Coronel Vallejos es el pueblo ficcional en el que Manuel Puig ubicó las acciones de sus dos primeras novelas, La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas. Su imaginación estuvo anclada en la realidad porque podía representar a cualquier pueblo de la pampa bonaerense. Pero muchos habitantes de General Villegas sintieron que hablaba de su lugar –que es también el lugar donde Puig nació y vivió parte de su vida– y que algunos de los personajes eran especies de alter ego de villeguenses verdaderos. Esa relación de amor-odio entre Puig y General Villegas es uno de los ejes del documental Regreso a Coronel Vallejos, de Carlos Castro, que se estrenará el próximo jueves en el Gaumont y en simultáneo en la plataforma cine.ar. Castro reproduce las tensiones entre esas dos grandes novelas de Puig y el pueblo. Además de algunos personajes clave, también utiliza la figura de Patricia Bargero para narrar parte del documental con su voz en off. No es azarosa la elección: Bargero estudió bibliotecología en Buenos Aires para luego ejercer como bibliotecaria en el pueblo. Es también dueña de un pasado trágico que transformó en acción. Hace años, iba en auto de regreso a General Villegas para casarse. Allí llevaba las invitaciones, tuvo un accidente y producto del mismo quedó en silla de ruedas para siempre. Desde aquel momento se convirtió en una devota del autor de Boquitas pintadas. A tal punto, que algunos en el pueblo la llaman “La viuda de Puig” por todo lo que logró instalar en la cultura villeguense. Además, su historia de vida funciona como otro eje del relato que se cruza, inevitablemente, con el de Puig y General Villegas. 

Castro es cineasta y docente en la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional de Quilmes. Entre sus trabajos de dirección y guion figuran los documentales Abierto por quiebra (2004); Gelbard, la historia secreta del último burgués nacional (2006, codirección con María Seoane); Alicia y John, el peronismo olvidado (2009), y Jauretche en pantalones cortos (2015). Realizó el guión de Eva de la Argentina, de María Seoane (2011), y produjo los documentales La guerra del café, de Oscar Feito (2015); Alta cumbia, de Cristian Jure (2016), y Cita con Perón, de Jorge Gaggero (2015). Castro también es un lector riguroso de Puig. Y, además, también es oriundo de General Villegas. “Yo leí a Puig en el secundario y hacía mucho tiempo que tenía ganas de contar esa tensión entre sus libros, la gente del pueblo, y cómo había quedado en el aire ese olvido hacia él”, cuenta el director. No sabía cómo armar la narrativa hasta que el reencuentro con Bargero fue clave.  

–Usted creció escuchando esos conflictos, ¿no?

–Sí, en las sobremesas había discusiones del tipo: “Che, ¿finalmente lo que dijo Puig era así?”. Siempre se decía: “Este es tal personaje, éste es otro”.

–Usted que es de General Villegas, ¿cómo trabajó la idea de tomar distancia de esas historias que escuchaba de chico en el pueblo para poder hacer la película?

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–El rodaje no fue fácil porque yo conocía a muchos de los personajes que testimoniaban, pero al mismo tiempo tenía que generar cierta distancia para que no se trabajara sobre supuestos en la película. Si no, ¿cómo arrancaba a trabajar de cero? De alguna manera, Puig hablaba de cosas de los años ‘40. O sea que generacionalmente a mí no me toca. Lo loco fue encontrarme con estos personajes: el dueño del bolichongo, el funebrero…Distintos personajes que uno los veía. El haberme ido de mi ciudad hace veinte años ya me generaba cierta distancia. La cámara ayuda mucho y el equipo también a mantener esa distancia que también es un poco protectora, en términos de que el relato funcione. 

–¿El vínculo de amor-odio de Manuel Puig con General Villegas es una suerte de precuela en la vida real de El ciudadano ilustre?

–Si hay un personaje que representa a esa maravillosa película de Cohn y Duprat es Manuel Puig. Manuel se fue de Villegas de muy pibe a Buenos Aires para hacer el secundario. El creía que ese pueblo era medio western, lo veía de manera muy hostil. La realidad para él pasaba por el cine. La vida que vivía era como una ficción o al menos trató de hacerlo así. Lo que pasa es que en los años 40 los pueblos del interior de la provincia de La Pampa eran mucho más complejos que ahora; es decir, eran mucho más conservadores, mucho más reaccionarios, pero al mismo tiempo no se diferenciaban demasiado de un pueblo de la campiña Francesa, de uno de Estados Unidos, o de otra llanura de América latina. Lugares que están muy arraigados al trabajo rural. 

