No fue muerte súbita. El Gobierno no estalló aquí y ahora por la violenta corrida cambiaria. Bastaron algunos días de generosa primavera financiera -combinados con gélidos números de la economía real- para que los eternos optimistas de la voluntad salieran a festejar que no detonaron y que el destino les depara tan sólo una lenta agonía.

Cambiemos mira hacia arriba y celebra los gestos de apoyo del Fondo Monetario Internacional y del universo de las finanzas que encontró una ventana de oportunidad para un plus en la timba del dinero fácil; y prefiere no mirar hacia abajo donde habita una sociedad que comienza a percibir los más crudos síntomas del desierto de lo real: caída de un 4,2 % de la economía en el segundo semestre, aumento de más de un punto de la desocupación en el mismo periodo alcanzando casi el 10 %. Y lo peor está por venir.

Los indicadores de las encuestas confirman el derrumbe de la imagen del oficialismo en todos los terrenos y el cuarto paro general convocado a desgano para el martes de 25 de septiembre reafirma que hasta para la anestesiada CGT es el momento de descomprimir.

El desplome de la promesa cambiemita también se expresa en la degradación de su narrativa: de la lluvia de inversiones, el fin instantáneo de la inflación, la pobreza cero y el mejor equipo de los últimos 50 años a la dudosa épica contrafáctica de “estamos mal pero zafamos de ser Venezuela”, “no somos un equipo perfecto, pero tenemos buenas intenciones” y el más tranquilizador “no me vuelvan loco porque les puedo hacer mucho daño”. De la radiante y florida charla motivacional al desangelado y gris discurso sacrificial.

Una escena pintoresca y a la vez patética de esta confusión generalizada entre los referentes oficialistas fue protagonizada por una persona que como político es un gran actor: Luis Brandoni. En un trabalenguas desopilante en un programa de TV intentó explicar que el problema económico y social se reduce -en realidad- a un drama psicológico de la retorcida mente de los argentinos empecinados en que siempre hoy es peor que ayer y ayer peor que antes de ayer y así. No tuvo ni la racionalidad de una explicación ni el impacto del stand up de Alfredo Casero sobre el flan. Un Gallo para Esculapio y algunos argumentos urgentes para el referente radical de la triste figura.

Desde el punto de vista programático, la bancarrota se manifiesta en el abandono culposo de todos los fundamentals que conformaron la doctrina económica de Cambiemos de los orígenes: vuelta de las “malísimas” retenciones, abandono de la flotación libre del dólar, intento impotente de intervención estatal sobre los precios y suba de impuestos.

Ante el panorama pesadilla, un pilar al que se aferra el Gobierno para la agónica sobrevida es la oportuna y cada vez más cuestionada causa de los cuadernos del chofer Oscar Centeno. Con toda su verosimilitud a cuestas, el uso y abuso del “GloriaGate” por parte del macrismo para esconder el malestar y la conflictividad social está destinado al fracaso. Como en tantas otras oportunidades, Cambiemos quiere obtener de la sesgada causa que está en manos del juez Claudio Bonadio mucho más de lo que la causa por naturaleza puede dar.

Vuelta de página los cuadernos

Como si estuviera milimétricamente coordinado, el mismo día que se presentaba en el Congreso Nacional el nuevo Presupuesto de ajuste para 2019, Bonadio emitió su primera sentencia. Para sorpresa de algunos, dictaminó el procesamiento colectivo de 42 personas que habrían formado parte de una “asociación ilícita” encabezada por Néstor Kirchner y Cristina Fernández. El procesamiento de varios empresarios –dueños en algunos casos, segundas líneas en otros más poderosos- motivó la algarabía de quienes creen que ahora sí se está avanzando hacia un “Lava Jato hasta el final”. Luis Betnaza, segundo de Paolo Rocca en Techint fue uno de los asombrados porque había confiado que su delación tendría un premio mejor, otro fue el primo del presidente, Ángelo Calcaterra. Le hablaron a Bonadio con el corazón delator y éste les respondió con el pragmatismo del “partido judicial”. También quedaron procesados expresidentes de la Cámara Argentina de la Construcción y de la UIA o figuras empresariales destacadas como Aldo Roggio o Enrique Pescarmona.

