Cuba trató con profunda suspicacia a Bobby, un “enmascarado”, como él mismo se define, que le tocó esconder toda su vida “que era maricón de la cabeza a los pies”. Mario Conde, más escéptico que nunca, a punto de cumplir 60 años, escucha hablar a su antiguo compañero del instituto, quien le pedirá recuperar la estatua de una virgen negra, que le ha robado un ex amante. Esa estatua es una reliquia familiar milagrosa que llegó a La Habana de la mano del abuelo de su ex compañero, que huyó de la Guerra Civil española desde una ermita del Pirineo catalán para llevarla hasta Cuba. Apenas empieza a investigar, Conde se sumerge en los bajos fondos de una ciudad degradada, una especie de infravida, las catacumbas de las catacumbas. “Los rostros de las gentes, de las cuales recibía miradas cargadas de recelo, eran el espejo de sus almas y sus almas el fruto de su medio: la precariedad acendrada, multiplicada en los últimos veinte años de una crisis que tronchó el posible sueño de muchos de encontrar una mejoría en sus vidas. Lo peor era que, como aquel falansterio, había cientos en la ciudad, donde vivían miles de personas que ya no esperaban nada de la sociedad y, por lo tanto, no entregaban nada a la sociedad: vivían de lo que encontraban, como las garrapatas afanadas en sacar el último aliento de los perros famélicos sobre los cuales él había pasado”, se lee en La transparencia del tiempo (Tusquets), de Leonardo Padura, en la que aparece el detective más famoso de la literatura cubana: Mario Conde.

Hasta los ojos del escritor cubano sonríen cuando recuerda cómo su madre, Alicia, festejó sus 90 años el domingo 15 de abril pasado, en su casa de Mantilla, durante tres días. “La fiesta empezó el viernes, con un grupo de viejas que vinieron a celebrar. Mamá vive en la casa de abajo y yo arriba. Mamá todavía lee mis libros, los analiza y me dice cosas. De los últimos se queja de que son grandes y se demora más en leerlos, porque a ella le gusta leer por las tardes. Ella se pasa toda la mañana con una muchacha que viene a la casa y la ayuda a limpiar. Mamá cocina porque dice que la muchacha cocina muy mal. A ella le gusta hacer las compras porque dice que la muchacha no sabe comprar; entonces van juntas. Por la tarde, después de que ve una telenovela, se sienta en la terraza o en el portal y lee el periódico, una novela o la Biblia, porque ella es católica”, cuenta Padura en la entrevista con PáginaI12.

–En La transparencia del tiempo se explicita una crítica a la patria socialista cubana que fue tan homofóbica. ¿Buscó que este tema apareciera en la novela?

–El proceso de la visión de la homosexualidad en Cuba tiene raíces históricas a las cuales se unen muchos prejuicios de carácter cultural, religioso y ético. Después de la Revolución, en los años 60, tuvo un acento más doloroso porque se incluyó la desconfianza política hacia el homosexual, que no era ideológicamente confiable. Cuando yo era niño recuerdo que si había un muchacho que era un poquitico amanerado, lo llevaban al médico para curarlo. En los años 70, hubo una persecución por parte del sistema a importantes artistas cubanos por ser homosexuales. A partir de los 80, esa percepción empieza a cambiar y en los 90 cambia radicalmente. Hoy se está hablando de refrendar constitucionalmente el matrimonio igualitario, lo cual me parece un avance importante. Este fenómeno entra dentro de un proceso de concientización en la dirigencia cubana de superar una serie de prejuicios, esquemas y dogmas que venían del socialismo real. Esto está abriendo puertas que nunca deberían haber estado cerradas. En el caso de un personaje como Bobby, que en un momento fue víctima de esas incomprensiones, ahora es un homosexual liberado que además se ha convertido en victimario, porque es de una catadura ética bastante dudosa, por decir poco, con independencia de que sea o no homosexual. Yo quería llevar a un plano mucho más real la percepción actual del homosexual en Cuba y quitarle dramatismo a lo que fue su marginación. 

