La defensa de los sueños de siempre. Eso es lo que Víctor Hugo dice que es Textualidades, su último libro, editado por Colihue. Esas Textualidades implican el repaso de una vida y de una carrera profesional. Y también argumentos, datos, respuestas a ataques y acusaciones, pruebas, hechos y citas. La gran pelea del periodista por los negocios que genera el fútbol, y luego por la ley de medios, sus años en Uruguay, su relación con el gobierno anterior y con el actual, también con las empresas que lo contrataron, y hasta un detalle de sus ingresos y aportes al fisco en todos estos años (en el capítulo “Lo que gané, lo que pagué”), aparecen expuestos y detallados, año a año. Así planteado, este libro de Víctor Hugo puede leerse como un alegato urgente.

“Los grandes grupos mediáticos quisieron cooptarlo, pero no lo lograron. Entonces optaron por censurarlo o devaluar su palabra, tergiversándola o, sencillamente, inventando versiones. En la era de la posverdad, Textualidades. La defensa de los sueños de siempre es un ejercicio periodístico formidable, que destierra todas estas operaciones apelando a la mejor evidencia que un periodista puede exhibir: su propio archivo”, describe en el prólogo Adrián Paenza. También él acude aquí a sus propias Textualidades, citando los mails intercambiados con el autor, antes de la publicación del libro, ante la consulta sobre si “poner o no poner” determinados textos o situaciones. “Dejá todo como está”, le insiste entonces Paenza. “El valor ‘auténtico’ que tiene este libro, todo lo que está dicho acá como una ‘catarata’, es que no tiene filtro. No importa cómo un episodio particular te deja parado a vos”, argumenta el matemático, y concluye: “Este libro es como la ‘segunda banda sonora’, lo que los ‘vencedores’ (por ahora) no querrían incluir”.

En esta “segunda banda sonora” suenan, por ejemplo, los Uruleaks, los archivos de la dictadura uruguaya, que muestran el seguimiento que se le hacía a Morales, y que desmienten una de las acusaciones que recayó sobre el periodista (la de haber mantenido una relación cercana con esa dictadura). O su negativa a transmitir los mundiales para el canal público, o a la presidencia de la Televisión Pública, ofrecida por Néstor Kirchner, o de Fútbol para Todos. O a ser secretario de Cultura de Buenos Aires, cargo que, cuenta, le ofreció Mauricio Macri al llegar a su primer gobierno en la ciudad. O el mail que circuló acusándolo de cobrar diez millones de dólares del gobierno de los Kirchner, y que, según se probó, llegó a cuatro millones de casillas. De estas y otras Textualidades, el conductor de La mañana (lunes a viernes de 9 a 12, por AM 750) charló con PáginaI12.  

–¿Por qué sintió la necesidad de hacer este alegato personal?

–En una vieja revista guardada por mi tía (como en todo hogar hay alguien que guarda recortes), me encontré con que en el ‘87 yo hablaba sobre los multimedios, que ni siquiera existían todavía en la Argentina. Estaban naciendo y yo ya estaba expresándome en contra. Entonces me hice este desafío: ¿cuántas cosas habrá que muestren una coherencia entre aquello que sucedía hace años y la pelea actual, con los multimedios ya convertidos en medios completamente dominantes? Siempre tuve una inclinación a analizar el comportamiento de los medios. Quizá porque, desde adentro, vi mucha traición, mucho acomodo, mucho servilismo. Y toda mi vida estuvo cercada por una especie de lucha con los medios de comunicación. Esa pelea mía de revisar los comportamientos del periodismo ha tenido sus represalias bastante furiosas. He recogido un mundo de ataques en estos años, han ido por distintos lugares, aspectos de mi vida profesional y hasta de mi vida personal. Y quise demostrar que podía responder a esos ataques con pruebas, con archivo. En algún momento me disuadía el hecho de que es inabarcable la textualidad de lo que uno ha dicho y lo que han dicho sobre uno, al cabo de tantos años de profesión. Pero quise elegir los capítulos más urgentes, como dice usted. 

