Guerra franco-prusiana

 

En cuanto a los antecedentes de la guerra franco-prusiana, el recién entronado rey Guillermo I de Alemania, favorable a una política conservadora, designó al canciller a Otto von Bismarck, a quién se le atribuye, en la práctica, la dirección absoluta de las riendas de la política alemana.

La Francia de aquel momento – vivía su período conocido como el Segundo Imperio– aspiraba a ocupar una posición de máximo prestigio y poder en Europa.

En 1870, París había completado un ambicioso proyecto de reorganización urbanística y de modernización. Incluso competía con Londres en cuanto a tamaño y en población, superaba ya la cifra de 2.000.000 de habitantes.

El país galo también había consolidado su posición militar (reforzada por un proceso de reforma del ejército) mejorada respecto a la de años atrás, y se creía capaz de lidiar con el conflicto con Prusia.

Las presiones del nacionalismo, un gobierno formado por ministros antiprusianos, el desastre de la segunda intervención francesa en México y la imposibilidad de lograr a través de la diplomacia el consenso en el país, permitieron acercarse inexorablemente hacia la guerra.

En este contexto, el conflicto marcó el estallido de la tensión entre las dos potencias, que se había acrecentado tras el fracaso de Napoleón III de anexionar Luxemburgo. Además, el gobernante galo perdió con ello gran parte de su prestigio en el país.

Así, los altos mandos prusianos se lanzaron al ataque sobre Francia, con Otto von Bismark a la cabeza, ansioso de demostrar la supremacía germana.

Su primer paso, fue instalar su cuartel general en el Palacio de Versalles creyendo que en pocos días caerá la capital francesa. Sin embargo, los parisinos se prepararon bien para resistir y aceptaron cuantos sacrificios fueron necesarios.

Dentro de la ciudad recibían una lluvia de obuses de la artillería enemiga a la que resistían como podía. Por otro lado, el hambre de la ciudadanía crecía hasta que se convirtió en extrema y, al parecer, para poder afrontarla, obligó a los parisinos a comer ratas, gatos, perros e incluso los exóticos animales del zoológico.

Mientras París sufría el asedio, el palacio de Versalles, en manos prusianas, fue el escenario de la proclamación del Imperio alemán. Con aquella ceremonia el 18 de enero, el orgullo francés sufrió un nuevo golpe.

 

El aislamiento no puede durar más

Durante esos 135 días de cerco bélico, París logró defenderse con un coraje que asombró al mundo.

Como la llegada de las fuerzas prusianas era esperable, la población parisina había hecho acopio de provisiones (ganado almacenado en el centro de la ciudad) que no evitó la muerte de centenares de civiles pero la comida se fue acabando.

Y, llegó el día, el 23 de enero de 1871, ante la completa carencia de víveres y la desmoralización de la población, el gobierno provisional francés envió como emisario al ministro de Asuntos Exteriores, Jules Favre, a Versalles. Allí logró negociar un armisticio con los alemanes.

El canciller Bismarck aceptó únicamente levantar el sitio a cambio de la entrega de varias fortalezas que eran claves en la defensa de París.

 

Vídeo: el Tratado de París

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