–La diferencia es que Puig no volvió…

–No volvió. Yo creo que Manuel Puig es un escritor tremendamente político. Onetti decía que no sabía cómo escribía Manuel Puig porque él lo hacía con diálogos. Manuel Puig fue un escritor muy ninguneado, no sólo en su ciudad sino también en su país. Y digo político porque él estaba todo el tiempo metiendo el dedo en la llaga. Sus primeras dos novelas critican a un pueblo de provincia reaccionario–conservador. Su novela The Buenos Aires affair instala una serie de discusiones sobre la sexualidad que en la dictadura, entre Onganía y Lanusse, era tabú total. En la década del 70 ser revolucionario no era escribir El libro de Manuel, de Julio Cortázar. Lo era escribir El beso de la mujer araña, donde un homosexual y un guerrillero convivían. Y, en realidad, es un palo a las organizaciones político-militares que tenían una fobia muy grande a la homosexualidad. En Cuba misma había una persecución a la homosexualidad en esos años. Es revolucionario a finales de los 70 escribir Pubis angelical, donde una mujer que está postrada discute con un abogado: “Che, pero ¿qué es el peronismo?”. En ese momento, Manuel estaba con un montón de exiliados que generacionalmente eran más jóvenes que él. Estaban destrozados en el exilio, él discutía eso y, de alguna manera, transcribió en esas novelas la discusión sobre el peronismo. Puig era un tipo inorgánico que todo el tiempo estaba metiendo el dedo en la llaga. 

–Si las viejas generaciones tomaban como reales las ficciones de Puig, ¿el documental recorre esa tensión entre la ficción de sus novelas y la realidad de su pueblo?

–Lo que pasa es que la primera novela de Puig, La traición de Rita Hayworth, es muy autobiográfica: Toto es él. Leyéndola un día me encuentro con que una señora que relata ahí, solterona, que siempre tiene frío, era una vecina mía que enseñaba piano. Eso me partió la cabeza. Lo primero que pensé fue: “¡Qué bárbaro este muchacho!”. El se nutría de muchos armados ficcionales que disfrutaba en las tardes del cine que consumía con su madre pero también algunos de los personajes eran de carne y hueso. Y la gente, cruel muchas veces, decía: “¿Y éste quién es?”, “Este es fulano, este mengano” (risas). 

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–La película es la historia de Puig con su pueblo pero, a la vez, es también la historia de vida de la bibliotecaria en algunos aspectos. ¿Por eso decidió que Patricia Bargero ordenara el relato a través de la voz en off?

–La película es un collage entre parte de la vida de Patricia (la bibliotecaria, que es clave en el relato), los dos primeros libros de Manuel y la relación con Manuel, y como epicentro el pueblo. No es una biografía ni pretende serlo porque una biografía hubiese sido muy larga. A nosotros nos gustaba esa tensión que se transformaba en un tema muy universal y también el hecho de que nadie es profeta en su tierra.

–¿La película muestra la relación entre la literatura y la vida cotidiana?

–Sí. Buscábamos cómo se podían representar los lugares cotidianos pero en un pueblo: la siesta, el tedio. ¿Cómo representás el tedio sin colgarte de la lógica que en la prosa de Manuel se deduce? A mí me sirvió mucho ser de pueblo. Me pasé las siestas en el barrio tirando cascotes. Así que sé perfectamente lo que es la siesta, aunque las cosas han cambiado un poco. Pero lo cotidiano, el rumor, el murmullo, la siestas, la quietud, el tedio fueron cosas que trabajamos y ojalá se vean bien en la película. 

–¿Las tres señoras que aparecen juntas permiten mostrar cómo era visto Puig en el pueblo en aquel entonces?

–Las tres señoras que aparecen juntas quizás es más lo que omiten que lo que dicen y en esa omisión está su virtud, su sagacidad. 

–Una de ellas lo conoció.