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Pero el presunto giro de juez pistolero tiene como objetivo emparchar una causa envenenada de origen: primero fue cuestionada su aparatosa resolución inicial que pretendió limitar la causa entre los años 2008 y 2015 y a los pocos días se vio obligado a enmendar el yerro para que no quede en evidencia un mamarracho jurídico a la carta para Macri (extendió el periodo de 2003 a 2015). Luego fue criticado por la homologación express de los pactos propuestos por los empresarios arrepentidos que de esta manera obtenían su libertad y perdones futuros. Finalmente, en la primera sentencia debió incluir a algunos empresarios. Sin embargo, sigue mostrando la hilacha: Franco y Mauricio Macri, titulares de la empresa Iecsa entre los años 2004 y 2007, cuando funcionaba a pleno “el club de la obra pública” (según la confesión de Carlos Wagner) salieron ilesos, vivitos y coleando. El mismo beneficio obtuvo Paolo Rocca, en todo caso tan responsable como Betnaza en el pago de sobornos para lograr una indemnización superior por la expropiación de Sidor en Venezuela.

Analistas y editorialistas comienzan a reconocer una hipótesis que señalamos con la irrupción del escándalo: las disputas geopolíticas que cruzan la región -sobre todo el enfrentamiento entre Estados Unidos y China-, el interés y hasta el apoyo judicial y político por parte de los norteamericanos a las cruzadas falsamente honestistas que inundan la región.

Quizá Bonadio siente ese respaldo o directamente –como el juez Sergio Moro en Brasil- es un títere de los intereses imperiales. Como sea, que la causa de los cuadernos con el procesamiento de algunos empresarios tome contornos que la asemejan al “Lava Jato” no significa un avance imparcial de la Justicia. En Brasil también el “Lava Jato” es sinónimo de cancha inclinada. En nuestro país, Bonadio y el fiscal macrista paladar negro Carlos Stornelli le imprimen su peculiar color local que en los hechos implica castigo selectivo e impunidad para el oficialismo.

La pax social

Si ni el veranito financiero ni los cuadernos –en lo que tienen de espectáculo para copar la agenda y como intervención política, más allá del desfalco real de la corrupción de los años kirchneristas- logran frenar el aumento del malestar y la pérdida de base social del Gobierno, la pregunta que emerge es: ¿por qué no se produce un rechazo social más activo y contundente?

El director del portal La Política Online, Ignacio Fidanza, planteó la cuestión en estos términos: “El dato más sorprendente de esta crisis es la paciencia de la sociedad, que aceptó resignada una devaluación del 50 %. Una enormidad que hasta ahora se absorbió con templanza de Buda”. Y luego interrogó: “¿Qué explica esa singularidad?”. No es el único que manifiesta la duda o la incomprensión sobre la presunta pasividad de la sociedad ante un ajuste salvaje. El razonamiento o, si se quiere, el reclamo por la inacción es por lo menos llamativo cuando se habla de la sociedad haciendo abstracción de las condiciones económicas y sobre todo de las superestructuras sociales y políticas que actúan en su seno.

En primer lugar, corresponde relativizar la supuesta pasividad ante la evidencia de conflictos múltiples como los protagonizados por los trabajadores y las trabajadoras de Astillero Río Santiago, del Hospital Posadas o los empleados estatales de varias dependencias nacionales o subnacionales, docentes de todos los niveles o los trabajadores y las trabajadoras de Télam. El activo movimiento de mujeres o el movimiento estudiantil extendido por todo el país actuando como caja de resonancia de los malestares sociales, también desmienten en parte la supuesta quietud. El paro general y las movilizaciones previas serán otro canal (con los límites impuestos por quienes conducen) de un hartazgo creciente (sin descartar, incluso, que cambien el escenario). Aunque es verdad que, hasta ahora, no se reunieron las condiciones que habilitaron jornadas como las del 14 y 18 de diciembre del año pasado y que tuvieron como resultado un golpe político a los planes del macrismo, más allá del resultado táctico de la batalla contra la mal llamada Reforma Previsional.

