Ya terminó la poderosa versión de “Demoliendo hoteles”, y la espera por los bises se alarga. Suenan varios hits de estos tiempos: la gente canta entera “Inconsciente colectivo”, dice que “esta es la banda de Say No More”, arenga por el aborto legal y por la unidad de los trabajadores, y deja caer dos cánticos calientes, el de “Macri, basura, vos sos la dictadura” y el hitazo de todas las estaciones #MMLPQTP. En el superpullman, un muchacho pierde la paciencia: “Loco, basta, para qué mierda mezclan a Charly con la política”. Charly sale de nuevo y canta esa canción que dice que los amigos del barrio pueden desa- parecer, que la persona que amás puede desaparecer, que no se puede estar tranquilo porque un amigo está en cana. Que el mundo tira para abajo pero los dinosaurios van a desaparecer. Entre las significativas miradas de quienes lo rodean, el muchacho se llama a silencio.

Será que el universo de García puede dar cabida a tantos. A los que han hecho himno de sus canciones y se refugiaron en cosas como “Alicia en el país” y a quienes creen que el artista no debe tener dimensión política. A los que lamentan que no suene nada de La Máquina de Hacer Pájaros –aunque se consuelan con el “Instituciones” de Sui Generis– y los que le entraron por “El aguante” –apertura del show– o “Fax U”, los jóvenes de hoy y los jóvenes de ayer que van con algunas reservas porque recuerdan demasiado bien otros Gran Rex, los de los ’80 con un Charly en absoluto esplendor, y quizá fueron testigos de la debacle de La hija de la lágrima en el Opera y temen encontrarse con apenas un sucedáneo.

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Pero García, qué tipo eterno, es una caja de sorpresas. Y sí, su garganta está estropeada por años de ser Charly, pero aun así canta mucho más que hace diez o quince años. Y lo que pasa en escena ya no es un caótico happening: su banda está ensayadísima, ajustada, siempre en los carriles de un show contundente y bien armado. Charly eligió el concepto de la Torre de Nikola Tesla como símbolo de la utopía, pero vuelve a construir en vivo un terreno donde lo utópico no importa mientras suenen esas canciones. Porque, he ahí el corazón del asunto, ese hombre ha compuesto algunas canciones. Cuando el combo de “No soy un extraño” y “Cerca de la revolución” hace estallar a un Gran Rex de pie, o cuando él mismo no puede evitar un “Qué temazo” al cerrar “Pasajera en trance” –sí señor, ese temazo–, o cuando la piel se eriza con el desgarramiento de “Promesas sobre el bidet” y el luminoso poptimismo de “Reloj de plastilina”, o la mención a Luis Alberto previa a “Rezo por vos” remueve los sentimientos de tantos años de gente y de música, Charly García se salta toda utopía y rellena los corazones de un público agradecido. Es la torre de Tesla y la Tower of Song de la que hablaba Leonard Cohen. El atalaya donde toda miseria parece poca cosa.

Está claro, entonces, que Charly tiene un respaldo bien sólido en su monumental obra. Random sumó un capítulo más que digno, y en la lista encajan bien cosas como “La máquina de ser feliz”, la bellísima rendición de “Lluvia” y sobre todo “Rivalidad” (tan… García) y “Otro”, sabiamente enganchada a “Fax U”. Es imposible no extrañar al Negro García López o a la base Lupano – Samalea, pero Hayashida, Silva y González conocen bien el paño. Fabián Quintiero, por supuesto, hace tiempo que juega de local en las bandas de Charly. Y Rosario Ortega, lejos de aquellos comienzos algo dubitativos, ha ganado un aplomo y una presencia que le permiten ocupar con peso propio un sitio donde han brillado leyendas como Fabi Cantilo, Hilda Lizarazu y María Gabriela Epumer. Si la noche no llega a lo perfecto es porque en los temas más potentes la batería parece algo perdida allá atrás, y el sonido pone demasiado arriba los sintes: está bien, son las teclas del protagonista, pero por momentos resultan demasiado chirriantes, le quitan claridad al ensamble y contrastan con los pasajes en los que García solea al piano y es un García auténtico y resistente al paso del tiempo. 

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Y la histórica cinefilia de Charly también tiene su protagonismo, porque las pantallas no sólo replican rayos eléctricos sino también escenas de 2001, de Psicosis, de King Kong, de Toro salvaje, de El increíble hombre menguante y Los productores, siempre en función de las canciones y entrelazadas con imágenes del mismo músico demoliendo escenarios o lanzándose a la pileta en Mendoza. Suena “Yendo de la cama al living” y no importa la indecisión por qué teclado usar en el solo final. “Cuchillos” habilita el recuerdo de la Negra Sosa: “Yo no me arrodillo ante nada, pero ella…”, señala Charly para otra ovación. “Influencia” tiene un final que invita al baile. “Shisyastawoman” oficia de relajado cierre para encarar un par de porciones de muzza en Corrientes con la sonrisa satisfecha de quien en realidad ya quedó bien alimentado.

Y hay un momento cumbre, un moño de regalo en la única presencia invitada, lo que hace literalmente estremecer las paredes de esa sala legendaria. Pocas emociones se comparan a ver juntos en escena a Charly y David Lebon, pedazos de historia, motores de una banda que en solo cuatro años dejó páginas gloriosas en el rock argentino. Falta Pedro y faltan los descomunales fills de batería del inolvidable Moro, pero “Peperina” es una apoteosis que pone a todo el mundo de pie a desgarrarse la garganta con “Te amo, te odio, dame más”. Y mal que le pese al muchacho preocupado por la mezcla política, “No llores por mí, Argentina” reactualiza lo de estar enfermos de frustración, de las heridas que no paran de sangrar. “Chau, gracias, hasta la próxima” se despide simplemente García, cerrando por enésima vez el telón sobre el lugar que ocupa con total naturalidad desde los años ’70. Como si rozar las utopías fuera moneda corriente, recargando de electricidad a todos y cada uno desde la cima de la torre de la canción. El modo en que la indómita luz se hace carne en nosotros, y nos hace sentir mejor.

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