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–Uno es la acusación de que cambió de opinión con respecto al gobierno de los Kirchner…

–Que coincide con la lucha por la ley de medios. Ese es el momento en que empecé a existir como figura nociva para los medios de comunicación. A partir de ahí vinieron cuantiosos ataques de todo tipo. Admito que no he hecho del todo los deberes para no tener enemigos, o a menos detractores. Porque si decís que Fopea es un elemento servil a los intereses de Clarín, potencialmente abriste la puerta a unos cuatrocientos periodistas enojados con vos, que son socios de Fopea… Pero sobre ese tema, niego que hubiese un cambio: tampoco sería un cambio que vea que Macri toma una buena medida y lo señale. Lo mismo sucedía con los Kirchner: tenía con ellos el tema de Botnia, criticaba las medidas del campo, con la idea del prejuicio para los productores chicos y medianos. Yo creía mucho en la Federación Agraria porque estaba muy influido por las ideas de Humberto Volando y entendía que el trato igual a los desiguales es una forma de ensanchar la desigualdad. 

–¿Por qué dice que ese fue “el capítulo más vergonzoso” de su vida periodística?

–Yo acusé a Néstor Kirchner de haber cometido un acto corrupto al comprar dos millones de dólares, porque él tenía influencia para determinar el precio del dólar, que es lo que se hace hoy todo el tiempo. Fue cuando me llamó Kirchner y me dio todos los elementos que me hacieron entender que estaba diciendo algo erróneo, porque no los había comprado para atesorar. La vergüenza era que yo había “comprado” una suposición falsa. Para los medios dominantes, a partir de febrero de 2010 empezó mi nueva vida. Hasta ese momento, yo era una persona… no intocable, pero intocada. Nunca jamás se había escrito algo negativo sobre mí. A pesar de que eran años de pelea con Clarín desde 1992, cuando se quedaron con el fútbol, que es lo que aceleró mi confrontación, a partir de ver cómo obtenían mafiosamente el dominio de todo.

–¿Cómo aparecieron los “Uruleaks”?

–Ese capítulo es muy importante para mí, quizá porque es lo que más me ha molestado. A partir de una declaración de un militar uruguayo, armaron una historia. Yo había tenido dos encuentros con ese militar, él colaboró con la búsqueda de un hermano mío en los cuarteles y, por cierto, en su momento era de los militares más democráticos. Con eso construyeron una historia a través de un libro que pidieron, desde acá, a un periodista uruguayo. Pero tuve la fortuna enorme de que el gobierno uruguayo me entregara archivos en los cuales está todo el seguimiento que me hacían, cómo me veían ellos a mí, que no era precisamente como un “colaborador”. Eso es definitorio, porque entre la versión verbal de un militar enojado conmigo porque no le gusta lo que digo ahora y los archivos oficiales, no queda duda posible.

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–¿Por qué siente que tiene que explicar y refutar de este modo cada acusación?  

–Escribo más que nada para los periodistas que vienen, los jóvenes que pueden tener una duda frente a tanta cosa que le pueden decir de una persona. Porque hoy, así como hay gente que te quiere exageradamente, hay gente que te desprecia, porque tiene una data muy fea, pesada. Le dicen que yo cambié de opinión y lo dan por sentado. Pero, ¿cuál es la perversión? Si vos cambiás de opinión, estás en tu derecho, si das argumentos. Podría ser que, en el volumen de críticas que yo tenía para los Kirchner y la importancia de la ley de medios para mi lucha de toda la vida, al barajar me quedase una simpatía mayor por los Kirchner. Podría estar en mi derecho. Ahí tuvieron que inventar que había dinero de por medio. Por eso pongo lo que gané y cómo lo gané.

–Debe ser un caso único de declaración contable en un libro. ¿Dudó al publicar las cifras?