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Algunos elementos explican esta peculiar situación: la forma del ajuste ligeramente diferido, el rol central de las dirigencias sindicales, las aspiraciones e ilusiones políticas hacia el año que viene fogoneadas por gran parte de la oposición y un factor clave del que se habla poco, pero sin embargo actúa mucho: el amplio y transversal “partido papal”.

En la coyuntura, Cambiemos usufructúa la ventaja que tiene la apuesta devaluatoria, a diferencia de la Alianza que estaba atada a la convertibilidad. Esto provoca que el ajuste se produzca a través del método de la “licuación” y relativamente diferido. Aunque el combo que incluye devaluación y tarifazos combinados con recesión, estrecha sustancialmente los márgenes de maniobra en el tiempo.

En segundo lugar, con sus diferentes matices, es esencial la función de las distintas expresiones de la dirigencia sindical: desde el moderado y manso Triunvirato hasta aquellos que con discursos opositores más encendidos terminan firmando retrocesos de conquistas (como la conducción del Subte de Buenos Aires o del gremio de los universitarios).

En tercer lugar, la aspiración e ilusión de que es posible y hasta necesario esperar hasta el 2019, una apuesta estratégica en la que coinciden todas las alas del peronismo y que alienta y en cierta medida construye la pasividad de hoy. La correa de transmisión son las organizaciones de masas como los sindicatos o movimientos sociales cuya orientación no es derrotar el plan de Macri hoy sino esmerilar sus posibilidades políticas de mañana. Paradójicamente lo que es una manifestación distorsionada de una relación de fuerzas y de la ausencia de hegemonía del macrismo (la existencia de un amplio espectro opositor) es factor de pasivización.

Por último, pero no menos importante, la acción del extendido “partido papal” que tiene una gravitación importante en las formaciones políticas tradicionales y en no pocas organizaciones de la sociedad civil.

¿Cuántas divisiones tiene el papa?

El “partido papal” tiene influencias en instituciones que van desde organizaciones sociales como la Fundación La Alameda que preside Gustavo Vera o la CTEP, uno de cuyos dirigentes es Juan Grabois (que además es asesor en el Vaticano), en distintas tendencias sindicales, en casi la totalidad del peronismo y hasta en las figuras del PRO que pretenden mostrarse con sensibilidad social como María Eugenia Vidal o Carolina Stanley.

Desde lo doctrinario, Jorge Bergoglio, identificado históricamente con la “Teología Popular”, desarrolla una orientación que cuestiona los contornos más salvajes del neoliberalismo globalizador y reclama por la contención de la pobreza con el método del tutelaje de los pobres. Los documentos de la Conferencia Episcopal de Aparecida (Brasil – 2007), aun bajo el papado de Benedicto XVI, pero en cuya redacción Bergoglio tuvo una importante participación, hasta el Evangelii Gaudium, una de las primeras encíclicas programáticas de su propio papado, muestran la naturaleza de esta ideología que combina un férreo conservadurismo en lo doctrinario y un “reformismo” social en lo pastoral.

En los años setenta del siglo pasado, el combate de esta especie de “tercera posición” era a dos puntas y también incluía la lucha contra la “Teología de la Liberación” de tinte más izquierdista. Años que coincidieron con el oscuro episodio del secuestro de los padres Francisco Jalics y Orlando Yorio y la nunca aclarada responsabilidad de quien en ese momento era jefe provincial de los jesuitas en la Argentina.

Desde el punto de vista político, el objetivo estratégico del papa es –además de evitar derrotas “culturales” de la Iglesia como con la batalla por el aborto legal- ser un factor de estabilidad en su país de origen para evitar un estallido o la irrupción de las masas en el gobierno de sus propios destinos. En el tablero de su ajedrez las fichas se mueven para ese objetivo.