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–¿La sociedad cubana está cambiando?

–Si se mira desde afuera, Cuba no ha cambiado. Si se mira desde adentro, ha cambiado poco, porque el sistema sociopolítico económico sigue siendo el mismo. Pero si lo miras desde el ciudadano corriente han cambiado muchas cosas. Existía toda una serie de prohibiciones erradas en Cuba, que violaban derechos fundamentales del individuo, como el derecho a viajar. Esa prohibición se levantó y los cubanos pueden viajar libremente adonde consigan visa. Durante años los cubanos no podíamos ir a los hoteles de turistas, aunque tuviéramos el dinero. Durante años, tener 5 dólares en el bolsillo podía ser motivo de cuatro años de cárcel porque consideraban que tenías posesión de divisas. Y no podíamos tener línea de teléfono celular. Si le digo a un argentino que para tener un teléfono celular yo tenía que buscar a un extranjero que me regalara o me vendiera una de sus líneas, seguramente le parecerá que estoy hablando de las cavernas. Y, en muchos sentidos, estábamos en las cavernas. Aunque los cambios son pequeños, a mi juicio no son todo lo osado que nos hace falta. El problema fundamental de Cuba sigue siendo que todos los años decrece económicamente o crece un 1 por ciento. Cuba necesita crecer un 5 o 6 por ciento todos los años para poder salir del hueco del que no hemos salido desde 1990. Yo creo que debería haber una actitud oficial más agresiva con respecto a la lucha contra la ineficiencia económica y contra un sistema económico disfuncional, que es el que existe en Cuba. No puede ser que el muchacho que viene a traernos el café, si nosotros le dejamos una propina, gane 5, 7 o 10 veces más que un médico.

–¿Cómo explica que Conde esté más escéptico que nunca? 

–Mira, ahí hay muchos elementos que inciden en este escepticismo acentuado de Conde. Él sabe que su tiempo vital es cada vez más reducido y eso lo preocupa. No es que él haga nada especial por evitar que ese tiempo vital sea mayor, porque sigue fumando como un marino griego y bebiendo como un cosaco ruso, malviviendo como siempre hace. Pero además hay una situación, un contexto que lo hiere profundamente y que tiene que ver con algo que está en la esencia misma de la novela, que es el descubrimiento de cómo la trama social cubana se ha degradado. Él creció en una sociedad donde el igualitarismo era una política de Estado y se practicaba realmente y ahora está viviendo sus años de inicio de vejez en una sociedad en la que se encuentra sectores de la población empobrecidos en unos niveles que no existían antes y que habían sido superados en Cuba, y sectores donde aparece chispazos de enriquecimiento. Y te digo chispazos de enriquecimiento porque si comparamos el enriquecimiento de algunos personajes cubanos con lo que puede ocurrir en otros países de América Latina son cifras que darían risa, en un continente que sabemos que cuando alguien se enriquece se enriquece mucho. 

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–El escepticismo de Conde tiene que ver con este abismo social entre aquellos que están en el fondo del pozo y los nuevos ricos cubanos, ¿no?

–Sí, pero Conde es un escéptico por naturaleza. Su trabajo es ser escéptico y descreído porque si él creyera todo lo que ve y lo que le dicen nunca llegaría a encontrar la verdad. El escepticismo para él es un método de conocimiento y de investigación, que lo aplica en todo y es parte consustancial de su naturaleza, igual que la ironía como forma de expresión con respecto a esa realidad. A diferencia de un personaje con el que Conde tiene una evidente relación, el Pepe Carvalho de (Manuel) Vázquez Montalbán, el escepticismo de Pepe Carvalho lo reproduce con una mirada cínica con respecto a la realidad. Conde no llega al cinismo, Conde es irónico y con la ironía trata de levantar un escudo para defenderse de la agresión social a la que se ve sometido. Conde es demasiado bueno para llegar a ser cínico. Nunca lo fue.