–Sí, claro. Esas señoras representan, de alguna manera, la memoria de un pueblo con todas las connotaciones que puede tener. La memoria de un pueblo no es la que nosotros reivindicamos: es cruel, cínica, prejuiciosa. Hay una frase que dice una de ellas: “Siempre hay que cuidar la conducta colectiva”. Pero a nosotros nos sirvió mucho la puesta de esas tres señoras. Trabajaron con mucha espontaneidad. Pusimos la cámara, yo hice como que estaba preparando el sonido, pero era tan rico lo que ellas hablaban entre sí, en la previa, que me di cuenta de que había que preguntarles muy poco.

–Se dice que Puig reflejaba chismes, amores escondidos… Usted que vivió en ese pueblo, ¿qué cree que sentía Puig por General Villegas?  

–Yo creo que quería a su pueblo. Lo perturbaba el paisaje humano, que también es el pueblo. El se fue creyendo que Buenos Aires iba a ser muy superior (en esa época no había colegio secundario en Villegas). Se dio cuenta de que Buenos Aires tenía todo el machismo, nada más que era anónimo. Y las situaciones que vivió en el secundario fueron terribles. Se fue a estudiar con una beca, luego fue a Italia. Y a él le pasaban otras cosas. Tiempo antes de su muerte, él estaba preparando un regreso, quería volver. No era algo que lo volviera loco, pero quería volver. Pero no sé si ese regreso hubiera sido reconocido, allá por los años 80. Hasta esos años Puig no era un escritor demasiado reconocido. En General Villegas hay un grupo de personas, encabezadas por Patricia Bargero y Jesús Pascual, que generaron a fines de los ‘90 una movida llamada “Puig en acción” que reivindica muchísimo al escritor y sus libros. Y si no fuese por eso habría seguido siendo un escritor con poco reconocimiento.

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–¿Ya no hay críticas a Puig en General Villegas?

–Ya no se lo lee desde esa perspectiva. Se lo lee, ahora sí, enteramente como una ficción. 

–¿Cómo es el interés de las nuevas generaciones de villeguenses por Puig? ¿Se enseña en las escuelas, por ejemplo?

–Sí, se enseña en las escuelas, se hacen talleres en la biblioteca municipal, se lo tiene muy presente y, además, se ha convertido en una especie de meca de muchos estudiantes, de muchos tesistas a los que les interesa el autor. Tampoco es una lectura popular: Boquitas pintadas no es un libro de Gabriel Rolón, pero sí se lee muchísimo porque se lee como ficción. Y a través de los libros de él se trata de hacer talleres sobre discriminación, sobre el rol de la mujer. General Villegas tuvo algunas situaciones de violencia de género y, entonces, esos talleres sirven mucho porque se ve el maltrato hacia la mujer.

–¿La película fue vista en General Villegas?

–Sí. Que pueda haber pasado la película en General Villegas, en el mismo cine donde Manuel Puig miraba las películas frente a mucha gente que conozco y que él conoció, para mí fue como un pequeño Cannes. Fue maravilloso. Pasé el primer corte con mucha expectativa porque no es una película condescendiente con el pueblo. Tiene sus críticas. Entonces, creo que para el pueblo también fue impactante ver ese cotidiano reflejado y ordenado en términos cinematográficos. Se escuchaban muchas risas. Desde ese lugar, tuvo una gran recepción, tuvimos mucho apoyo del municipio. Y para mí fue mejor que cualquier otro festival que hemos estado. Fue el sueño del pibe.

–¿Qué tiene Coronel Vallejos de General Villegas?

–Tiene mucho de General Villegas, pero también de la pampa bonaerense. Piense que la gran mayoría de esos pueblos tienen nombres de militares porque formaron parte de la mal llamada Conquista del Desierto, y donde empezaron a hacer la repartija con suboficiales. Todos se llaman “Coronel”, “Sargento”, “General”, “Comodoro”. Son muy parecidos: está la iglesia, la plaza principal, la municipalidad, la vuelta al perro. Son también pueblos maravillosos, a pesar de ese tedio. General Villegas ha cambiado muy poco. Antes, nosotros nos parábamos en la esquina del boliche para ver quién pasaba y, a partir de ahí, construimos nuestra adolescencia. Ahora, los pibes están con el celular en su casa, con Internet, están mucho más conectados con el mundo, pero los pueblos siguen siendo iguales.

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