En el universo del peronismo sus influencias van desde Gustavo Menéndez, intendente de Merlo y titular del PJ de la estratégica provincia de Buenos Aire a Fernando Gray, jefe comunal de Esteban Echeverría, que en diciembre sucederá en el cargo a Menéndez. Junto a otros siete intendentes conformaron en 2016 (a días de haber impulsado la aprobación del primer Presupuesto de María Eugenia Vidal) el “Pacto de San Antonio de Padua” cuyo documento fundacional alterna pronunciamientos políticos con conceptos de la encíclica “Laudato si”, elaborada por Francisco.

No pocos marcaron el aliento papal en el acercamiento y reconciliación del recientemente fallecido exgobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, con Cristina Fernández. De la Sota presidía la Fundación Consensus en la que trabajaba codo a codo con el padre Pepe, renombrado recientemente por sus olvidables declaraciones al favor de la continuidad del aborto clandestino.

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Una gran parte de los intendentes franciscanos del conurbano bonaerense también

se inclinan por Cristina Fernández hacia el 2019 y fueron memorables las palabras de la expresidenta en el debate del Senado por la interrupción voluntaria del embarazo cuando afirmó: “No se enojen ni con la Iglesia ni con los sacerdotes”. Sin remate.

Parece que con el espectro del amplio frente papal se difuminan las fronteras entre lo que el periodismo bautizó como el “peronismo racional” (que aportará el grueso de los votos para aprobar el Presupuesto de Macri) y el presuntamente más radicalizado o populista.

Víctor “Tucho” Fernández, reemplazante de Héctor Agüer en el Arzobispado de La Plata y una persona clave entre los hombres del papa en la Argentina, se puso a la cabeza de la mediación en el duro conflicto del Astillero Río Santiago de Ensenada. Al exrector de la Universidad Católica Argentina se le atribuye la inspiración de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Pocos días después, Vidal se reunió con los obispos bonaerenses en la sede del Banco Provincia para solicitar ayuda para prevención ante eventuales estallidos sociales y los prelados hacen de puente con el intendentismo peronista.

Finalmente, un mes después del paro general el flamante Frente Sindical para el Modelo Nacional (que incluye a los camioneros de Hugo Moyano, a los bancarios de Sergio Palazzo y a los mecánicos de Ricardo Pignanelli, entre otros), convocan a una marcha el próximo 20 de octubre a Luján porque es necesario “poner en marcha el espíritu” según las palabras del místico dirigente de SMATA.

Orden y contención

“¿Cuántas divisiones tiene el papa?”, dicen que ironizó un despectivo Stalin cuando en la conferencia de Yalta Winston Churchill sugirió invitar a Pío XII a las negociaciones de paz después de la II Guerra Mundial.

El asesor ecuatoriano del macrismo, Jaime Durán Barba, tradujo la ironía con su particular estilo cuando afirmó que nadie debía preocuparse por el papa porque “no tiene ni diez votos”.

El recientemente fallecido Julio Blanck aseguró en una entrevista con La Izquierda Diario que el papa “tiene el dominio moral de algunas de las divisiones que pueden intervenir en la política argentina”, o mejor dicho “no tiene divisiones, tiene muchísimos soldados”.

Lógicamente no todas las tendencias o referentes que responden al transversal “partido papal” son iguales y cumplen la misma función, pero se enmarcan de conjunto en un objetivo mayor y esencial para la conducción del Vaticano.

La pregunta que pocos quieren hacer es a qué causa responden los soldados o las divisiones del papa, porque quizá allí residan algunas respuestas sobre la supuesta quietud que se le atribuye a “la sociedad”. Más allá de las diferencias de política local entre el oficialismo y la oposición tradicional (aunque la afinidad de Francisco se acerque a los recuerdos en común con el peronismo), la orientación del papa, sus soldados y divisiones responden a la gran estrategia de la contención que -como es sabido- siempre fue la contracara complementaria del partido del orden.

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