–Una cuestión que subraya el escepticismo de Conde en esta novela es cuando El Conejo, uno de sus amigos, manifiesta su intención de irse de Cuba. ¿Cómo impacta el tema de los que se fueron de Cuba en el personaje?

–Ese es un tema lacerante en la vida cubana. En otro de mis libros, La novela de mi vida, el personaje protagónico es José María Heredia, el primer poeta cubano, el primer independentista cubano que siente la existencia de una patria cubana a principio del siglo XIX y que se va a México. José Martí, el cubano por excelencia, vivió más años de su vida fuera de Cuba que dentro, igual que Heredia. Hay cifras que demuestran que en los últimos años ha sido mayor la cantidad de gente que ha salido del país; fundamentalmente han salido de Cuba jóvenes profesionales que han ido a buscar posibilidades de realización económica y vital. Esto es algo que está presente en la sociedad. En el caso específico del amigo de Conde lo que ocurre es que Conde ha tratado de preservar esa pequeña tribu, a la cual él pertenece, como su refugio más seguro. Ya hay uno de los amigos, Andrés, que se ha ido a Estados Unidos; con la noticia de que Andrés se va de Cuba cierra la tetralogía Cuatro estaciones en La Habana. Ahora se encuentra con que otro de sus amigos está pensando viajar, no sabe si va a regresar, pero quiere tener la posibilidad de probar. Esa posibilidad de probar fue algo que a los cubanos se les negó durante mucho tiempo. En Cuba existía una figura migratoria que se llamaba “salida definitiva”, lo que implicaba que si tú pedías salir del país no podías regresar. Eso afortunadamente cambió hace unos cinco o seis años, el gobierno de Raúl Castro cambió esta figura y los cubanos pueden entrar y salir con mucha mayor libertad. Conde siente que ese mundo en el cual él tiene su mayor refugio también se puede quebrar con la salida de este amigo.

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–Hay dos momentos de mucha belleza poética en la novela, que tienen que ver con un personaje que anda descalzo, con los pies cubiertos apenas con unas bolsas de nailon. Conde, finalmente, le entrega un par de zapatos que ya no usa. ¿Qué importancia tienen los zapatos para un cubano? ¿El zapato es el límite entre una pobreza digna y la miseria más lacerante?

–Mira, te voy a contar una historia. Mi padre nació en 1926; en los años de la depresión en Cuba se vivió una crisis económica muy fuerte, además había una dictadura, la de Gerardo Machado. Mi padre, que era uno de los diez hijos de mi abuelo, decía que él le estaba eternamente agradecido a su padre porque los diez hermanos pudieron ir al colegio hasta sexto grado y nunca estuvieron descalzos. Estar descalzos en Cuba era el último grado de la miseria. El trabajo que tenía mi abuelo era recolectar frutas y llevarlas al mercado a vender; tuvo un pequeño puesto en el que mi padre empezó a trabajar cuando tenía siete años; era un niño y empezó a trabajar con su hermano mayor preparando y vendiendo frutas, eso para él había marcado su vida y su relación con su padre. En Cuba, después del 59, creo que nadie anduvo descalzo. De alguna manera la gente se ha arreglado, nunca ha habido abundancia, pero tampoco miseria extrema. Este personaje un poco lunático es un personaje real que pasó frente a mi casa y un día lo vi con esas bolsas, fui a buscar un par de zapatos y cuando se los quise dar había desaparecido. Después puse los zapatos en un lugar cercano y en una ocasión pasó, le di los zapatos, los miró, no me dijo nada y siguió caminando con los zapatos en la mano. La próxima vez que lo volví a ver lo vi descalzo ya, sabe Dios que habrá hecho con los zapatos… Pero ver a ese hombre lunático por el cual siento que nadie se preocupa es lo que me preocupa: ver una persona mal de la cabeza que anda descalzo por la calle es como estar en un extremo muy lamentable de la condición humana. 

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