–La única duda es que es como abofetear a la gente, porque hay una cantidad de dinero asombrosa. Ganada a empresas como Telefónica y con mucho coraje en la discusión. Es increíble la cantidad de dinero por una prestación de servicios. Son empresas bien conocidas, están los recibos, todo en blanco. No tuve nunca pauta publicitaria de ningún gobierno, nunca les pedí nada. Con Abal Medina una vez que me senté en un restaurante porque él pidió la entrevista y lo primero que le dije fue: “Ni de mí ni de personas vinculadas a mí me gustaría que jamás tengan una sola pauta”. Fue un poco golpearme el pecho frente al tipo. Porque siempre que ellos se sientan con un periodista más o menos importante, ya vienen con la idea de cuánto vale, qué hay que darle, cómo tenerlo, dónde precisa apoyo. Yo no preciso apoyo en ningún lado. Nunca tuve un solo aviso. No es de ahora, es de siempre. En el libro digo desde el ‘96, porque me estafó un contador en el ‘93, y mi vida en la Afip se ordenó a partir de mi nuevo contador. Entonces tomo esos años, e invito a encontrar otro ingreso que no sea por sueldos o dinero ganado por publicidad.

–A pesar de todos los argumentos que expone, ¿no se queda con la sensación de que hoy solo se trata de colocar de un lado o del otro a las personas? 

–Cuando te quieren insultar, reaparece todo eso. Si yo me encuentro con un tipo que quiere insultarme, me tira por lo menos el hecho de que fui un tipo comprado, que soy un corrupto que cambió de opinión porque le pusieron una montaña de dinero. No olvidemos que, como cuento en el libro, el mail de los diez millones de dólares llegó a cuatro millones de personas. Una cosa tan trucha, tan absurda, tan mal hecha… Pero la gente está indefensa frente a eso, porque se lo tiran en la cara. Y después me dicen: “¡Eh, cómo te dieron en Intratables anoche!” No me dicen: “Dijeron una infamia, porque no había un solo argumento, una sola prueba”…  

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–Justamente: no se trata de argumentos…

–Es que yo creo en el argumento para las personas que me importan. Hace un tiempo, Vilouta dijo que yo había ganado una fortuna con Telesur. En ese entonces yo estaba en Rusia y una persona que vive en Israel, ligada al fútbol, me lo comentó muy apenado por whatsapp. Pero yo sentía que en verdad me estaba preguntando: “¿Qué pasa? ¿Es así?” Yo le conté que fui por un viático, no les cobré porque Telesur está en la lona. Y afortunadamente, cuando luego esta persona vino a comer a mi casa, yo tenía el contrato de Telesur, y se lo pude mostrar. Y a mí me gustó poder hacerlo. A ese tipo, a alguien que cree en vos, darle una prueba material, irrefutable, es importante.

–¿Pensó el libro como un alegato? 

–No lo había pensado así, pero algo de eso hay. Y va un poco en contra de aquello de que nadie es buen abogado de sí mismo. Pero creo que cumplo el objetivo ante las personas que me importan. Que, por otra parte, creo que son las que lo van a leer. Para hacerlo me tomé mucho trabajo, con mucha pasión. Y frente a mucho ataque, mucha mentira. Clarín nunca pudo decir que yo recibía pauta. Pero, ¿qué hacía? Ponía las fotos de todos los que reciben pauta: Cristóbal López, Fulano, Mengano, y mi foto, como un beneficiario más. Con una simple foto, y sin explicación alguna, yo quedaba entre todos los que ellos señalaban como corruptos que recibían “millones y millones”.   

–En aquellas épocas de lucha por la ley de medios, ¿imaginaba este final?

–No. Y tuve desconfianza desde el primer momento que empezaron a poner trabas judiciales. Desde aquel fallo de la jueza de Mendoza (Olga Pura de Arrabal) y la cámara que integraba estos tipos que ahora están presos, el que estuvo fugado en Chile (Otilio Romano). Ahí empezó todo, por un diputado (Enrique) Thomas que hizo la denuncia. Desde entonces, intuí mil trabas más. Lo que no tenía tan presente era que iban a poder dominar a la justicia de la manera en que lo hacen, ya definitiva y total, porque hoy el que no está alineado, queda afuera. Pero en aquel momento ya empezaba a delinearse el perfil de una justicia que tiene gente muy de derecha, muy conservadora, gente con miedo, y gente con muertos en el ropero.

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