sin embargo para cambiar definitivamente el estatuto de lo que se siempre se consideró como una organización terrorista, la OLP (Organización para la Liberación de Palestina). El pacto noruego le dio a la OLP una reconocimiento internacional de interlocutor del pueblo palestino al tiempo que desembocó en la creación de una entidad autónoma representada por la Autoridad Palestina dotada de atributos muy amplios. A partir de los acuerdos, la OLP modificó su carta con el reconocimiento del derecho de Israel a existir como Estado y con garantías de seguridad. A su vez, Israel hizo de la OLP el representante legítimo del pueblo palestino. El pacto estableció el retiro de las tropas israelíes de Gaza y Jericó así como una forma de autonomía palestina con autoridad para administrar, por medio de la Autoridad Nacional Palestina, el territorio de Cisjordania. Según el texto inicial del acuerdo, en un plano de cinco años se plasmaría un acuerdo final mediante el cual se zanjarían los problemas pendientes: la extensión de las colonias, el retorno de los refugiados, las fronteras entre los dos Estados y, desde luego, el antagonismo en torno a Jerusalén, la cual hubiese debido convertirse en la capital de dos Estados.

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Oslo abrió el camino para que Arafat regresara a Palestina en 1994 y formara una gobierno para administrar una Cisjordania recortada pero sin capacidad para imponer su autoridad en Gaza, siempre en manos de Hamas y hoy cercada por el bloqueo israelí después de varias guerras contra Hamas. Las últimas negociaciones directas entre israelíes y palestinos tuvieron lugar en 2013,pero al cabo de 9 meses concluyeron sin resultados. La llegada de Donald Trump a la presidencia norteamericana parece significar el fin de la solución planteada en Oslo, es decir, la existencia de dos Estados. El reconocimiento por parte de Trump de Jerusalén como capital de Israel con el consiguiente traslado de embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén ha sido la última piedra colocada sobre la sepultura de los acuerdo de Oslo y de quienes los firmaron.

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